Sobre «La vida en un columpio»

Cuando tuve en mis manos el libro La vida en un columpio, he de confesar que lo devoré sin descanso. De un tirón fui pasando páginas con las únicas paradas que las necesidades primarias obligan a hacer a todo ser humano.

Soy consciente de que una lectura así obliga necesariamente a otra posterior más pausada, donde la razón no se deje contagiar por las vivencias personales que el devenir de la leyenda va despertando.

Desde el mismo momento de finalizar, sentí la necesidad de plasmar, en esta nuestra página, las vivencias que su lectura despertaron en mí. Pero, por un lado mi convencimiento de que esto de la escribanía, decididamente, no es lo mío; y, por otro, de que a nadie podrían interesar mis impresiones personales, desistí una y otra vez cuando enfilaba el folio con el “pilot” de turno. Sin embargo, las reflexiones agudas, profundas y descarnadas de nuestro compañero José del Moral respecto al libro sobre Burguillos, me han animado a ello.

No esperéis de estas líneas crítica alguna ni literaria, ni estilística, ni de contenido, ni de… Soy consciente de que ello no está a mi alcance. Realmente desborda mis conocimientos al respecto.

Mi aportación estaría en la línea de la comprensión “humana” del personaje Burguillos obviando la forma literaria en la que va envuelta.

Si me he atrevido a ello ha sido por la “sintonía” ‑quizás identificación‑ que el personaje Burguillos iba desencadenando en mi persona a lo largo de la lectura de “La vida en un columpio”.

No se me entienda mal, por favor. No quiero decir con ello que mi persona esté, ni mucho menos, a la altura del personaje. Pero sí que los avatares de la vida de ambos, Burguillos y mi persona, han sido bastantes coincidentes en algunos aspectos. Y, por ello, puedo comprender y quizás hasta “empatizar”, “ponerme en lugar de” nuestro personaje.

He vivido la Fe, “con mayúsculas”, y el compromiso, en la vida de mis padres. En la adolescencia, cuando uno está dispuesto a “heroicidades” sin cuento, me convencía  de que lo mejor que podía hacer con mi vida era ponerla al servicio de Dios. Me enrolé en el ideal de vida religiosa que me forjé.

Pronto la realidad se fue imponiendo al ideal, hasta comprender que mi vida tendría más sentido si, viviendo como habían vivido mis padres, podría ser “testimonio” (¿soberbia? ¿ardores de juventud?) de una “posibilidad existencial” que mereciera la pena vivirse en el mundo deshumanizado, mercantilista e intrascendente que nos ha tocado vivir.

¿Dudas? Durante años. Quizás por ello comprenda a Burguillos. La diferencia… al final, aún a riesgo de equivocarme, tomé decisiones y apechugué con las consecuencias.

Como Burguillos, sé lo que es trabajar en colegios regentados por los que, hasta ese momento, habían sido colegas de hábito. Sé lo que es enfrentarse a la estructura de poder que ello representa en un intento de educar al alumnado en los principios de igualdad, respeto, responsabilidad, independencia de juicio, criterio propio… Hasta… hasta acabar en despido. (Quijotesco, sin duda).

La Fe. Se fue quedando en jirones por los caminos de la vida. ¡¡¡Los silencios!!! ¡Con lo fácil que sería creer para dar sentido a esta vida! Pero… Burguillos sabe lo que eso significa.

Por eso, cuando Burguillos siente sus postrimerías, y… ¡mira al cielo!… Con todo mi corazón le deseo que encuentre la paz. Esa paz profunda que todo ser humano busca a lo largo y ancho de toda su existencia.

Esta es la faceta que más me ha impresionado de Burguillos, su profunda humanidad.

Por encima de su capacidad intelectual, de su rica formación humanística, de sus ideas pedagógico-educativas, de la riqueza literaria o estilista de su libro, está, para mí, su humanidad, su sentido de la búsqueda inacabada que, en esencia, es lo que constituye al ser humano.

Parangonando las palabras de Pepe del Moral en su artículo, “Pero, al final del libro, el lector queda perplejo al descubrir que lo que probablemente ha estado leyendo es un libro extravagante sobre la antigua dialéctica respecto a la concepción pendular y cíclica de la vida frente a la rectilínea de un hombre de fe”, me atrevo a decir: es posible que desde una perspectiva formal (doctores tiene la Iglesia), sea un libro extravagante; pero extravagante es en sí misma la vida y es una vida la que se refleja en La vida en un columpio.

Termina Del Moral sus reflexiones con esta frase: “En este libro, el amor se palpa”. Ese amor, en el sentido de preocupación por los que tenía alrededor, a pesar de sus defectos como ser humano, es lo que nos ha quedado como recuerdo o vivencia de los años que compartimos con Burguillos, en la 2.ª División de D. Jesús.

 

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Publicado en: 2005-02-10 (75 Lecturas).

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