Recuerdos con sabor safista

13-09-06.
Aparecían en el claro y diáfano horizonte de la sierra segureña las primeras nubes del otoño. Atrás quedaba el largo y nervioso verano de 1956 y con él una de las etapas más interesantes de mi vida. Se cerraba la puerta de mi escuela unitaria donde recibí cariño, comprensión, estímulo y aprecio de mis maestros y la amistad y compañía, siempre alegre y cercana, de mis compañeras y compañeros. Finalizaban mis caminatas diarias Valdemarín-Orcera, ida y vuelta, estudiar a la luz del candil, el trabajo del campo, la huerta, los animales… Cambiaría mi entorno bucólico y libre por los muros de un internado y el acatamiento de una férrea disciplina.

Había superado brillantemente el examen de ingreso y me incorporaba al colegio que los padres jesuitas tenían en Villanueva del Arzobispo. La verdad es que no venía solo; la Sierra de Segura había conquistado la Sagrada Familia y aquí nos juntamos chavales de Orcera, Siles, Benatae, Hornos, Valdemarín, El Tranco… Muchos padres buscaban para sus hijos un futuro más próspero y aquí encontraron el único barco que ofrecía pasajes gratis para navegar en busca de mejores puertos.
Mi madre había preparado con mucho esmero y cariño el hatillo que necesitaba para instalarme en el internado. Todo debía ser igual que lo relacionado en la comunicación que habíamos recibido, porque siempre existía el miedo de que me echaran por no cumplir las instrucciones. ¡La que se armó en casa porque no encontrábamos en las zapaterías las botas de piel de becerro! Me las hizo a medida un zapatero de La Puerta de Segura.
Llegó el momento esperado, deseado y temido. Despedidas, algunas lágrimas de hermanos y familiares, alguna moneda «para que te compres algo»… Acompañado de mis padres enfilamos el camino a Villanueva en una camioneta que habían alquilado todas las familias del grupo de serranos que veníamos al colegio de los jesuitas.
El camino fue penoso pero alegre; el recibimiento y la acogida más bien tristes. Era Fuensanta quien me asignó la cama, el pequeño armario, la silla con cajón incorporado y no recuerdo si algún utensilio más para guardar mis cosas y calentar mis sueños. Todo lo poco que traía quedó bien colocado. Los padres hablaban unos con otros contándose “sus cosas” y la tarde se acercaba al ocaso a paso ligero.
El tiempo de recepción y acogida se acaba, los padres deben abandonar el colegio y aquí queda Gregorio sólo ante el peligro.
No recuerdo mucho de mi primera noche. Probablemente quedó alguna lágrima guardada en el embozo de la sábana y quizás soñé que un ángel me llevaba en volandas a Valdemarín y me ponía en la silla de aneas formando corro con los míos alrededor de la lumbre.
Nos levantábamos a golpe de palmas y silbato. Los aseos, como el dormitorio, eran corridos y el agua, naturalmente fría. ¡Cómo nos espabilábamos! Don Rogelio vigilaba para que el aseo se realizara de manera correcta y no se utilizara la saliva ni el pico mojado de la toalla para eliminar de los ojos los residuos que había dejado la noche. Finalizadas las tareas de aseo, el “arreglo” del espacio y la ubicación ordenada de los enseres personales, nos colocábamos a los pies de la cama, esperando la orden de salir hacia la capilla o hacia el comedor.
De las comidas no tengo un especial recuerdo, porque mis padres me enseñaron pronto a comer de todo y a no ser glotón, y eso debió evitarme alguno de los problemas que cuentan mis compañeros. Recuerdo el café con leche acompañado de pan y mantequilla, las legumbres, el pollo, algo de matanza… Como los recursos eran escasos, no podía quedar nada en el plato, ni siquiera el pimiento rojo, el tomate o el ajo con que habían sido guisadas las lentejas. Prohibido decir «esto no me gusta» o «me da asco», porque el episodio podía terminar mal. La comida se hacía en silencio, mientras se escuchaba la lectura de un libro cuyo contenido estaba relacionado con la vida de algún santo, o contenía normas de educación, urbanidad, convivencia, etc.
Los desplazamientos en el recinto siempre se hacían en perfectas filas y en riguroso silencio. De eso se encargaba don Rogelio, que avisaba a los infractores “acariciando” la cabeza con el silbato o llevando la rodilla al muslo de quien hubiera metido la mano en el bolsillo para esconderla del frío viento que silbaba entre los árboles y las paredes del colegio. También el padre Pérez montaba guardia en esquinas y rincones estratégicos para comprobar el estricto cumplimiento de las normas. En una ocasión, alguien quiso hacerse el gracioso imitando el sonido del gato y se pasó todos los recreos de la semana maullando en señal de castigo. Cuando salíamos a la calle, aunque se mantenían las filas, la disciplina era menos severa.
