Rumbo perdido

09-05-07.

Carreta que se oculta en la vereda
de rosas y de lirios del ocaso.
Sin dejar más que surcos paralelos
no se sabe dónde y cuándo.
R. Buendía.
San Buenaventura era en 1938 un modesto colegio de Medina de Rioseco. Resolvía el problema de estudios a muchas familias rurales de la zona y a todos los estudiantes de Rioseco.

El internado era olla de grillos o gallinero alborotado. Dormitorios corridos. Grandes y niños mezclados… Se hablaba de todo hasta que el sueño impusiera silencio. A los pies de la cama, una palangana con agua limpia; debajo, un sonoro orinal. Allí se pelaban gripes y tercianas. No recordaba Burguillos un solo grifo en todo el colegio, ni cómo se resolvía el lavado de dientes. Aún no había instalación de aguas. Sí comprobó, ¡cómo no!, que el único escusado estaba fuera del edificio. Había que cruzar el patio. Se entraba a él por un túnel de adobe, bajo y estrecho, no más largo de cuatro pasos.
Un mínimo descampado y al fondo, bajo un alero o cobertizo de tejas, pegado a la pared y sobre un murete de adobes, un tablón con dos ojos circulares de generoso diámetro. El paramento, por no desdecir estéticamente, en el color propio del adobe viejo. Esta decoración monocroma tenía grandes ventajas. No admitía pintadas ni escritos procaces. Y como allí nunca había papel, pues cualquier tiznajo quedaba amortiguado. Allí, ineludiblemente, tenían que aliviarse de todo. No era raro coincidir obrando dos caballeretes acaballados sobre el mismo tablón. La entrada, libre: no había puerta ni cortina que celase la intimidad de la operación. Como el túnel o antesala era el fumadero, no faltaba algún mirón desvergonzado. Todo ello hacía más penoso evacuar que si el sujeto en funciones tuviere hemorroides. Cuando, más tarde, leyera Burguillos La vida del Buscón,se hubo de acordar del retrete de San Buenaventura.
En las clases, Burguillos vivía sosegadamente de sus rentas. Lo que le daba tiempo para soñar, añorar y aburrirse en el estudio. Y para leer el novelón que le encomendaban los mayores. Y que él había de relatar en el dormitorio capítulo tras capítulo. Pensaba que lo único que leyó y relató con esmero y colorido fue Robinson Crusoe. Y recordaba cómo el silencio total, sin ruido ni desahogo alguno, estimulaba su decir y su vanidad.
El estudio era grande y alargado. Tenía pupitres individuales, de tapa abatible. No bastaba asegurarla con un buen candado. Si los sabuesos habituales olfateaban dulce o embutido, la tapadera se destapaba. Aún seguía la guerra. Era el ‘III Año Triunfal’.
En Rioseco se comía muy bien. Ahí le buscaron sus padres cobijo después que, a su vuelta de Pamplona, le encontraran larguirucho y flaco. Malamente aguantó Burguillos dos trimestres, aunque no le faltaron compañeros amistosos. Y aun simpáticas compañeras. Gozaba de cierto prestigio, porque en latín resolvía papeletas a los mayores. En castellano, como siempre. Y descollaba en dibujo artístico. Finalmente, de San Buenaventura se liberó y de la zafiedad y el desamparo que le avasallaban íntimamente. Ello coincidió con el fin de la guerra.
Fueron los años de la pertinaz sequía. Años de inviernos polares. ¡Cuántas horas de cedazo para poder comer un pan aceptable! El hambre de pan llegó hasta el granero de España.
Aquel aburrimiento iniciado en San Buenaventura ya llevaba algún componente depresivo. El hastío íntimo suele ser puente franco para la depresión. Y tiene mucho de desierto. No se encuentra en sí mismo nada que satisfaga. Nada que perseguir y nada que dar, ni siquiera algo que lucir. Se sentía Burguillos como un manantial agotado. Era la sordera al grito profundo de la naturaleza humana, que llama, que empuja a la vida, a la entrega, a la conquista, a la ilusión del ideal.
Pamplona era tristemente una puerta cerrada para Burguillos. No se atrevió a llamar de nuevo. Moral, su casa… eran un camino en descampado, un camino muerto. Los suyos lucharon por convencerle para que siguiera en San Buenaventura. Pero, siempre flexibles, no consiguieron vencer su obstinación. Una palabra seria y él hubiera seguido estudiando. Pero nunca vio ni malas caras ni reproches.
Contrariada, la familia aceptó su aparente capricho. Mientras que, engañosamente, Burguillos refugiaba su futuro en la cerería y en la granja soñada. Pero como nunca más ‑declarada la Guerra Europea‑ se recibió un gramo de parafina, el negocio se vino abajo. Y como las desgracias nunca acuden solas, los copiosos ahorros de los años de guerra se volaron en un rasgo de ejemplar confianza paternal traicionada. Lamentable episodio. El status familiar se quebró y les afectó a todos.
Dos o tres años sin rumbo, son muchos días de invierno. Se habían apagado todas las velas que los padres Paúles habían encendido en la pubertad de Burguillos. Sus caminos quedaron a oscuras. Solamente, como en los tenebrarios de Semana Santa, se quedó una vela alumbrando la fe en Dios.
Los veranos, los otoños se le hacían soportables. Mínimos alicientes le entretenían. Por ejemplo, en el acarreo de la mies, Burguillos llegó a ser un ponedor experto. El último carro de cada jornada nocturna llegaba a las eras con sol. Siempre, el que componía el cargamento, se esmeraba. Su último carro era una montaña de bálago dispuesta con pericia y muy buen ver.
En los días de pisa y prensado de la uva, tarde, ya cenados, su padre y él acudían a la bodega. Los perros tenían la delicada misión de alertarles si había tufo o si alguien se acercaba. La bodega estaba soterrada a gran profundidad. En la bodega había un pozo siempre rebosante. Su existencia estaba justificada por el ineludible lavado de cubas, prensa y lagar. El padre, que no era hombre de letras ni dado a filosofar, sí sabía que las cosas se sobrevaloran activándoles sus posibilidades.
Del susodicho pozo, públicamente decía que era el otro viñedo, el más seguro; nunca se apedreaba ni le afectaba el mildiu… ¡Cuántos cubos de agua trasportó Burguillos! Nunca llegó a remorderle la conciencia. Era sabido que el Cerero bautizaba… Pero, aun así, su padre tenía su pudor en cuanto a la administración del bautismo. Y siendo el mayor cosechero del contorno, era el que antes y más caro vendía su cosecha. El misterio estaba en los palos de la viña. Mucho verdejo, mucho tinto de la tierra, buena malvasía, jerez…
Cerrado el ciclo vinatero, Burguillos entraba en penumbras hipocondríacas. Se quedaba sin entretenimientos, sin metas y sin guías ni compañeros de viaje. Y todo, en los días más prometedores y delicados de su evolución.
La vida espiritual no desapareció, que viva y bien destemplada le ladraba puntual en cada traspié. Eran sinsabores de conciencia que se le añadían a su descontento y desorientación vitales.

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