Volver a examinarse

Eso es lo que me va a pasar en los próximos años: me tendré que volver a examinar del carnet de conducir, porque suelo incumplir bastantes normas de tráfico. Por ejemplo:

  • No soy capaz de ir a 120 km por hora en las autovías (voy más deprisa); y en las carreteras normales no me gusta ir tan despacio: eso de 90 ó 100 km por hora suena a velocidad anticuada, como cuando yo empezaba a recorrer las carreteras españolas en un Seat 600 (al que, por su color, lo llamábamos Margarito). Con él íbamos a 80 km/h en las rectas. Ya ha llovido desde entonces: las carreteras son mucho más seguras y los vehículos permiten mayor velocidad.

 

  • Suelo calcular bien la referencia tiempo/distancia y acelero cuando veo que el semáforo se pone ámbar, para no tener que esperar aburridamente su iluminación verde. Cuento con el margen de segundos que transcurren entre el rojo de mi sentido y el verde del sentido transversal.
  • Si me encuentro a un vehículo lento en un tramo en que está prohibido adelantar, miro al frente y, como mi coche actual tiene una gran capacidad de aceleración, lo paso tan velozmente que no doy pie a cualquier posibilidad de choque con el vehículo que pudiera venir en sentido contrario.
  • Si me llaman al teléfono móvil no me importa cogerlo y hablar tranquilamente, porque mi capacidad de atención es multiforme (eso sí, suelo bajar la velocidad un poquito).
  • Si las señales me indican que debo bajar la velocidad en una curva, como mi coche tiene una gran estabilidad, suelo tomarla entre 20 y 40 km más de lo aconsejado o prohibido.
Estos comportamientos y alguna otra felonía discreta suelen ser habituales en mi forma de conducir. Eso sí: procuro no molestar a nadie, ni a los que van a favor ni a los que vienen en contra de mi sentido de circulación. Me considero buen conductor y respetuoso con las personas, por lo que procuro conducir sin peligro para los demás. Por eso, pienso que las normas de circulación están para cumplirlas… siempre que vea peligro; si no, puedo usar mis referencias.
A la hora de conducir hay dos tipos de peligros: el del tráfico y el de la multa. El del tráfico es muy respetable, porque –como acabo de decir‑, no puedo ir como un loco entre personas; el de la multa es criticable, porque sus normativas son genéricas y están dispuestas siempre por debajo de las posibilidades de conducción de cada coche e individuo.
El Estado quiere poner fin a estos excesos míos y va a contratar a un gran número de vigilantes, humanos e inhumanos, para multarme e irme desquitando puntos de mi carnet de conducir. Efectivamente, los guardias de tráfico van a juzgar mi manera de guiar el vehículo y al final puedo hasta suspender mi permiso. ¡He dicho “suspender”! Y me tendría que volver a examinar, porque he sido un mal alumno que no ha desarrollado acertadamente todos los conocimientos que se supone debí haber conseguido hasta la adquisición de mi título de conducción.
Justamente lo contrario de la LOE, en donde no hay septiembre, no hay suspensos, no hay peligro, no hay incompetencia (ni competencia), no hay… nada que regule el tráfico cultural de forma coordinada. Da igual ir más deprisa o menos, mejor o peor, porque todos los futuros “conductores” tienen que ir en el mismo tren hasta los dieciséis años. No hay prácticas individuales, por lo que no pueden llegar antes al propio destino; ni pueden llenar su maletero con diferentes paquetes culturales, porque carecen de él.
En la LOE no te exigen aprender; sino que tú aprendes lo que quieres –casi nada‑, sin control de velocidad, ni multas descalificadoras. Y yo me pregunto: ¿cómo se puede ser tan exigente en el tráfico de vehículos y tan condescendiente en el aprendizaje escolar?
Entonces,
«‑Leigh –susurró‑. Mientes muy bien.
A Teabing se le iluminaron los ojos.
‑Grupo de Teatro de Oxford. Mi Julio César todavía se comenta. Estoy convencido de que nadie ha representado la primera escena del tercer acto con mayor convicción que yo».
El código Da Vinci, p. 427.
Es decir. Estamos ante farsantes (‘actores de teatro, especialmente de comedias’) que se dedican a representar lo que creen que les va a dar mejor imagen ante el público que compra la entrada de su espectáculo, cada cuatro años.

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