Liguillas

Podría haber añadido “de ascenso” debido al papel fisiológico que en este relato desempeñan las escaleras.
La escatología, que puede ser sólida, líquida o gaseosa como la materia, y de pensamiento, palabra y obra como los pecados, tiene sus partidarios, sus detractores y algunos aventajados practicantes, sobre todo en internados más o menos rigurosos donde actúa como válvula de escape (no sé si esta imagen está destripando ya la anécdota) y motivo socorrido de las siempre liberadoras risas, aun más cuando son de origen inconfesable.

Creo que fue en septiembre de 1989 cuando la PROMOCIÓN SAFA DEL SESENTA Y TRES, por invitación del recordado P. Bermudo de la Rosa, se reunió en Úbeda para las llamadas BODAS DE PLATA. Estuvo también el padre Mendoza haciendo gala, entonces sí, de una magnífica memoria para acordarse de cada uno y de su inveterada finura de trato, marca de la casa.

Me parece recordar que sólo faltaron Juan Vargas y Paco Fuentes. Habían pasado veinticinco años, más de la mitad de la edad que teníamos, y queríamos ponernos al día de todo y de todos; y recordar los mejores momentos de nuestra experiencia común en el Colegio.
Bajo la presidencia del padre Bermudo, nos reunimos en una mesa redonda y, a grandes rasgos, por orden, fuimos explicando en qué habíamos gastado aquellos veinticinco años, tanto en lo profesional como en lo íntimo. Guardo aún una cinta con algunas de las intervenciones.
Se formaban grupillos entre los que habían sido más afines o habían compartido otras experiencias posteriores. Cuántas risas, cuántas historias empezadas por uno, corregidas por otro y remendadas por un tercero: el cruento sacrificio de las palomas (“libretas” en la clave de los conjurados), no se qué del padre Navarrete (alias “Napoleón”), los “estufones” del padre Teotonio, aquel examen del padre Lara que algún íntimo suyo nos chivó con indecible cabreo del citado, don Luis Becerra, los rosarios de la aurora, las vigilias… incontables anécdotas.
Y sumados a esos nueve años llenos de días de veinticuatro horas, otros veinticinco años que en parte fueron de diáspora, esparcidos por España y algunos por Europa.
Para mí, y supongo que para todos, fue una emoción tremenda saber qué habían hecho mis amigos durante todo ese tiempo, y además ver qué había hecho todo ese tiempo sobre ellos. TEMPUS FUGIT se lee sobre los viejos relojes de péndulo, pero es un eufemismo; el tiempo no vuela, no, el tiempo va a ras de tierra para hacer más daño. “¡Cómo pasa el tiempo!”, comentó alguien en cierta ocasión. “¡CÓMO PISA!”, corrigió otro.
Allí conocimos además a las señoras de algunos que o tuvieron a bien llevarlas o de las que no supieron despegarse. También su estupor al vernos jaleosos como críos contribuía a una atmósfera de fiesta donde era imposible enterarse de nada a base de preguntarlo todo a todos. Yo iba de uno a otro exultante, alborotado, como un repatriado de la División Azul apeándose en la Estación de su pueblo.
Tras una amplia puesta al día donde cada cual glosó su trayectoria en esos años (en la Safa o extramuros de ella) con encomiable optimismo recordatorio, porque no iba de penas la cosa, oímos misa y nos dirigimos al refectorio. Fue entonces cuando sorprendí una incruenta disputa entre RAFAEL HINOJOSA y ÁNGEL ROSALES, (un abrazo a ambos).
‑Cuando nos metimos en el túnel, tú me llevabas tres a dos, pero luego, por la mitad, me recuperé y nos pusimos cinco a tres.
‑Yo lo que sé es que en la escalerilla íbamos empatados a siete y pasando por delante de la capilla yo me puse delante ocho a siete.
‑Sí, pero en los últimos metros, casi llegando a la puerta del comedor, me tiré tres seguidos y te gané, no me digas que no.
‑Bueno, a lo mejor ganaste ese día pero yo te gané a ti montones de veces.
En esos benditos tiempos cuando todo (casi todo) era susceptible de ironías y juegos de ingenio, a menudo intercalados de pedantería, podíamos rebautizar a alguno como “PESTElozzi” u “Ortega y GASES” y no pasaba nada. Es más: competían por el título.
03-03-06.
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