Recociendo una neurosis o aflorando una vocación, 1

09-02-08.

Amor, amor, detén tu planta impura.
V. Aleixandre.
Este encuentro le condicionó a Burguillos el resto del verano. Villaluz de Alba fue, sin poderlo evitar, la composición de lugar de todas sus meditaciones. La espontaneidad y agudeza de doña Angélica le escocía como un arañazo fresco. Así, a contrapelo de sus ilusorios propósitos, comprobó descarnadamente el juego diabólico en que estaba quemando su vida. Y en el que podía quemar la de Isadora. Tenía miedo al sacerdocio, porque esa aceptación comportaba un adiós a otras posibilidades. Por ejemplo, a la mano, a los niños, al huerto… de Isadora. Y tenía miedo a Isadora, porque el matrimonio presuponía la renuncia frontal a las excelencias del sacerdocio. Y, a favor del tiempo, sibilinamente, se quedaba con las dos opciones. Si dejaba Comillas, que le quedase Villaluz como salida y refugio. Como modus vivendi1. Y ahí estaba el peligro de la enamorada Isa. Que pudiera perder tiempo y oportunidades, puesto que para él sólo era un comodín en su juego.

Floro, Florindo o Floripondio ‑que así lo llamaba doña Angélica‑ no era rival de consistencia. De haberlo sido, le hubiera dejado tan devaluada la imagen y autoestima de Isadora que, más que interés, le hubiera suscitado pena. Florindo era un pisaverde2, trasnochado en tiempo y espacio. Si, en lugar de este petulante, hubiera sido persona de peso y enjundia, pensaba Burguillos que su consejo habría sido leal. O, a lo mejor, él hubiera dado un paso al frente. Lo más seguro es que hubiera jugado a interpretar El perro del hortelano. Se le quedó la sospecha de si este asunto no sería un tosco montaje por no echarle el toro a la cara de sopetón.
A veces, sobre el borriquillo, o allá en el Amoroso, se sorprendía pensativo. No eran homilías lo que urdía en ese su soñar despierto. ¡Qué piscina! ¡Que cenador y qué pajarera! A aquellos largos paseos de la huerta, tan desangelados… ya les pondría él buenas hileras de árboles. Y, entre tilo y tilo, estatuas y bancos… Despertaba, suspirando por Comillas. El mismo día de la llegada, se daría un baño de hora y media en la ría. Y se revolcaría bien, en la arena, para rasparse hasta el olor de Villaluz. Y luego, otro baño en la biblioteca. Y olvidar, olvidar necedades terrenales. Porque ad maiora natus sum3Bien sabía Burguillos que los apremios de las órdenes le llevarían a recalar en la huerta, buscando la paz definitiva, haec requies mea4 Y se dolía, bajo el cielo estrellado, de su pobreza humana. Y envidiaba al hijo del Templario. Por corto, le largaron de los frailes. Le casaron con la sargenta5, porque no había otra que le quisiera. Ésta le facilitó el trabajo, pues le llevó dos mocicos en dote… Otros tres hicieron en común. Y vivían tranquilos, contentos. Burguillos, con un sí resuelto, podía ser jesuita o maridarse con la mujer más apetecida y más hacendada de Villaluz de Alba… Pero tenía miedo de escoger. Los paseos en torno a La Cardosa desfilaban por su cabeza como remedios milagrosos. De no haber estado psíquicamente hipobúlico6, ¿no era prueba deslumbrante esta mantenida incapacidad para abandonar el encantamiento de Comillas?Bien sabía Burguillos que los apremios de las órdenes le llevarían a recalar en la huerta, buscando la paz definitiva, Y se dolía, bajo el cielo estrellado, de su pobreza humana. Y envidiaba al hijo del Templario. Por corto, le largaron de los frailes. Le casaron con la sargenta, porque no había otra que le quisiera. Ésta le facilitó el trabajo, pues le llevó dos mocicos en dote… Otros tres hicieron en común. Y vivían tranquilos, contentos. Burguillos, con un sí resuelto, podía ser jesuita o maridarse con la mujer más apetecida y más hacendada de Villaluz de Alba… Pero tenía miedo de escoger. Los paseos en torno a La Cardosa desfilaban por su cabeza como remedios milagrosos. De no haber estado psíquicamente hipobúlico, ¿no era prueba deslumbrante esta mantenida incapacidad para abandonar el encantamiento de Comillas?
Llegó Burguillos a La Cardosa con el ánimo encogido. Se lo alegraron las bienvenidas de chicos y grandes. Ocupaba la misma habitación. Los Picos de Europa y la playa de Oyambre eran los paisajes habituales que le recreaban la vista y el alma. En la Rectoral, un jesuita pequeñico, con cara de santo y a punto de resbalar y caerse por delante de la silla. Al verlo, se le alegraron los ojillos. Le llamó carisimo7, pero no le dio la mano. Era el padre Noguerol. Hablaron. Habían pasado diez años desde la triste salida del Noviciado. Alabó mesuradamente su fidelidad a la Compañía y escuchó sus propósitos. Con qué fluidez le exponía lo que le hubiera gustado poder hacer verdad. Todo siguió lo mismo y Burguillos consiguió ignorar, ahogar en sus ocupaciones y entretenimientos, su crónico mal…
