Una manzana de luz

01-03-07.
ERA EL CIELO UNA MANZANA DE LUZ, un cerco de cabellos rojizos
como el nimbo de la soledad en las tardes de lluvia. Nubes,
que colgaban su leche de maíz, tenían los bordes igual que
labios de rameras cuando salen a hacer la noche.

Y había un arroyo, o una rama de estrellas parecida
a una lámpara de salón después de que se han despedido
los invitados y queda el perfume de los instrumentos
de música sobre los muebles. Nadie sabía nombrar
aquellos resplandores. No existían las palabras, sólo
el asombro y la melodía de la luz mezclada con el rumor
del viento. El cielo era un cuerpo de hombre desnudo tendido
en una alfombra de piedras candentes. Un hombre preso
de la luz, extasiado ante el número y sus infinitas variantes.

Al llegar la noche, la luz cruzaba las llamas
de la hoguera con la majestad de un pájaro sagrado cuyas
plumas de oro se vuelven de luto. Y su grito fue la voz
de la llama. En los bosques celestes los árboles eran chorros
de zorzales que dejaban sus trinos pendientes
de las ramas como frutas de plumas.

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