Un educador poco convencional

Il aimait chacun des êtres qu´il rencontrait dans la mesure où ils avaient besoin de lui. Il en cherchait pas à fouiller les consciences. Il disait “Ce qui importe, c´est de donner”. Il donnait, à longueur de journée. Il ètait aucune complaisance ni aucune curiosité maladive dans la façon qu´il avait d´ecouter ceux qui se confiaient à lui. Ceux qui avaient besoin de parler, il les laissait parler; ceux que voulaient plaisanter, plaisantaient; d´aucuns allaient pleurer dans son bureau comme l´on va pleurer près de sa mère…
Tanguy
Michel del Castillo

En la intervención que mantuvo en la reunión de Úbeda el pasado mes de septiembre nuestro común amigo Jesús Burgos, recuerdo una expresión entre la constelación de ideas esparcidas en su brillante exposición de teorías, motivos y otras vivencias con la que nos deleitó. Refiriéndose a su capacidad como pedagogo, la calificaba de nula. Dijo que nos había suministrado, a los alumnos con que se encontró, unas pequeñas “bisuterías pedagógicas, que luego habíamos convertido en verdaderas joyas”, o algo parecido. Decía que él no sabía nada de pedagogía —ni falta que le hacía, digo yo—. Quien sabe mucho de educación puede ser denominado o catalogado como un gran pedagogo; pero el que posee el arte de educar es un educador. Ello está aceptado por todos los pensadores de la filosofía de la Educación, sea cual fuere su tendencia. Y en aquella dialéctica sobre si la educación era ciencia o arte, en la que se debatían los conocimientos pedagógicos de nuestra época, en don Jesús triunfó el arte, como no podía ser menos.
A pesar de su austera impronta de hombre castellano, y de su llamativo aspecto en la vestimenta: chaqueta descolgada por los bolsillos, pantalones anchos y silbato en la mano —no se sabe si como instrumento de autoridad o de arbitrio—, era el prototipo de hombre poco deportista, asotanado en las sacristías de Comillas, que intentaba dar un sentido a su vida, cuyos motivos él sabría. Llegó para ilusionar y dar sentido a unas vidas que empezaban a emerger. Él se suponía lo más negado para realizar lo que al parecer se le encomendó en el internado de Úbeda: adoctrinar a jovenzuelos sumisos que normalmente no conocían otros problemas que los de unas miserias tan viejas como Andalucía. Estos jóvenes estaban condicionados por su procedencia y, a veces, por la mala orientación de algún predecesor como el señor Galofré, persona aspaventosa, teatral y folletinesca, admirado por algunos y de nefasto recuerdo para otros, quien hizo bien en dejar su presumible vocación y dedicarse a otros menesteres lejos de la educación de los jóvenes. Y digo esto para situar el entorno con que se encontró el amigo Jesús, hombre dubitativo, excelente conversador y de gran corazón. Esta era la persona.
Suele decirse por estas tierras en que vivo y trabajo “qué arte tiene”, o bien, “eso es arte” a quienes se desenvuelven con soltura en las situaciones más insospechadas, y además salen airosos de ellas. ¡Qué arte tienes, Jesús! No sé si esta expresión es de uso común en el Val de Olid: lo dudo. Tenías arte y lo pusiste en práctica en la castellana Andalucía de Jaén.
Quizá por trivial no pareciera adecuado al tema que nos ocupa; pero don Jesús tuvo y tiene arte para casi todo. Y digo casi, porque aún le queda esa duda existencial y metafísica al encarar otras situaciones; y aun para esto también ha tenido arte si me apuráis, porque podía solucionar cualquiera de las situaciones que se le plantearan. Podía haber sido un brillante jesuita. Podía haber sido lo que quisiera, porque además del abanico de cualidades que desplegaba, de postre era un ligón, con la palabra o lo que fuera —que tampoco era uno en aquella época perito en calificaciones ni clasificaciones—. Tenía y tiene ese don envidiable de la palabra, que imagino no le servía sólo para convencer, sino para hacer suya cualquier situación ante la que debiera enfrentarse. Arte para encarar la vida, prestidigitador de la palabra y mago de las ilusiones. Menudo bagaje para superar lo que le pusieran por delante, para educar, para conducir alumnos y aun para salir airoso ante quien fuere; aunque fuese al padre Navarrete Loriguillo, prefecto de estudios y famoso a posteriori, cuando imagino que los años le hicieron recapacitar sobre sus infantiles actuaciones, propias de tierna criatura más que de hombre curtido y jesuita.
Dice Fernando Savater que la educación es valiosa y válida, pero también que es un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana. ¡Cobardes o recelosos abstenerse!: la tarea de maestro es la mas sujeta a quiebras psicológicas, a depresiones, a desalentadora tarea en una sociedad exigente pero desnortada. El valor para afrontar una situación nueva, con unos alumnos distintos en casi todo, a los que hubiera podido conocer en su trayectoria de estudios y trabajo, no fue tratada desde una dilatada base de conocimientos previos, que pudieran generar las distintas formas de actuar sobre las circunstancias por las que iba a pasar y de las que fuimos testigos.