Los paseos fuera de la Ponti por prados, declives y rocas junto al mar eran vida. Cada vez que anunciaban órdenes, aunque nadie oficialmente le urgiese, Burguillos entraba en crisis. Eran días de atascos e imaginación desbocada. Tenía corte en muchos tajos. Tiempo hacía ya que paseaba con el padre Caminero. Cuánto aprendía con él. También pasear con el padre Alonso le suponía un consuelo.
Pero ya no lograba desoír la gresca que allá, sabe Dios dónde, mantenían, por así decir, su ego8 y superego9. Y empezó a escuchar alternativamente a uno y a otro. Cuando predominaban claras las voces que le urgían a echarse confiadamente en las manos de Dios, para afianzar esa llamada, Burguillos se mostraba exquisito en sus actos de piedad. La oración y la misa eran intocables. Rosario completo. Y cilicio y disciplina, muy en serio.
Pero luego tomaba su vez el ego… Y entonces, al rigor y a la espiritualidad sucedían las propuestas más laxas, menos impositivas. Simbólicamente, el reposo y la paz del espíritu se le ofrecían en la huerta de los Bastida. Halagaban sus ancestrales tendencias a la vida rústica, bucólica. Era retomar la dicha perdida en el Amoroso, en la huerta de San Zoilo o Villamez, donde el zureo10 de una tórtola le trasfundía fervores por la Naturaleza. Fervor o pasión que, en esta apurada situación, se le concretaba imaginativamente como una espléndida oportunidad, seductora. Una vida libre de órdenes, votos, compromisos y escrúpulos de conciencia… Un cristianismo bien vivido, adorando y buscando a Dios en la naturaleza, que obra de sus manos es y muy amada.
Pero a Burguillos le duraban menos en esa alternancia las propuestas del ego. Se le caían por parecerle descaradamente aburguesadas y materialistas, por mucha poesía y agua bendita que les echase. Y tornaba, como salido de un mal paso, al programa de la oposición. Era más estimulante, menos prosaico. Llevaba la luz y el ritmo de los ideales. A lo que más le costaba renunciar en este ideario sacerdotal era a los hijos. Era como ahogar, renegar de la imperiosa llamada de los tuétanos a reproducirse. Algo más allá del sexo, más allá de la fembra placentera11.
En estas etapas variables, los sueños de cada noche aludían a la problemática que llevaba en danza. Bien que velados en símbolos y figuras. Cuando él se creía más afianzado en su resolución sacerdotal, siempre el mismo traspié. Recién conciliado el sueño, al iniciar la subida de una escalera se le hundía el segundo o tercer peldaño. Tan aparatosamente se desequilibraba que, despierto ya, tenía que normalizar la respiración. Este sueño había empezado en el noviciado diez años atrás.
Y con los días y los aires le cambiaban los sueños. Llegaba, por ejemplo, a Villaluz casi como un forajido. Saltaba las tapias de la huerta. La huerta entre nieblas apenas era visible. De los árboles desnudos caían goterones que hacían de los paseos un barrizal. Y allí se atollaba12… y, llamando a Isa, a punto de ahogarse, se despertaba sudoroso y angustiado. Estos sueños probablemente no tenían más fundamentos que sus miedos al compromiso.
Burguillos sabía que los sueños no eran augurios ni predicciones. Tenía observado que brotaban, como la vegetación espontánea, acordes con el subsuelo que los nutría.
De toda esta algarabía interior le liberaban sus bien atendidas psicologías. El celo de jardinero con que cultivaba la amistad fraterna con sus colegas, los maestrillos. Su trato frecuente y fluido con canonistas, teólogos y filósofos. A veces, tanta confianza, le hacía un poco gárrulo13 y presumido.


1. modus vivendi, modo de vivir, base o regla de conducta, arreglo, ajuste o transacción entre dos partes. Se usa especialmente refiriéndose a pactos internacionales, o acuerdos diplomáticos de carácter interino.
2. pisaverde, hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos.
3. ad maiora natus sum, he nacido para cosas más grandes.
4. haec requies mea, este es mi reposo.
5. sargenta, religiosa lega de la Orden de Santiago.
6. hipobúlico, escaso de voluntad o de energía.
7. carisimo, queridísimo.
8. ego, instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos del ello, los ideales del superyó y la realidad del mundo exterior.
9. superego, parte inconsciente del yo que se observa, critica y trata de imponerse a sí mismo por referencia a las demandas de un yo ideal.
10. zureo, sonido monótono con que manifiestan el estado de celo las palomas y las tórtolas.
11. fembra placentera, mujer agradable.
12. se atollaba, se atascaba.
13. gárrulo, dicho de una persona: muy habladora o charlatana.
 

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