Una multitud

Ya podremos contar a nuestros nietos una travesura más: la fiesta que vivimos el pasado veintiuno de septiembre, después de casi cuarenta años. Como seguramente dudarán o pensarán que el abuelo desvaría, aquí queda el testimonio escrito, para la pequeña historia de la Safa, del encuentro de seis generaciones de compañeros con algunos de sus profesores. Una lástima que la distancia y las ocupaciones no permitieran la asistencia de tantos otros que ciertamente echamos de menos. Pero no desesperemos, estamos a tiempo.

De todos modos, una asistencia aproximada de setenta personas según los organizadores, aunque la Guardia Urbana diga que fueron menos, es una multitud. No exagero. Multitud es un número grande de personas o cosas. Setenta personas en el estadio Bernabéu son un canto a la tristeza y a la depresión, pero cinco amigos que vienen a cenar a casa, sin avisar, son un acto multitudinario e incontrolable para cualquier mujer. Y es que, Tono, el humorista, tenía toda la razón cuando le dijo a Albert Einstein en California, en casa de López Rubio: “Mire Alberto, por mucho que la gente se empeñe en demostrar lo contrario, todo es relativo”.
No están tan lejos los años de la transición en los que se decía que algunos partidos políticos cabían en un taxi. Nosotros no fletamos autocares, ni difundimos consignas, ni pretendíamos convertir el encuentro en una peregrinación a La Meca. Por eso, pletórico de gozo por vuestra respuesta, desde aquí, os envío a todos mi enhorabuena y mi agradecimiento más sincero.
Por la mañana, pasó don Isaac a saludarnos, que, en sentido etimológico, es una forma de desearnos salud, aunque los allí reunidos no estemos aquejados de tembleques ni alifafes. El día que eso suceda nos reuniremos en Lourdes. Vino sencillamente a darnos un abrazo, a decirnos que nos sigue queriendo y a comprobar que por su ejemplo, su entrega y su cariño nunca podremos olvidarle. Fue un detalle de cortesía, caballerosidad y señorío. ¡Gracias, maestro, y que pueda por muchos años seguir dando lecciones de ética y elegancia!
Inolvidables serán para todos las palabras emocionadas del padre Mendoza, de Stephan de Vos, de don Sebastián López y de los compañeros que, recordando los años de internado, iban llenando nuestras almas de emoción y poniendo un nudo de sentimiento en las gargantas. Sencillamente, sublime fue la intervención de don Jesús Burgos, larga y profunda, plena de afecto y de poesía. Mientras le oía, volví de nuevo a ser el niño que fui, sencillo y pobre, ingenuo y limpio, como un pájaro herido de nostalgia y pasión hacia aquel Centro, hacia aquel aire, hacia aquellas paredes. Imposible describir la mirada, nublada por las lágrimas, de mis compañeros, conmovidos por el reencuentro con ese rincón de la memoria de guardamos lo mejor de cada uno. De nuevo, la elocuencia del maestro nos seducía, prendía y encandilaba, como cuando éramos unos chiquillos, derramando melancolía y afecto, soñando prados y vuelos de palomas. A su lado, observaba sus ojos vivos, su sonrisa pícara e infantil, temblando, para que la emoción no rompiera de nuevo el hilo del discurso. Qué hermoso oírle hablar de felicidad, trabajo, ayuda, honradez y compromiso, a él, que nos enseñó a montar una tienda de campaña, a recorrer España en autostop, a sisar en los grandes almacenes, a entregar a Cáritas el fruto del botín y a pedir pan y techo a cambio de una sonrisa. El verano pasado, durante mis vacaciones, recibí carta suya. A continuación de mi nombre y apellidos, y en lugar de la dirección, que no conocía, escribió: “Hijo ilustrísimo de Bustillo de la Vega (Palencia)”… ¡y la carta llegó!
Decía Marañón que lo peor del pícaro es que las picardías que inventa son jocosas, caen simpáticas y parecen superables. Por supuesto.
