Zizagueos en desierto

02-11-07.
Burguillos continuaba el tratamiento. Las medicinas eran caras. Don Julio, el administrador del Hospital Provincial, era un sacerdote buen amigo suyo. Él le puso en contacto con sor Cándida.
Sor Cándida era una Hermana de la Caridad con muchos vuelos en la toca y en la vida: de buen carácter y muy hábil en el trato con médicos y practicantes. Le tomó gran afecto a Burguillos. Además de proporcionarle gratuitamente las medicinas, dispuso que le atendieran en una habitación contigua al botiquín.

La calle Sanz y Forés era corta, entrañable, recoleta y bien arbolada. De un lado, el seminario; y, enfrente, el hospital. Burguillos acudía casi diariamente, le inyectasen o no. Iba con poca ilusión de mejorar. Le gustaba acudir, porque siempre había algún médico joven o alguna sor con quien enhebrar una charla. Burguillos había asimilado la duda como quien padece leves cefaleas de tarde en tarde. Seguía más sociable y más jocundo cada día. Pero se sabía sobre arenas movedizas. El futuro era como un lobo hambriento que en cualquier momento le acorralaba. Todo, todo le urgía con apremio de cambios, porque aquel vivir no era vida; que la vida ‑bien se lo sabía Burguillos‑ era como la gran artesa en que su madre amasaba el pan… Una artesa donde él, sin místicas, amasara el pan de su dicha: un gran amor y una noble tarea.
La indecisión es una guadaña que todo lo rapa. De poco le valía saber dónde encontrar una parcela de paraíso. Obsesionante, destructiva, se había posesionado de Burguillos como uno de aquellos demonios que Cristo fulminaba.
Un día en el hospital, a la hora de la inyección, ¡qué sorpresa y qué vergüenza! Quitarse la sotana, bajarse los pantalones y dejar al ventestate todo su impúdico muslamen… En otra situación, ese encuentro hubiera resultado sabroso, confortante. Pero Burguillos… medio in púribus; y ella, con la jeringa a punto…
[…]
El nuevo hilo que el pasado curso había entrado en el telar de sus cavilaciones se llamaba Isadora. Burguillos conocía a Isadora desde siempre. Inquieta, piadosa, sincera… Era distinguida por linaje, hacienda y personalidad. Durante la estancia en Carrión, se escribían a las claras. Y el padre Jiménez le encomiaba la espiritualidad de esa correspondencia.
Isadora era morena, de ojosgrandes, pelo negro y brillante como el azabache. Tenía buena planta: derecha, sosegada y firme en el andar. Por mucho que lo disimulase, era de esas mujeres de senos separados y agresivos como la punta de un yunque. Nunca supo Burguillos con certeza por qué esta moza ‑que tocaba el piano‑, de buena hacienda y bien parlar, se vistió de negro y se cerró al amor. Porque pretendientes y postores a su mano y hacienda… como hongos en otoño. Aún creía Burguillos haber tenido buena parte en su ingreso en las Hijas de la Caridad. La animó con los torpes y dulzones argumentos de un seminarista en días de fervor y agua bendita. Nunca la había visto vestida de monja hasta el día aquel de la jeringa. Faldas y toca lucían con distinción y elegancia en el porte de Isadora. La morenez de su rostro y los ojazos, negros como las moras, se rubricaban y embellecían con el blancor de la toca alada.
Isadora había venido del hospital Virgen de la Arrisaca de Murcia. Pasados los nervios y vergüenzas del primer encuentro, serenos los dos, hablaron animados. Siempre con parquedad, porque ella estaba muy ocupada. Burguillos observó que en la brevedad de las charlas, Isadora ocultaba reparo, por si la sorprendiera sor Cándida hablando a solas con él. Realmente había que evitar las sospechas que cortaran aquellos fervorosos coloquios.
Los libros son un encanto. Además de todo lo que llevan dentro se dejan convertir en trotaconventos. Burguillos e Isadora empezaron el intercambio de libros piadosos y bien forrados. Eran confidencias largas, inocentes, cargadas de edificación y consuelo. «¡Qué gran gozo sentirnos unidos en un gran amor, el amor de Dios…!». Con qué garbo y estilo enfilaba Isadora las puertas: el cuello torcido para pasar la toca y el libro correo bien asido en la mano diestra.
