Dios interesa, 1

06-08-07.
Antes de escaparme de vacaciones a Cuenca,
recibí un correo electrónico de José María Berzosa,
al que acompañaba una entrevista,
realizada a dos intelectuales, acerca de Dios.
Y allí, entre cantuesos, jaguarzos y papilios,
por los
karts del Júcar,
leí el artículo, que me suscitó otro,
al que he dividido en dos para aligerar su lectura.
Este verano, el periódico El País publicaba en su especial cultural Babelia una entrevista realizada al teólogo católico José María Castillo (que acaba de dimitir de la Compañía de Jesús), autor de Espiritualidad para insatisfechos, y al filósofo no creyente Fernando Savater, que ha publicado La vida eterna.
El interés de la entrevista era, según el periodista, polemizar sobre Dios, un tema que, a tenor de los libros publicados últimamente al respecto, parece interesar a la opinión pública.

Según mi opinión, las declaraciones de Savater y Castillo en la entrevista están llenas de obviedades y lugares comunes, sin brizna de originalidad alguna; pero sí hay algo que llama la atención.
A la primera pregunta: «Si oyen hablar de Dios, ¿qué primera imagen les viene?», Savater contesta: «Que es una institución cultural, y en ese sentido existe igual que, por ejemplo, el Banco Español de Crédito… Nietzsche decía que había conceptos que tenían definición y otros, historia. Dios me parece que es un concepto que puede tener historia, pero no definición».
Yo creo que esas afirmaciones, incluida la cita de Nietzche, no se pueden negar con el planteamiento actual de cultura. Tampoco desde un posicionamiento filosófico parece que pudieran ser rechazables; porque si encontráramos una definición de Dios le conoceríamos y, ese, precisamente, es el anhelo inalcanzado del hombre desde que es un ser racional. (Leemos en Éxodo, 3:14: «Y respondió Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y dijo: “Así dirás a los hijos de Israel: Yo soy me envió a vosotros”». Es probable que la definición de Savater sea acertada; pero, en cambio, no creo que la metáfora utilizada sea la adecuada.
Decía Ortega que «el edificio íntegro del universo y de la vida viene a descansar sobre el menudo cuerpo aéreo de una metáfora»; por ello, una de las tareas más importantes del hombre de ciencia o de pensamiento es encontrar aquellas metáforas que más nos aproximen a la realidad de las cosas o los fenómenos. Y la metáfora de Savater, carente de belleza y de elegancia es, como poco, chabacana.
A lo largo de la historia, muchos filósofos se han empeñado en descubrir a Dios a través de un camino ontológico ‑el que utiliza Savater en parte de la entrevista y sospecho que también en el libro al que se refiere‑; camino que conduce a alambicadas discusiones sobre la esencia, la sustancia, la realidad, el concepto… A mediados del siglo pasado, surgió otra vía de reflexión sobre Dios, llamada ético‑profética; vía elegida por Castillo y otros teólogos comprometidos socialmente con los más pobres, y que es conocida como Teología de la liberación: algo que es dudosamente teología; que hasta el momento no parece que haya liberado de pobreza a los pobres; y cuyo final, en numerosos casos conocidos, se ha disipado, reconvirtiéndose en un partido de izquierdas o en un sindicato. A un creyente del siglo XXI le debe parecer extraño, cuando menos, escuchar de un teólogo cristiano que Dios, a bote pronto, le da idea de respeto y peligro (respuestas de Castillo a la primera pregunta de la entrevista).
Aprovechando que Savater hace alusión a Einstein en la entrevista, me viene a la memoria lo que todos hemos leído sobre la religiosidad del científico, y que en esencia no era otra cosa que su “asombro” ante el universo. (¡Cuánto significado tiene, desde ese planteamiento, la contemplación de los místicos!). El hombre se asombra ante el mar, ante la luz, el viento, la mirada de un niño, la belleza de un insecto, la fragancia de una flor, la simetría de una molécula, la exactitud de un algoritmo… Y de ese “asombro”, primario, igual para las mentes más privilegiadas que para las más elementales, surge la espiritualidad desde la que el hombre se aproxima a la idea de Dios. Max Scheler define la espiritualidad del hombre como la capacidad que éste tiene, al margen de cualquier erudición, de “intuir” la esencia de las cosas. Idea que probablemente ha sido tomada de San Mateo, 11:25‑26: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas obras a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños».

Pero esa actitud primaria que conduce a Dios ‑el “asombro” ante las cosas o los fenómenos‑ ha sido confundida por muchos con el aspecto mágico que tiene todo lo desconocido; con lo cual la creencia en Dios ha ido desapareciendo a medida que la ciencia, desde Newton, ha ido sustituyendo la magia por teorías verificables y reproducibles: la teoría de la evolución descubierta por Darwin (¡terrible fue para muchos saber que el hombre procedía del mono!); el descubrimiento del código genético y sus extraordinarias aplicaciones (clonación y diseño de seres vivos en laboratorio); la captación con el telescopio Hubble de la inmensa onda del Big Bang; la globalización y extensión del conocimiento a la velocidad de la luz… Descubrimientos que han provocado en muchos hombres la consideración de que todo, hasta lo más “asombroso”, puede ser explicado por la ciencia.

Estas personas, realmente, no han dejado de creer en Dios: lo han sustituido por la ciencia, que tiene su escolasticismo, sus sacerdotes; que es mucho más cultualista que cualquier religión conocida; y que produce mayor beatería.

 

(Continúa).

 

 

Einstein afirmaba que su religiosidad
brotaba del asombro que le producía
la contemplación de la naturaleza.

 

 

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