Ni entonces ni ahora, ningún problema le era ajeno, ni ninguna ambición excesiva. Sabe Latín, Griego, Francés y en mi última visita a Valladolid me sorprendió hablando el lenguaje de los sordos con una muchacha, que le saludó al pasar junto a nosotros. Recita de memoria poesías de Rubén Darío, García Lorca, Zorrilla, Espronceda, Lara, Ferrer y Manuel Jurado. Quién no recuerda cómo hablaba entonces de los griegos y de la lucha del hombre por superar sus limitaciones. Un día que nuestro equipo había ganado un partido, seguramente a los “profetas”, comentaba que le gustaría derribar los muros del Colegio al paso de los triunfadores. Otro, se fue a por el “curilla” que no nos permitía utilizar el campo de fútbol de la Primera, con las mangas de la camisa remangadas: “padre, los chicos jugarán por las buenas o por las malas”. Y jugamos. Con su sonrisa y su afecto se metía en el bolsillo a las chicas de Úbeda, y a las buenas gentes de Rus y de Canena. Organizaba convivencias por los pueblos, desfiles y funciones de teatro y no le importaba escandalizar a los curas apareciendo en clase o en el estudio luciendo los tejanos de Juan Tirado.
Y esta es la razón de que, sin necesidad de recurrir a la prensa, ni a los autocares, ni a la televisión, una multitud de antiguos alumnos nos diéramos cita en Úbeda para volver a disfrutar de su compañía y ofrecerle de corazón el calor y el cariño que tan decentemente se ganó. Por eso no intervine, ni hizo falta que leyera el discurso que tenía preparado. La chispa había prendido y el fuego se había adueñado de la sala.
Las señoras, que, digan lo que digan, siempre han mandado en la sociedad, nos acompañaron y alegraron con su belleza y simpatía y solicitaron tomar parte activa en la joven asociación. Incluso reclamaron que debería llamarse Asociación de Antiguos Alumnos de la Safa y Consortes. Esto me preocupa. Si en la prehistoria enviaban a los maridos a cazar bisontes y en la época medieval a las cruzadas, mientras ellas charlaban al sol en la puerta de la caverna o en los patios del castillo, ahora, en nombre de pasados sufrimientos, exigirán como siempre llevar el timón. Pronto, cuando queramos hablar con Paco Herrera, Márquez o Pedro Tapia deberemos preguntar por el marido de Nico, de Juani o de Matilde. Seguro que con ellas todo iría mejor, pero pensadlo y estad preparados. Dirán que salir con nosotros era un sueño, que sus madres no les permitían pasar de la esquina de Julio, que soportaban al pelmazo del padre Calles que les presentaba a chicos sin gancho, cuando ellas a quienes querían conocer era a Martos, Ballesta, Velasco, Cabrerizo, Maldonado o Pablo Gómez, que éramos tan educados, que hablábamos tan bien… De acuerdo, pero yo aviso por si acaso.
Se notó la falta del padre rector. De niño, las faltas que más me preocupaban eran las de ortografía; por eso, aún recuerdo aquellas celebres frases: Ahí hay un hombre que dice ¡ay!, El caballo bayo saltó la valla, etc. Cuando empecé a trabajar, las faltas de puntualidad fueron mi cruz. Luego, las del embarazo me dejaron alguna noche sin dormir, y hoy, cuando ya he doblado el cabo de Hornos de la vida, no puedo entender ciertas faltas de asistencia. Qué agradable hubiera sido contar con su presencia. De todos modos, las pequeñas decepciones son necesarias para reconciliarnos con el pasado, para curar las heridas, para madurar. Y ser maduro significa estar contento con uno mismo, a pesar de que tantas cosas no salieron como habíamos pensado, incluso después de haber puesto nuestra mejor voluntad en el empeño. La consecuencia es la paz interior, puerta y camino de la felicidad.

 

29-03-10.
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