Recuerdos

Allá por el mes de mayo, en una de mis frecuentes visitas por Úbeda y, en particular, al Colegio, quizás, al mismo tiempo que se cernía en la mente de nuestro ínclito Dionisio la feliz idea, ya realidad, de reunirnos en torno a la siempre viva, permanente y perenne figura de nuestro maestro, don Jesús, me encontraba apoyado sobre la valla que separa el campo de la Primera —hoy convertido en complejo deportivo de Úbeda—, de nuestro campo, del campo de la Segunda, de la Segunda División de don Jesús, (digo esto porque, para mí, tras la marcha de don Jesús ya no hubo más segundas en el Colegio) cuando comenzaron a pasar por mi mente imágenes sin número favorecidas porque el campo de fútbol de la Segunda, ¡nuestro campo de fútbol!, permanece igual, sin variación alguna, como fue concebido en la mente de, cómo no, don Jesús.

Cerré los ojos y me transporté en el tiempo y comencé a observar la desmedida actividad de un grupo de “mozalbetes” que iban de un lado para otro, unos con carretillas, otros con palas, aquellos picaban la tierra… y en el centro de toda esa amalgama de chavales que se movía sin parar, se encontraba un señor “mayor” que llenaba todo, con su camisa de seda blanca, su ancho pantalón y su lisa chaqueta negra, con los bolsillos menos hundidos de lo habitual, porque en sus manos movía sin parar un enorme manojo de llaves. Siempre me he preguntado para qué querría tantas llaves.
De pronto, una carretilla. Era Ángel García Soria quien, con la celeridad y el impulso que le caracterizaban, transportaba a toda velocidad la tierra de un lado a otro.
En otro lugar, más reposado, aparecía Jacinto Pérez (¿qué habrá sido de él?); por suerte, por aquella época, no se permitía fumar en público.
Mientras permanezco distraído con estos recuerdos, oigo la voz de don Jesús que dice:
—Gomera, que se te caen los aldehídos.
Escuché muy bien aquello de los “aldehídos”, aunque he de reconocer que no con tanta precisión lo de si se le caían o no. De todas formas la palabra aldehídos —pensaba—, no podía ser ni una “picardía”, ni podía ser una palabra “fea” y eso me dejaba más tranquilo. Don Jesús no decía nunca ni picardías ni palabras feas. No obstante, aquella palabra me dejó bastante marcado y, muchas veces, le daba vueltas y revueltas y me preguntaba qué sería aquello de los aldehídos. Hasta tal punto me movió la curiosidad que, incluso, consulté en uno de los diccionarios al uso, VOX, y no encontré el significado. Con lo fácil que hubiera sido preguntárselo a don Jesús; pero la verdad, no me atreví.
Pasado algún tiempo, en una clase de química, con don Diego (por quien pido y a quien deseo que Dios premie por su entrega y su dedicación tan desinteresada hacia nosotros) oí la palabra aldehídos. ¡Qué tranquilidad! Y después de tantas vueltas como había dado a aquella expresión de don Jesús llegué a la conclusión final de que, después de todo, ni tan siquiera la escuché bien, porque estaba muy claro que Gomera no tenía “aldehídos” que se le pudieran caer.
Mientras me aclaraba y tranquilizaba con este tema, tengo un sobresalto. Oigo a José Luis Escolano, al hilo de la actividad de la construcción del campo, enzarzado en un acalorada discusión con Gregorio Alfaro; al menos me lo parecía, aunque reconozco que ya era difícil discutir con Alfaro. El tema no era baladí, por supuesto. Escolano nunca discutía, o para ser más exacto, no conversaba sobre tonterías y, de pronto, se oye decir a Alfaro, con enorme reposo y serena tranquilidad:
—Que sí, Escolano, que las carretillas de mano son palancas de segundo grado.
Me acerqué a don Jesús, que no andaba lejos, para saciar mi curiosidad, y le pregunté sobre el particular y, con contundencia, sin pensárselo mucho, me aseveró “que él no sabía nada de ciencias”. Pues estamos arreglados: otro problema sin resolver.
Seguí observando sobre el ir y venir de los “mozalbetes” y me sorprendió no encontrar por aquellos parajes de laboriosidad a Miguel Cano; ya era difícil y, otra vez, pecando de pesado, me acerco a don Jesús y, ¡menos mal!, esta vez sí me aclaró los conceptos y me sacó de la sorpresa. Miguel Cano se encontraba haciendo la portada y los dibujos de Tanteos. Miguel Cano, dicho sin pasión de amigo, me tenía altamente impresionado: no acertaba a comprender cómo a su edad podía tener aquella agilidad de trazo, aquella facilidad y seguridad en sus composiciones, aquella armonía, aquella…
Don Jesús me interrumpe, probablemente, para que no le cansara más y me dice:
—No me preguntes ahora dónde están Antonio Cuadros o Juan Márquez (no están vendiendo todavía este campo que hacemos); se encuentran realizando una delicada y, a la vez, complicada tarea. Están componiendo la revista Tanteos y no te puedes hacer idea de lo meticuloso y, a la vez, laborioso que resulta hacerlo.
Don Jesús, que de esto sí sabe mucho, me comenta que tenían que medir las letras para encuadrar los trabajos en los respectivos lugares, a fin de componer las distintas páginas de la revista. Un enorme galimatías: todo sea para culminar la ilusión de dar a la luz Tanteos.
Me deja don Jesús —preocupado en otros menesteres—, y veo a Pablo Gómez —por cierto un poco entrado en kilos por aquella época, al parecer debido a una enfermedad—, que camina con lentitud y sosiego. No era este joven de los que, según un dicho de mi pueblo, “se soliviantaba por nada”. Se llevaba con frecuencia alguno de sus dedos a la boca y yo no sabía la causa; pero me imaginé que haría aquello por encargo de don Jesús, quizás para informarle sobre la dirección del viento, dada las grandes polvaredas que se formaban en el campo.
Mientras me encontraba distraído en estas observaciones, me “impresiona” la enérgica voz de don Jesús, quien con tono sobrecogedor dice:
—Ya está bien: no quiero que os digáis motes, ni pongáis motes a nadie. Sabéis que no me gustan los motes.
Se recogen las herramientas y toca el silbato para formar y volver al estudio. Son las seis de la tarde.
Ya en el estudio, sentados en nuestros pupitres, don Jesús, subido en la tarima, con la solemnidad propia de un gran ceremonial, con rigor y contundencia inusitada, se dirige a los expectantes oyentes, y nos dice:
—He oído en el recreo que llamabais a Zenni…
En ese momento vuelvo a la realidad. A los amigos que nombré, disculpadme, y a los que no nombré, sabed que os recuerdo. A Manuel Blanco, José Luis Vilaplana, José Miguel Jiménez y Jesús de Haro, pediros que, cualquiera que sea el lugar donde os encontréis, os deseo el mejor don y que mantengáis en nosotros la alegría y la ilusión que durante mucho tiempo compartimos.
Y andando con los recuerdos, ya despierto, ahora con entera lucidez, decirte, compañero, si vas por Úbeda, por el Colegio, que observes que en cada rincón del mismo hay un trozo de sonrisa de muchos amigos que crecieron con el rigor del “moyo”, pero con la enorme alegría de sentirse felices con las ilusiones de un hombre que llenó sus vidas.
Don Jesús, gracias.

 

29-03-10.
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