Los científicos también cantan villancicos

22-12-07.
La Navidad es, seguramente, la fiesta más importante de Occidente. No hace muchos años, esta fiesta tenía un marcado acento religioso, familiar y folclórico. En la actualidad, la Navidad se ha paganizado, y su carácter familiar y cultural se ha cambiado por un consumismo desaforado, transformándose en una fiesta definida por la prisa, los ruidos, las luces y poco más. Es incuestionable que las fiestas son para alegrarse, pero esa alegría es mayor cuando los que participan en ellas conocen y cuidan los símbolos que las han creado; símbolos que, en el caso de la Navidad, son fundamentalmente religiosos. ¿Se puede disfrutar de una fiesta tan religiosa como la Navidad, que se ha paganizado y mercantilizado tanto?

Una profesora, amiga mía, interesada por los estudios biológicos del científico japonés Isawo Kawai, pasó no hace mucho tiempo una gran parte del año en los laboratorios de este profesor en la Universidad de Kanazawa. A su vuelta, los conocimientos adquiridos se dispersaron entre colegas españoles, alumnos, investigadores…; pero esos conocimientos no se referían sólo a la ciencia, sino también al ámbito cultural de los científicos de la Universidad japonesa. Es seguro que en el primer encuentro que un occidental tiene con la cultura japonesa todo es asombroso; pero lo que mi amiga no podía sospechar era que, al ser invitada por primera vez a la casa del profesor Kawai, fuera recibida por toda la familia del anfitrión y conducida, ceremoniosamente, a un altar situado en la parte preferente de la casa, para presentarla a sus dioses. Es evidente que, en la casa de este científico, la progresía del pensamiento convive con la espiritualidad religiosa.
Seguro que a cualquier occidental del mundo desarrollado le extrañará conocer que un científico japonés tenga en el salón de su casa un altar para hacer sus oraciones; pero mucho más insólito les debe resultar a determinadas personas, autodenominadas progresistas, que no desaprovechan ocasión para presumir de agnosticismo, como si ello fuera un valor de erudición o un mérito académico. No hace mucho, en una entrevista realizada al filósofo Savater y publicada en el diario El País, éste contestaba a una pregunta sobre Dios de la siguiente manera: «…para mí, Dios es una institución cultural, y en ese sentido existe igual que por ejemplo el Banco Español de Crédito…».
Ciertamente, desde un planteamiento cultural, sensu stricto, no se pueden poner “peros” a esa respuesta; aunque cuesta trabajo evitar la sospecha de que con la metáfora elegida ‑cosificación de la idea de Dios‑, lo que realmente pretende Savater es pregonar su ateísmo. ¿Se puede extender esa sospecha a todos los intelectuales y admitir que estos, en el mundo occidental, se han paganizado?
Es probable que la capacidad del hombre, para asombrarse ante lo desconocido, haya sido utilizada por las religiones para extender la fe en un ser superior; con lo cual, la creencia en Dios de muchas personas ha ido desapareciendo a medida que la ciencia, desde Newton, ha ido sustituyendo «lo asombroso» por tesis verificables y reproducibles: la teoría de la evolución descubierta por Darwin (¡terrible fue para muchos descubrir el parentesco del hombre con el mono!); el descubrimiento del código genético y de sus extraordinarias aplicaciones; la captación con el telescopio Hubble de la inmensa onda del Big Bang… Descubrimientos que han provocado en muchos hombres la consideración de que todo puede ser conocido mediante la ciencia; con lo cual, lo que suelen hacer estas personas es sustituir a Dios por ella, que tiene su propia Escolástica, sus vicarios, y que produce tanta o más beatería que cualquier religión ‑como diría Ortega‑. A la fe no se llega bien desde la lógica o la ciencia; la afirmación «Dios existe» implica el mismo grado de creencia y opinión infundada que la afirmación «Dios no existe»; razón que puede explicar por qué el mundo de la ciencia está lleno, prácticamente a partes iguales, de agnósticos y de creyentes, destacando entre estos últimos, en el siglo XX, científicos tan extraordinarios como los Nobel Max Planck, Heisemberg, Einstein… No hace mucho, Juan Maldacena, probablemente el físico más brillante de la actualidad, confesaba que él cree en Dios y reza; y, cuando un periodista le preguntaba cómo explicaba a Dios, respondía: «No, no lo explico». Respuesta que coincide con las últimas teorías de los fisiólogos cerebrales, que relacionan la fe con el sistema límbico, parte cerebral donde se originan la intuición, los afectos, las emociones y la creatividad humana; área muy alejada de aquella otra de donde surge el pensamiento lógico-matemático.
Humberto Eco lleva toda su vida intelectual pregonando que el desarrollo occidental está estructurado mediante una complicada y sutil trabazón de símbolos (cultura) que es necesario conocer y conservar, si de verdad queremos progresar material y espiritualmente. En esa cultura, para los cristianos, Cristo es el Hijo de Dios; y para cualquier ciudadano de Occidente, Cristo es un personaje histórico que simboliza el amor; aunque, en este caso, con tal coherencia que el símbolo y lo simbolizado coinciden plenamente. El nacimiento de Cristo, la Navidad, se celebra en el tiempo en que concluye el solsticio de invierno, momento a partir del cual la luz de los días empieza a crecer y la tristeza se va sustituyendo por alegría. Conocer la alegoría de la Navidad y cuidarla no es una estupidez, como pretenden algunos, sino una prueba de cultura que nos haría disfrutar más de esta fiesta.
Sería recomendable sumarse a los esfuerzos de Humberto Eco para descubrir y cuidar la simbología de la Navidad y mostrar con ello nuestra madurez material y espiritual; aunque cuesta trabajo imaginar que en España pueda llegar un día en el cual los intelectuales muestren orgullosos, como el profesor Kawai, un Belén en el salón de su casa. Por ahora, parece suficiente con saber que en estas fiestas todavía muchos científicos españoles, sin complejos de falsa progresía, también cantan villancicos.
José del Moral de la Vega
es investigador en ciencias agrarias
en un centro público.

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