27-06-2006.lo que apenas se aprende día a día”
(Gerardo Diego).
Pero hay casi obligación de confiar. Existe el deber de no ser escépticos. La Cultura, ese largo proceso, tiene que conducir a una Sabiduría y no solamente a una Técnica. Poniendo las cosas en su sitio, habría que considerar a la Técnica como un subproducto. Porque el objetivo propio de la actividad de la inteligencia es el conocimiento de los fundamentos, de los principios. Claro que si nos queremos guiar por el ambiente, por el actualismo, por los llamados signos del tiempo presente, ¿importan mucho los principios? Es curioso: nunca como hoy se puso ‑por parte de los gobiernos‑ un énfasis tan marcado en la necesidad de la instrucción, de la enseñanza, de la cultura. Pero hay supercultos que en la recta final (rebasados todos los estudios) proclaman una desilusión, un desengaño. Entonces viene la duda: ¿sirve de verdad, y, por tanto, urge de verdad una cultura de conocimientos que, luego, somos incapaces de sintetizar, de organizar en una cosmovisión, en un sistema, o ‑por decirlo con palabra exacta‑ en una Sabiduría?
El sacerdocio de enseñar lo que se aprende pide un mantenimiento a ultranza de los principios. Hay que elaborar ideales a costa de las ideas. El maestro de cualquier disciplina ha de ser previamente un… educador. Enseñar sin conducir, es decir, mostrar ideas o hechos sin detenerse en el “qué”, en el “para qué”, en el “por qué”, es costosa y prolija tarea; pero inútil empresa. Una civilización analítica de datos, de registros, de cifras, de fórmulas, nos mecaniza el espíritu. Por cierto, que la palabra espíritu se usa menos, bastante menos. Ahora se habla de cerebralización más que de espiritualización. Es como si el sumiller o el mayordomo se alzasen con el mando y con el rango. ¿No es el cerebro el instrumento del espíritu? Si nada más nos cerebralizamos, renunciamos a la suprema ilusión. El cerebro, ¿es un sabio dispositivo, un maravilloso órgano para la ejecución de las previas ‑misteriosas‑ melodías de un “yo” candidato a la inmortalidad? Si el cerebro produce por sí mismo los sentimientos, las ideas, y el saber ‑de la misma manera que el mechero produce la llama‑, es decir, si el cerebro no está al servicio de unos principios, sino que actúa en función de unos resultados, tendríamos que resignarnos a considerar los más sublimes logros de la Cultura ‑la Novena Sinfonía, la Catedral de Notre Dame, la Divina Comedia, etc.‑, nada más que como precipitados de un juego químico de acciones y reacciones. ¡Es muy duro doblegarse a creer que en la base del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, o en la de Afinidades Electivas de Goethe, o en la erección de Don Quijote o de Hamlet, actúan únicamente las isomerías, las combinaciones y las interacciones del sodio, del potasio, del hidrógeno o del cloro…!