La enseñanza era seria y los aprendizajes se realizaban a la usanza de aquellos tiempos: muchas horas, mucha memoria, mucho esfuerzo y muchas ganas de trabajar. Todos los días pasábamos largos ratos en el salón de estudio, donde estaba penalizado hasta levantar la vista del libro. Nada de grupos ni de trabajo en equipo; alumno y libro se fundían al calor de la bombilla y así, poco a poco, letras y números se iban grabando lentamente en la memoria. Al día siguiente, lo mismo había que recitar la lista de los reyes godos, los ríos de España, los montes, los lagos, los cabos, los golfos, la tabla de multiplicar…
Había gran ilusión por ser el primero de la clase y bastante miedo por sacar malas notas. Decían los padres jesuitas que se acercaban muchos niños llamando a su puerta y por ello no era de justicia mantener a los perezosos dentro de sus aulas. En consecuencia, si tu rendimiento no era satisfactorio, recibirían en casa una carta diciendo que quedabas expulsado y ya no podías continuar. Yo jamás sentí esa sensación, porque para mi fue un año triunfal; me salió todo bien y al final fui distinguido como el mejor alumno. Mi maestro, del único curso que pasé en el internado de Villanueva, se llamaba don José Alarcón Albañil, natural de Baena; contrajo matrimonio con una guapa villanovense. Gran persona, no sólo por su espigada figura, también por la abundancia de cualidades profesionales y humanas que le adornaban. De todos los maestros que conocí guardo un buen recuerdo. Todos intentaban hacer crecer en nosotros un modelo de persona en la que ocupaban un lugar preferente los deberes y obligaciones con ella misma y con los demás: el trabajo constante, el esfuerzo, el servicio, la austeridad, el respeto a las personas y a las cosas, el estricto cumplimiento de las normas, la valoración personal, la superación, la buena imagen… eran valores que se cultivaban y se exigían, eso sí, con demasiada rigidez y malas estrategias para el convencimiento. Personalmente me siento orgulloso de mi formación. Al día de hoy no tengo que lamentar ningún trauma ni rencor y me encuentro capacitado para analizar el modelo, situarlo en el tiempo y en el espacio que corresponde y comprender que, como todos, tenía sus luces y sus sombras. Desde luego mucha luz han dado los innumerables alumnos de la época que han ocupado y aún siguen ocupando puestos de relevancia en la vida social, política y familiar de su entorno.
Aparte del trabajo, disponíamos de suficientes ocasiones para el juego y el ocio. La mayor parte del tiempo libre de las tardes lo ocupábamos jugando a “La bandera”. Dos equipos perfectamente organizados con su capitán al frente “peleaban” por conquistar el territorio enemigo y llevarse la bandera a sus dominios. Por supuesto que también había fútbol, canicas, y juegos de pandilla que se realizaban en los espacios libres del recinto, preocupándonos muy mucho de no pisar las flores y las plantas que adornaban los vistosos jardines, cuidados por Luis el Jardinero. Los domingos había salida al campo de fútbol de Villanueva y allí organizábamos los partidos con los balones más nuevos y algunas camisetas que lucían los deportistas más aventajados. En ocasiones se organizaban actividades con los internos safistas de la calle Los Morales.
Lugar destacado ocupaban las actividades de tinte espiritual y religioso. La misa diaria en la capilla, ubicada en el chalé (ahora sala de informática), era un momento de especial interés. Solía oficiarla el padre Pérez mientras el padre espiritual ocupaba el confesionario. Gran participación de los alumnos y de personas de la calle que venían a la celebración. Los domingos acudíamos a la misa parroquial, momento importante para convivir algo con personas del pueblo y salir del perímetro colegial. Espectacular desfile de alumnos y maestros por el itinerario de costumbre, que suscitaba la curiosidad de los vecinos, a quienes era frecuente ver asomados a las puertas y ventanas de sus casa, contemplando nuestra ordenada marcha. No recuerdo trato ni encuentros con niñas del pueblo. Seguro que estaba prohibido: ¡qué pena! También se dedicaba tiempo a preparar el concurso anual de Catecismo, al funcionamiento de Las Congregaciones Marianas, Los Cruzados, el rezo del rosario, las flores en el mes de mayo, etc.
Sin duda, el día más importante era el último. Para finalizar el largo y sacrificado trabajo del curso se organizaba una gran fiesta donde participábamos todo el personal del centro. El patio y sus aledaños se cubrían de banderas, banderitas, flores y papeles de colores. Luis regaba el suelo varias veces con las mangueras para refrescar el ambiente y sentar el polvo. Adornado el espacio, se instalaban la mesa de la presidencia, las mesas de dignidades, el escenario y “el patio de butacas”, lleno en esta ocasión de sillas para los espectadores. Jornada de puertas abiertas, con invitación especial para los familiares del alumnado. ¡Ah! Ese día sí abundaba el sexo femenino, aunque estaban prohibidos los escotes y las minifaldas.