Un acto de valor, no de inconsciencia, era lo preciso para afrontar la educación de unos adolescentes que, aun dúctiles y dóciles, estábamos en aquella fase de inestabilidad propensa a una desorganización de nuestro sistema mental. Edad aquella en que algún soporte de creencias —religión, valores, referentes a seguir— deben ser permanentes y servir como apoyo a su conducta; pues la demolición de esta apoyatura podría haber traído una catástrofe: crisis de melancolía, pesimismo o suicidio. Pero allí estaba quien suministraba las dosis eficaces y en los momentos oportunos de “bisuterías y bagatelas” para superar aquel tipo de situaciones y mostrarnos otros horizontes.
No sé si desde la intuición del hombre sabio o desde otro perfil, el hecho seguro es que el amigo Burgos tenía un ideal de hombre, un modelo que reproducir: que en ello reside al fin el “arte educativo”. Aquel modelo adaptado a cada cual le dio los resultados, hoy palpables, de quienes de él tenemos un recuerdo más que grato. Y entre aquella algarabía de íncubos y súcubos que nos merodeaban por doquier para hacernos sucumbir, supo poner orden y priorizar las preferencias eternas basadas en la capacidad de decisión de futuras elecciones personales, y dejar que nos “condenáramos o salváramos”: ahí echó la simiente para futuras elecciones personales.
No era suficiente la reformada ratio studiorum jesuítica, que parece es lo que se nos suministraba en la Safa para completar una educación enfocada no sólo a promocionar a los alumnos procedentes de clases modestas de Andalucía, sino a su vez para que fuésemos los transmisores de aquellas ideas y así conseguir elevar el nivel sociocultural de nuestros futuros alumnos. Una cadena que se podría calificar, dentro de esta lógica, como loable, si no fallaban los eslabones. Ahora, desde la perspectiva de la sociedad actual y con el sedimento que dan los años, parece que existieron lagunas en nuestra educación, que se fueron rellenando gracias a la actuación intuitiva de algunos de los educadores que tuvimos.
Las raras y extrañas argucias didácticas utilizadas por algunos de aquellos profesores dieron base a la adquisición de otros hábitos y destrezas aparejados con los conocimientos de las asignaturas. ¿Recordáis las maneras de evaluar y calificar de don Fernando Cueto en las clases de Historia? ¿Y las clases de Francés de don Isaac? Y no digamos la parafernalia que rodeaba la liturgia de la lectura de notas por el padre Sánchez. El fomento del espíritu de superación, la responsabilidad de estar ocupando una plaza que quizá otro la hubiese aprovechado mejor… un revoltijo de situaciones, conflictos y opciones que moldeaban nuestra futura personalidad.
Es sabido que el conocimiento de la Lógica, de la Física, del Latín, de la Filosofía o de las Matemáticas no vertebran la existencia humana. Dice Octavi Fullat que para vivir son necesarios los valores, la significación que damos a la realidad a fin de que nos sintamos engarzados por un proyecto vital. Y hay valores que no son de segunda categoría —como podría parecer por su sencillez—, pues son el fundamento de otros: así, la autoestima, o manera de superar situaciones conflictivas; o las oportunidades de abrir otros horizontes generando una cierta inquietud creadora, en grupos de actuación como el “comercio”, con sus pícaros angelicales, o lo que ahora se llamaría Taller de Teatro, o la escuela de poesías, o la elaboración de periódicos y aun las clases asistemáticas de urbanidad. Fueron estrategias para que cada uno descubriera facetas de su propia capacidad, ignoradas quizá de no haberlas ejercitado. Y si recordamos otras formas de hacer ver la realidad, como pudiera ser la de dar la razón al alumno en algunas situaciones y apoyarlo en aquellas inocentes reivindicaciones que esporádicamente surgían, con ello se estaba cimentando la personalidad y la conducta de aquellos muchachos.
En la pequeñez de las cosas está la grandeza de los hechos. Se tacha de trivialidad a lo que se hace o dice con sencillez. Pero esa es la fórmula para hacer comprensible el discurso. Y no existía nada de trivialidad. Lo que había era mucha y buena voluntad, plena dedicación y poco sueldo.
Inculcar el amor al deporte sin ser deportista, con aquellas categorías en las que ni los “jardineros” se sentían marginados; potenciar las cualidades de cada uno con las diversas actividades de teatro, poesía, periódicos a ciclostil; elevar a categoría épica la hazaña de la muerte del pavo real a manos de los “facinerosos” Gomera, Tavira…, en lugar de la represión; fomentar el sentido de la responsabilidad como finalidad en el trabajo y en la persona; enseñar a hacer una sana crítica y una correcta protesta ante la invasión de naturales derechos; enseñar a discernir el correcto ejercicio de la autoridad, vislumbrando los caminos del consenso y el diálogo; y hasta ser receptor de primitivas emociones, todo ello es un pequeño muestrario de la grandeza y dedicación de aquel educador poco convencional.
Sevilla, noviembre de 2002.
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