Burguillos, a solas, en tanto devanar, tejer y destejer entregas, soluciones y salidas, pensó alguna vez en Isadora. Isadora era mayor que él y procedía de otro mundo. Pero tanto «amaos los unos a los otros…», tantas cartitas… Isadora se le ofrecía a Burguillos como una gran puerta de dos hojas. Para salir y entrar. Le resolvía un calvario. Porque empezar ahora como un quinceañero a dar con la chica justa… Salir a pecho descubierto, como un maletilla, a buscarse la vida con cuatro latines en un atadijo… Isadora era piadosa y valiente. Le ayudaría a conservarse amante y temeroso de Dios. Y aunque era mayor que él, aún le quedaban lunas para darle hijos sin amontonamientos. Que son malos para los niños: se crían raquíticos. Pero ¡cómo pensaba Burguillos en esas cosas! ¡Vade retro, Satanás!¡Poner los ojos en la esposa de Dios…!
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Siempre en el verano, Burguillos intensificaba sensiblemente su vida espiritual. La visita vespertina le resultaba íntima, gozosa y reconfortante. ¡Una hora! A veces se le quedaba corta. La iglesia, silenciosa, fresca, toda para él solo. Frente al sagrario, bien acomodado, cara a cara y mano a mano con Jesús. Y hablaban de todo… Bueno, al menos, él le hablaba de todo. En voz alta y a veces accionando, creyó que alguna le contestaba. Y con claridad, como en aquellos ratos en la capilla del seminario, le hacía ver que, en cualquier elección ‑sacerdocio o matrimonio‑ tendría que decidirse y asumirlo él mismo.
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Poner en pie la infancia dorada de Burguillos era afirmar que hubo un tiempo en que fue feliz de veras… ¡Qué gozada reencontrarse con las mismas parras, los mismos pájaros y los mismos árboles! A los más bonitos, raros o de frutos más sabrosos, él los tenía bautizados, les acariciaba el tronco y los llamaba por su nombre. Había un almendro añoso, copudo, de pocas almendras, gordas y muy dulces. Era tan anciano que, de entre las cortezas ásperas y renegridas, le salían mechones como toscas barbas blancas, grises. Era el más alto. A ese le llamaba Abraham. Era el padre de todos los vivientes. Allí, a su sombra y en sus ramas, siempre, a la hora del resistero, reposaban las perdices. Allí en la cima, anidaban las pegas. Allí aserraban, latosas, las cigarras. Y al caer la tarde, dulces y tiernas zureaban las tórtolas. En lo más alto, tenía el miradero, rico en panoramas. Azulados por la atmósfera y la distancia, veía los castillos de Belmonte y de Montealegre. ¡Qué preciosidad de nombres! Y veía las torres de siete pueblos a la redonda. La tarde la pasaba Burguillos resucitando recuerdos y cebando nostalgias.
El señor Doroteo era el guarda de los últimos años. Tenía la caseta limpia y con enseres de cocina ordenados. Un camastro aseado. Todo en orden. Pero la casa estaba aburrida, sin aguiluchos ni palomas. La viña, sorda de ladridos y rebuznos, había perdido el alma. Ni siquiera Burguillos se sentía el mismo. Sólo en aquel entonces fue feliz. Vivía fuera de sí y no dudaba si degustar moscatel o verdejo, si comer ciruelas o melocotones…
[…]
Recibía Burguillos cartas suculentas de bastantes compañeros. Facundo las ilustraba con secuencias cargadas de alto humor y humorismo, que ambos manejaba el doncel de Cigales. Las de César, aliñadas de espiritualidad y letras. Don Eugenio, martilleando sobre el mismo clavo. Con Velicia, Vidal y otros también se carteaba. Un día, el cartero, catameriendas él, le dio aparte un sobre rosa, perfumado. La solapa ondulada enmarcaba una inicial y dos apellidos retumbones: I. Téllez de la Bastida.
Isadora escribía desde un balneario gallego. Acompañaba a su madre, que necesitaba de las aguas. Le refería que el reuma de su madre la había llevado a tomar un par de meses extra domum. Yque seguía vistiendo el hábito. «Mi madre ‑le contaba‑, que es labradora de raza, me sigue diciendo, como antes de irme a monja, que en esta casa más que una monja hace falta un hombre… un hombre que ame el campo… Pobrecilla. Es buena cristiana, pero dice que los monjíos están bien para las chicas pobres o feas… Me insiste en que te diga que te animes y vengas a pasar unos días en Villaluz. A mí también me gustaría tanto…».
Esa tarde, aunque Burguillos le leyó la carta a Cristo en la capilla, no halló paz ni provecho en la visita. Ni tuvo el pensamiento libre en la viña para conectar y disfrutar de la Naturaleza. No había acabado de resolver el problema de su vocación, cuando ya estaba metido hasta las cejas en otro berenjenal.
