I Premio Internacional «San Juan de la Cruz»

Ayuntamiento de Úbeda

 
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE ÚBEDA
Acto de entrega del Premio Internacional de poesía «San Juan de la Cruz ‑ Ciudad de Úbeda»
Oratorio San Juan de la Cruz de Úbeda
Viernes 29 de abril de 2005. 20:30 horas.

Programa
  • Bienvenida.
  • Semblanza del ganador y su obra a cargo de don Aurelio Valladares Reguero, integrante del Jurado del Premio.
  • Lectura del acta y fallo del jurado por el Secretario del Jurado D. Manuel Madrid Delgado.
  • Entrega del Premio e intervención del Premiado.
  • Palabras de la Sra. Teniente de Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Úbeda, doña Luisa María Leiva Cobo.
  • Actuación del Grupo Polifónico San Juan de la Cruz.  Selección de poemas armonizados por el Grupo Polifónico:
* El Pastorcico.
* La fonte.
* Llama de amor viva.
* Noche oscura.
* Coplas del alma.
* Selección del Cántico Espiritual.
* Mil gracias derramando.
PALABRAS DEL PREMIADO
Quisiera separar en este acto lo puramente protocolario y lo esencialmente emocional. Lo protocolario ha tenido ya su curso en cierto modo, pero no puedo pasar por alto lo que este premio significa para mí. Hoy es uno de esos escasos días gozosos que inesperadamente nos concede la vida. Estar en Úbeda para recibir el I Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, y que el acto se celebre en este oratorio, en este ámbito cuasi místico imprime carácter e impresiona.
En octubre pasado, junto a mi mujer, en este mismo lugar en el que estamos ahora, deseé de todo corazón que el Premio San Juan de la Cruz en el que había participado recayera en mi libro. Y si fuera posible, leer algunos poemas míos en este oratorio, cuyo lugar me parecía idóneo para hacerlo.
Aquí, en Úbeda, se despertó mi sensibilidad poética, mi gusto por el arte, no sólo por la literatura. Aquí escribí mis primeros y terriblemente malos versos a la edad de 12 o 13 años. Siempre suelo referir este hecho. Aquí oí por primera vez el nombre de San Juan de la Cruz e hice el camino a la inversa, Úbeda‑Baeza, por la misma trocha que se supone recorrió el santo cuando llegó a Úbeda enfermo de muerte. Y entré en la huerta, y me detuve muchas veces a leer la lápida que indica por qué puerta entró en este recinto.
Desde la ventana de mi habitación en la Safa, divisaba el impresionante espacio mítico de Sierra Mágina, la lejanía de Jaén que en las noches claras podía distinguir con su reguero de luces, y la torre de la catedral de Baeza y las lomas enfundadas en los olivos. Aquella visión no se me ha borrado nunca, y la he hecho íntima y familiar. Aquí, por primera vez, vi nevar y percibí el olor del aceite nuevo en las almazaras. Y leí mí primera novela ‑Las cerezas del cementerio de Gabriel Miro‑, gracias a mi compañero Antonio Poza, cuyo padre trabajaba en la imprenta Bellón y nos proporcionaba algunos libros de viejo. Novela que escondía en el libro de Historia Universal de Bustamante, arriesgándome ante el rigor de don Fernando Cueto. Aquí, don Jesús María Burgos me animó a escribir y me puso en el camino de la pasión literaria. Siempre lo recordaré con gratitud. ¡Cómo hubiera disfrutado él hoy estando aquí! Esta ciudad me permitió, además, conocer a Antonio Lara que, con el tiempo, reencontré en Suiza y me ofreció su amistad y su entusiasmo por lo que yo escribía, hasta hoy.
En aquellos primeros años de mi infancia y adolescencia la ciudad se convirtió para mí en un referente mágico. Estaba allí, a mi alcance, pero a la vez casi imposible. Había que curtirse y hacerle frente al frío, al aire cortante y a los sabañones; y teníamos que salir al campo, por los fantasmales túneles del imposible ferrocarril, por la entrañable e íntima casería del Deán, o por el camino del Santuario, o el del matadero, o el de La Yedra. La serenidad del campo, su dignidad, su hermosura, me hicieron amar la otra cara de Úbeda, pero no me reprimía el deseo de descubrirla definitivamente. La visita al asilo y a la catequesis de Santa María, me permitieron, las mañanas de los domingos, poseer de algún modo el espacio tanto tiempo deseado. La visión del recinto dorado, de su arquitectura, de sus calles y sus silencios, me llenaban de una dicha especial. Yo era capaz de mirar con ojos distintos a como lo hacían muchos de mis compañeros. Y amé esta ciudad en silencio, hacia adentro. Y de ese amor, con los años, surgieron varios libros. Piedra adolescente, de poesía, fue el segundo de los que he publicado y es una reflexión sobre la clausura ‑el internado y la libertad‑ en la ciudad. Sin nombrarla, Úbeda está discurriendo en cada uno de esos poemas.
Y las novelas Trístula, El Caballero de la melancolía y Territorios del aire, ‑ya publicadas‑ y Óxido de manzana, aún inédita. Una ciudad por la que he procurado que mi mujer y mis hijos se sientan atraídos. A pesar de esto, creo que Úbeda siempre me ha dado más de lo que yo le haya entregado. Y esa generosidad culmina hoy con este premio. Gracias.

