Los nacionalismos y la buena gente

Escribe mi amigo Diego un artículo, “Nacionalismos… ¿cáncer o simple dolor de cabeza?”, como respuesta a otro mío sobre el mismo tema, “Los nacionalismos: ¿cáncer de la humanidad?”, y quien los haya leído habrá constatado que nuestras opiniones son bastante divergentes. Y pienso que esa divergencia se produce porque quizá mi artículo estaba mal construido. Yo debí exponer, previamente al desarrollo de la idea central, lo que la antropología actual entiende por cultura y nacionalismos. Quizá, en ese caso, Diego no confundiera el cáncer con el dolor de cabeza.

Los estudios de Maslow, sobre los cuales han discutido en España los profesores Pinillos y Racionero, permitieron desentrañar que la génesis de la cultura se produce por la necesidad del hombre para cubrir cinco necesidades básicas y universales: subsistencia, seguridad, pertenencia ‑el hombre se siente impelido a formar grupos: del Real Madrid, de mi barrio, de mi partido… “los míos” ‑, autorrealización y trascendencia. Por medio de la inteligencia (razón), el hombre crea la ciencia y la tecnología, con los sentidos (emoción) el arte, y con la voluntad (acción), la moral. Y con la ciencia, el arte y la moral el hombre resuelve necesidades y problemas, se relaciona con los demás hombres (política, economía, educación, folclore) y con Dios (religión). Y ello es lo que conforma la cultura, que es diferente para cada grupo humano: los franceses, los de Triana, los bosquimanos…
Cuando una determinada comunidad (tribu) obtiene vino de la uva, fabrica sus vasijas de barro, cría sus rebaños, cultiva sus vegetales, prepara sus alimentos, compone sus canciones… de manera genuina, se pone en marcha un mecanismo psicosomático que, aunque es emocional, trasciende al individuo y se hace social. Y lo que son técnicas industriales, agrícolas, culinarias, folclóricas… superan lo eficaz, lo práctico, lo bonito…, adquieren una categoría espiritual, se convierten en símbolos, y constituyen ese subconsciente colectivo que representa la tribu. Y así parece ser cómo el hombre de cualquier cultura se convierte en un Homo tribalis con un subconsciente colectivo, cuyo dogma es : Nuestra cultura es la mejor. Dogma que, una vez establecido, en caso de conflicto, se sitúa por encima de cualquier código de carácter ético, estético y religioso, y hace que los individuos que componen la tribu estén fuertemente cohesionados, formando como un solo ser, frente a los individuos de otra tribu.
Los procesos derivados de este principio antropológico han sido muy bien analizados por los antropólogos Evans ‑Pritchard y Jáuregui.
El hombre, en su evolución cultural, se estructura en tribus jerarquizadas: occidental, europea, portuguesa, española, extremeña, de Triana…; y atendiendo al dogma de la constitución de la tribu, el hombre tiende a tribalizarlo todo.
El paisaje, para el Homo tribalis, no tiene solamente un aspecto geográfico, físico o natural sino que, fundamentalmente, es reconocido como parte integrante del alma tribal.
Otro de los mecanismos fundamentales de individualización de la tribu es su historia. Se mitifica el origen de la tribu, se exaltan los hechos gloriosos, se silencian o se distorsionan los hechos vergonzosos. Y cuando algo histórico muere en una tribu, la tribu muere un poco.
La lengua es otra de las posesiones más sagradas de una cultura. La lengua es una forma de entender el universo y al hombre dentro del universo. La lengua, además de vehículo de comunicación, es pensamiento.
También el arte constituye una de las fuentes de creación de símbolos tribales. El hombre, desde los albores de su evolución, aparece como un animal artista, y el arte se constituye en una parte importante del edificio tribal, principalmente la música y la danza.
Descubierta la génesis de las culturas y su estructuración en símbolos que se constituyen en subconscientes colectivos, fueron Jung y Freud quienes previnieron contra el peligro que puede suponer el conocimiento y manejo de estos símbolos de manera interesada y falaz. El peligro anunciado se produjo. A comienzos del siglo XX aparecieron líderes políticos ‑nacionalistas ‑ que manejaron, sin escrúpulos, el dogma central de la tribu: Tu formas parte de la mejor tribu del planeta. Hitler les dice a los alemanes: la raza Aria, a la que pertenecéis, es la raza Herrenvolk ‑la raza de los señores ‑ y como tal debéis señorear al mundo. Y de forma taumatúrgica, el pueblo más instruido de Europa en aquel momento, fue capaz de realizar el crimen más abominable organizado por un Estado.
La potencialidad del subsconciente colectivo es increíble, y manejado certeramente por cualquier canalla, puede producir efectos demoníacos ‑recuérdese la velocidad a la que llegan al poder los nacionalsocialistas en Alemania y lo que provocaron ‑. Ello se puede comprobar observando, por ejemplo, el comportamiento de un individuo de cualquier tribu cuando se encuentra alejado de su ámbito geográfico; en esa situación, la aparición de cualquier símbolo tribal le produce una pulsión instintiva, repentina y desbordante ‑procedente del paleocerebro y, por tanto, insconciente ‑ que le ahoga cualquier razón ‑procedente del neocortex ‑: un científico sevillano en Londres puede paralizar inmediatamente su trabajo y ponerse a llorar como un chiquillo si, de repente, oye cantar unas sevillanas.
En Europa, y particularmente en España, hay hoy líderes políticos que tratan de conseguir y mantener el poder convirtiéndose en figuras simbólicas ‑tótemes‑ de la tribu, a base de exaltar sus particularismos y encanallando a su pueblo contra un supuesto enemigo ‑el vecino ‑, al que se presenta como un peligro que quiere destruir la tribu. Es el caso de algunos nacionalismos en el País Vasco, Cataluña, Irlanda, Francia… ‑es grotesco que los nacionalistas de Cataluña o el País Vasco, con las mayores tasas de crecimiento económico, mayor renta, más bienestar, más libertad para manejar sus recursos… que los extremeños, andaluces, castellanos, murcianos… se sientan perseguidos y atenazados por estos últimos‑.
Nuestra generación tiene ya mucha experiencia para que se deje engañar por una serie de truhanes ‑casi todos defendiendo su sillón y a los cuales les importa un comino el interés del pueblo al que dicen defender‑. Recuerdo ahora el candor con el que muchos de nosotros nos manifestábamos en el tardofranquismo para que el catalán adquiriese el protagonismo que le corresponde como lengua ‑¿os acordáis?‑. Si se compara aquella actitud con la situación actual ‑los nacionalistas catalanes denunciando y multando a las tiendas con letreros en castellano‑ se puede comprender muy bien a dónde conduce el nacionalismo.

La antropología ha conseguido desvelar, con criterios científicos, cuál es la etiología de los nacionalismos, su enorme importancia social y el peligro que representan. Y lo peor que nos puede ocurrir es que alguien, desde la demagogia de la política de los partidos, desde la cultureta de los periódicos o la chabacanería de la TV, intente confundir a la gente buena ‑como mi amigo Diego‑ de que el nacionalismo, en lugar de un cáncer, es un simple dolor de cabeza.

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Publicado en: 2006-03-06 (59 Lecturas)

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