El cursillo de ese verano discurrió en otro lugar incomparable: las playas de Somo y Loredo. Al otro lado de la «clásica y romántica bahía… Bella entre bellas del harem de España…». Olas azulonas les cantaban la nana. Entre pinares o sobre los farallones, jugaban y rezaban viendo desbravarse las olas. Por más que don Eugenio y don Rodrigo calcularan las horas del baño, en la arena siempre había sirenitas como tentaciones o tentaciones en forma de sirenas. Nunca oyó Burguillos un comentario sobre una cintura o el corte curvado de una cadera. Sí observó a más de un seminarista desviarse para no pisar huecorrelieves en la arena.
A juzgar por algunos campeonatos muy comentados, los fuegos de campamento no debieron de estar muy animados. Burguillos aprovechó el viaje a Santander para mandar una postal a Isadora. Y le pedía sus valiosas oraciones. El curso próximo sería decisivo…
Volvió Burguillos a Moral. Siguió con la vida de siempre. Siempre, en la viña, saludaba al guarda. Era amable y despierto. Y siempre rabiaba por encontrar a alguien con quien conversar.
Una tarde, rezando el Miserere durante la visita, ‑Docebo iniquos vias tuas et peccatores ad te convertentur…pensó en el señor Doroteo. ¿Por qué no intentar hacerle con Dios?
Después de comentar la buena madurez que llevaba la uva, le soltó:
−¡Qué alegrón me daría usted si rezase un misterio del rosario conmigo!
−Mire usted, Burguillos, yo de esas cosas… ¡nada! Bautizado estoy porque bautizome mi “agüela”, allá en Sotrondio.
−Pero usted creerá en algo, ¿no?
−Si le digo mi verdad… en nada. De chico creía en las panochas y manzanas que afanaba. De joven, cuando empecé a trabajar en la mina, mi dios era ‑con perdón‑, el chocho de las mozas y el aguardiente… Con dos viví. Y cuando me desplumaron fixéronse con otro más guapín. Mal ganado son las tías, créame Burguillos. Una pena que, estando tan “güenas”, sean tan malas.
−Pero, ahora que se va haciendo usted mayor…
−Ahora creo en el infierno que me espera aquí abajo.
−Tranquilo, señor Doroteo, Dios le ayudará… Este rosario, hoy se le aplico a usted.
−Mejor me vendría si me aplicase usted un cuarterón de tabaco, como hace su padre siempre que viene…
Esa tarde, de árbol en árbol, se preguntaba Burguillos dónde andaría el señor Doroteo en los ficheros de Dios. Porque tan hijo suyo era como Isadora y como él.
El perfume rosado de un nuevo sobre le enfurruñó. Se le quejaba Isadora de la brevedad de su tarjeta desde Santander. «Tú, que siempre eres explícito y cariñoso…». Y se lamentaba con su madre de su desafecto por rechazar «su casa y su corazón siempre de par en par». Le pedían dos o tres días. «¿Es que tan mal te tratamos?». «Demasiado bien, sor Isa ‑pensaba Burguillos‑; pero este aspirante a cura no va a… errar o quitar el banco…».
Esa misma tarde volvió a la viña. Se alegró el señor Doroteo cuando vio que la cesta no iba vacía. Le llevaba una caja de picadura, una botella de vino y un poco de merienda que le puso su madre. Al pobre hombre, que andaba solo por el mundo, le conmovió más la atención que el provecho. Comió, bebió y hasta quiso compartir con Burguillos. Éste, cuando ya le vio templado, le dijo:
−¿Que tal, señor Doroteo, si me acompaña y rezamos algo juntos?
−Yo no sé rezar, Burguillos. Olvídelo. Enseñome mi “agüela”…: sólo recuerdo, «Santa Mónica bendita…».
−No se preocupe. Rezo yo primero y usted repite. ¿Vale?
−Vale, si usted bebe un trago conmigo…
−Eso está hecho, señor Doroteo.
Bebió, rezaron y le acompañó a llenar la cesta de uvas frescas.
−Oiga, ¿y cuándo toma usted los hábitos?
−Este curso que viene.
−¿Hiciéronle ya la operación?
−¿Cómo? ¿Qué operación?
−¿Pero es que no les capan antes de hacerles curas?
−Pero, hombre, señor Doroteo, ¿cómo cree usted esas cosas?
−Claro, usted qué va a decir… Pero, si se lo hacen, que se lo hagan bien, ¿eh? Que a uno de la cuenca minera dejáronle un poco verde y no vea usted la de mozas que se cargó. Levantábalas de cuajo. Como se lo digo.

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