 

Manolo me ha dedicado un ejemplar de su libro Oratorio de Gaza, premio Ángaro 2004, instituido por el Distrito Sur de la ciudad de Sevilla. En su solapa podemos leer este

 

Perfil del autor
Manuel Jurado López (Sevilla, 1942) tiene una larga trayectoria literaria, tanto en el campo de la poesía como en el de la narrativa, la traducción y la crítica literaria. En 1976, precisamente en esta misma colección, publicó su primer libro, Va madurando el tiempo, por el que obtuvo el accésit al premio Ángaro de ese año. Entre sus poemarios destacan Piedra Adolescente (1978); La constante falacia del espejo (1979); País de invierno (1992); Música y nieve (1992); Manuscritos de Berlín (1993); Viajero en el desierto (1993); Poemas de Ginebra (1993); El Cantor de boleros (1995); Descripciones y olvidos (2002) y el más reciente, El desembarco de la dama por el que ha obtenido el Premio Internacional Laureá Mela de 2004. Su labor poética ha sido distinguida con premios como Esquío, Tiflos, Rafael Morales, Premio Literario Jaén, Ciudad de Palma, Juan Alcaide, Pérez Embid, Ciudad de Ronda, Rosa de Damasco o Ciudad de Alcalá, entre otros. La poesía de Manuel Jurado destaca sobre todo en tres líneas fundamentales: la defensa de la pluralidad de registros, la intensidad expresiva y la búsqueda del conocimiento del hombre a través de la palabra poética. Su larga estancia en Suiza le proporciona a su obra una perspectiva cultural más amplia tanto en el campo poético como en el narrativo y el adecuado distanciamiento para reflexionar sobre la realidad poética española. De tal modo, que podemos ver en su obra unas etapas bien definidas, cuyo eje central sería el periodo helvético comprendido entre 1982‑1993.por el que obtuvo el accésit al premio Ángaro de ese año. Entre sus poemarios destacan (1978); (1979); (1992); (1992); (1993); (1993); (1993); (1995); (2002) y el más reciente, por el que ha obtenido el Premio Internacional Laureá Mela de 2004. Su labor poética ha sido distinguida con premios como Esquío, Tiflos, Rafael Morales, Premio Literario Jaén, Ciudad de Palma, Juan Alcaide, Pérez Embid, Ciudad de Ronda, Rosa de Damasco o Ciudad de Alcalá, entre otros. La poesía de Manuel Jurado destaca sobre todo en tres líneas fundamentales: la defensa de la pluralidad de registros, la intensidad expresiva y la búsqueda del conocimiento del hombre a través de la palabra poética. Su larga estancia en Suiza le proporciona a su obra una perspectiva cultural más amplia tanto en el campo poético como en el narrativo y el adecuado distanciamiento para reflexionar sobre la realidad poética española. De tal modo, que podemos ver en su obra unas etapas bien definidas, cuyo eje central sería el periodo helvético comprendido entre 1982‑1993.

 

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Publicado en: 2005-04-30 (56 Lecturas)

 

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