Con la presencia de autoridades y personalidades del pueblo se iba componiendo el puzle mágico de actividades preparadas con mimo y tesón durante el último trimestre. Los alumnos, con sus discursos, juegos, canciones, poesías, instrumentos musicales, tabla de gimnasia, y un público expectante llenaban de entusiasmo, alegría, gritos, risas, aplausos y algo de magia el patio de recreo bajo la mirada de los fantoches, globos-muñeco, que habían lanzado con anterioridad y ahora se paseaban por el cielo poniendo un atractivo decorado multicolor sobre el manto azul de una bonita tarde de verano. Momento especial era la proclamación de dignidades, donde se premiaba el esfuerzo y el buen comportamiento de los alumnos que más se habían distinguido durante el curso. Después de oír el nombre por los micrófonos, cada cual nos dirigíamos a la mesa de presidencia donde el párroco, el jefe de la Guardia Civil o de la Policía local, el médico, el alcalde, el P. Pérez… nos colocaban la banda y nos colgaban la medalla (preciosa por cierto), propia del cargo que ostentabas. Como ya adelantaba anteriormente, mi estancia en el internado fue gratificante y me nombraron príncipe del internado. Una gran satisfacción, una inmensa alegría para familiares y amigos que habían acudido a la fiesta.
Aquí finalizaba mi primera estancia en Villanueva y empezaba mi afiliación a la Institución Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia. Después del verano continuaba mi diáspora familiar, esta vez, camino de Úbeda. Allí estudiaría Magisterio de la Iglesia, convalidado en Granada en 1965 y desde entonces he trabajado con ilusión y entrega para ofrecer a la sociedad un modelo educativo empeñado en formar niños y jóvenes al estilo Safa. Además, tuve la suerte de volver a Villanueva, una vez finalizados los estudios y aprobadas las oposiciones; una situación propicia para reavivar recuerdos y dar gracias por los beneficios recibidos en el curso de mi bautizo safista. Mi recuerdo y mi agradecimiento sincero y cariñoso para María Garrido, Fuensanta, Luis el Jardinero, don José Alarcón, don Pascual y maestros de la época, las chicas de la lavandería y el ropero (que en alguna ocasión me ponían colorado cuando iba en busca de ropa), las cocineras, mis amigos y compañeros… Gracias a Villanueva y a Safa, a su gente, porque me acogieron desde niño, porque me han querido, me quieren y me han dado todo lo que soy y tengo en la vida.

Villanueva del Arzobispo, 20 de septiembre de 2005.

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