Don Sebastián Rodríguez

Queridos compañeros, antiguos alumnos de Las Escuelas, esposas y familiares, apreciado Stephan, entrañable Padre Mendoza, distinguido Padre Rector, queridos y admirados Sebastián y Mercedes. Quiero deciros que aquí, entre vosotros, siento una alegría distinta y una satisfacción indescriptible. Es un lujo y un orgullo formar parte de este auditorio de afecto y de cultura. En un acto tan hermoso y tan solemne, como es volver al colegio y participar en esta reunión de antiguos alumnos, me faltan palabras y me sobran nervios para expresar tantos sentimientos y tantos recuerdos. Y aunque sé que no es lo más correcto, permíteme que, por un momento, deje a un lado el tratamiento de ilustrísimo señor, que por tu carrera excepcional te corresponde y adopte el amistoso “tú”.

Mientras leo estas líneas, te veo jugar por estos campos inolvidables y cantar el himno de la Segunda División y desfilar con marcialidad, “con la cabeza erguida y el pecho fuera”, que así nos decían nuestros profesores que debíamos desfilar. Y te veo correr en las competiciones deportivas con aquel pantalón de deporte azul marino, siempre el mismo, y ganar la carrera. Porque tú, querido Sebastián, has sido siempre un triunfador. Te estoy viendo mirar con tu mirada azul, inquieta y limpia de observador agudo, como miran las personas que tienen las ideas clarísimas y los conceptos en su sitio. Te estoy viendo aquella tarde a la puerta de la iglesia, esperando para entrar a un acto religioso en la que yo, como siempre, andaba enredando y preguntándome por qué los obispos cobijaban bajo palio al entonces Jefe del Estado. Tú me diste la respuesta: “No intentes juzgar la actuación de los demás, sigue siempre los dictados de tu conciencia”. Eso dijiste y, ya ves, yo, que nunca fui buen estudiante, después de cuarenta años no he olvidado la lección.
Y es que, los que hemos tenido el privilegio de conocerte y convivir contigo, a tu lado hemos aprendido muchas cosas. Nos has enseñado que no debíamos perder un minuto de nuestras vidas. La última luz que se apagaba cada noche era la de tu cuarto. Que a mí, que aprobaba los cursos a duras penas, me daba vergüenza irme a dormir viendo tu luz encendida, porque continuabas estudiando… ¡A las tres de la mañana!
Tu generosidad ejemplar nos ha enseñado que se debía poner el mismo entusiasmo en el trabajo que en las relaciones con los demás. Que recuerdo aquellos paquetes que te enviaban de casa, con chorizo, latas de anchoas y alguna que otra cosilla, y compartías con nosotros sigilosamente, para que el cura no nos sorprendiera, con las manos en el queso o el jamón.
Y como toda persona de bien, cuando, ya de mayores hemos hablado en Barcelona, siempre te has mostrado agradecido a tus padres, a tus profesores y a las Escuelas de la Sagrada Familia que hoy nos acogen amablemente. Y, cuando te he visitado en tu casa, he comprobado cuánta cordialidad, cuánto optimismo y cuánto amor has dedicado a tu esposa Mercedes y a tus dos hijas.
Ahora, que tan de moda está buscar, a cualquier precio, oportunidades irrepetibles, chanchullos y prebendas, siempre has demostrado poseer un especial sentido de la dignidad y la honradez. Desde siempre, has sabido rechazar cualquier propuesta que te apartara del camino. Has antepuesto tu dignidad y tu vocación universitaria al dinero fácil, a la vanidad y a la pedantería. Supiste decir que no a un eminente catedrático que te propuso ser su adjunto en la Universidad.
‑Aún no estoy preparado, ‑contestaste.
Y te marchaste a Estados Unidos dejando, casi sin estrenar, tu casa recién comprada. Una vez allí, soportaste los trabajos más duros para poder estudiar y sentirte limpio y honorable cuando volvieras a mirar a tus alumnos frente a frente.
No estoy hablando de rosas encendidas, ni vuelos de palomas, ni redobles de campanas. Esto, querido Sebastián, son lecciones de vida logradas a base de tenacidad, sacrificio, y honradez. Todos sabemos que es muy difícil mantener la ilusión tras la contrariedad y permanecer firmes sin justificar el abandono. Pero tu vida es un ejemplo de constancia y de firmeza en la persecución de un objetivo imposible. ¡Ser catedrático de la Universidad de Barcelona! Y lo conseguiste con todo honor.
Y ahora, permíteme que cuente dos secretos.
El mes de octubre de mil novecientos sesenta y seis, con las máximas aspiraciones, enfilabas la recta más importante de tu vida y te entregabas a tus estudios con toda el alma. En aquellas viejas aulas universitarias conociste a una muchacha, brillante, alegre y adornada por la humildad de las personas con talento. Desde entonces, ella no se ha movido de tu lado, para ayudarte, quererte y admirarte. Y, con todo respeto, ilustrísimo señor, pienso que no era fácil ser tu esposa. Como diría Pablo García ‑jugador del Real Madrid‑ tú eras un muchacho “rubio y lindo”, es verdad; pero idealista y obstinado en llenar la casa sólo de estanterías con libros y más libros. Por tanto reconozcamos a Mercedes la gran parte de éxito y de gloria que, en estricta justicia, le corresponde.
Ese ha sido el primer secreto y el segundo también es de faldas y mujeres.
No hace mucho ‑en una entrevista de trabajo‑ supuse, por su currículum, que aquella chica tan guapa que tenía ante mí podía haber sido alumna tuya en la Universidad. Así era efectivamente. Incapaz de dominar mi curiosidad, le pregunté qué tal profesor era don Sebastián Rodríguez Espinar.
“Es un hombre con rigor universitario, que enseña sin humillar y que orienta sin imponer. Dice siempre la verdad y parece que quiera transmitirnos sus propias vivencias para que las aprovechemos”. Eso opinan de usted sus alumnas. ¿Lo sabía?
Ya ve, estimado Padre Rector, de qué madera estaban hechos aquellos muchachos, a los que la sociedad les negaba casi todo. Hoy está con nosotros Sebastián Rodríguez para ofrecernos, con toda sencillez, el magnífico ejemplo de su vida. Una vida regida por sólidos principios y convicciones inalterables.
Soñé hace unas noches que esta Asociación emprendía nuevas empresas y proyectos ambiciosos, publicaba libros y llegaba a ser muy importante. Si este sueño algún día se hiciera realidad, el mérito sería, sin duda alguna, de personas como Sebastián, como usted y como tantos hombres y mujeres que hoy como ayer mantienen vivo en su corazón el recuerdo y el amor a las Escuelas. Importa mucho que no se pierda el testimonio de alumnos que como Sebastián fueron el sueño del padre Villoslada y de aquella legión de profesores que decidieron seguirle y acometer uno de los proyectos más temerarios en la Andalucía de los años cuarenta. Que la luz de la educación brillara esplendorosa para los hijos de los trabajadores de la otra España. Piénsenlo con cariño, por favor.
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Publicado en: 2005-11-04 (64 Lecturas).

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