Si yo tuviera un coche

Si yo tuviera coche y lo pusiera rumbo a Santander, seguro estoy de que me amanecía en Úbeda.
Como ya, ni coche ni piernas para el autoestop, me sirvo de la imaginación… Y la imaginación, ya se sabe, loca, vuela y revuela. Y como las golondrinas, termina anclándose en el viejo nido de sus recuerdos.
(Perdido este papel, se quedó varado como tantos otros de tema e historias ubetenses. Data de noviembre de 2001).
Fue mi ángel del camino. Y gracias a él y encantado con él y con su esposa, llegué entero a Úbeda. Stephan buscaba el comedor de profesores. Y le hacía ilusión abrazarse con Jaime, Agustín… Y soñaba con encontrar los patios delirantes de actividades deportivas. Stephan esperaba un ejército… Yo me sentí confortado con los noventa o cien concurrentes. Asistencias inesperadas me desbordaron alegrías y afectos, retenidos cuarenta y más años. Ausencias hubo sensibles. Que fueron como un nublo en aquel esplendoroso encuentro.

Advertí que el núcleo de aquella concentración lo aglutinaban gentes de la época dorada de la Segunda División. Me extrañó que gentes aledañas, en los dos días que duró el festejo, no se acercaran a verse con sus compañeros de ocho años juntos, partiendo hambres y peras.
Maltrecho andaba yo… Pero tentado estuve de pedir una bicicleta por volar a Andújar, a encontrarme con Utrera, J. Ramírez, Ramos… Y, a Jódar, por rastrear la existencia de mi desaparecido Moreno Latorre. Villanueva del Arzobispo, con gentes de todos tan queridas como Diego M. Bustos, A. Soria… Que para todos, nombrados o no, guardo recuerdos y abrazos rancios como los soleras de mi tierra. Que me llevan bailando en el corazón cuatro décadas. Y hoy me saltan al papel.
Intencionadamente he escrito festejo. Porque ¿qué otra cosa fue aquella mañana en la explanada? Nada había cambiado. Salvo por la humorada de algunos ángeles traviesos que mondado y encanecido habían algunas cabezas, nada había cambiado. Todo, brazos, corazones, gargantas y humor, todo seguía fresco.
Yo no sé si los años maduran, ablandan o encogen. Os aseguro que despilfarran comprensión, cordialidad, amor.
Cuantas veces volví a Úbeda, prioritaria, inexcusable fue mi visita al Colegio. Y, a cuantos jesuitas pude, visité y abracé.
A las últimas llamadas –ya “tocado” y roto‑, descalzo y a pie hubiera acudido. Iba a encontrarme con mi gente… La que, cuando yo andaba perdido y a pájaros, me abrió un camino. Y hoy, en aquellos encuentros más que nunca, necesitaba sus brazos… Que fueron para mí una transfusión de vida. Y en el Colegio me sentía abrigado y a gusto. Y no me tentó buscar la ventana por donde salí, ni pensar en el puntapié… ¿Quién no lleva o ha dado un costurón en la vida? Me cuesta comprender a quienes, sesentones ya, se niegan a concurrir porque yo… don X o el padre tal les suspendió alguna vez… ¡Hombre de Dios…! Acude y no nos mires a la cara… Pero no desaires y maltrates a tus compañeros de tantos años y apuros. Que si, adolescente y estrenando juventud, en ocho añazos, codo a codo, hambre con hambre, compartiendo confidencias, amoríos y apuros mil, no fraguaste amistades de bronce…
A pesar de todo, mi respeto y aprecio para los ausentes y sus razones.
Yo, mientras el cuerpo me lo permita, volveré a Úbeda. Me revitaliza ver a “los niños de don Jesús” triunfadores. Con bellas mujeres e hijos como soles.

 

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Publicado en: 2005-10-06 (42 Lecturas).

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