El obispo y Zapatero

Las chicas de familia bien, cuando empiezan a ser mujeres, no tienen la regla ni la menstruación. Sencillamente las visita el nuncio cada veintiocho días. A nosotros, aunque éramos de familia humilde y ya nos empezaban a apuntar los primeros pelillos del bigote, también nos visitaba al menos una vez al año. Aquel día el colegio se engalanaba especialmente para acoger a don Félix Romero Mengíbar, obispo de Jaén.

La semana anterior, el padre Baena nos informaba de la llegada del prelado, de los actos programados para el evento y de las exigencias personales que tan singular recibimiento comportaba. Con asombroso esmero barríamos los dormitorios, hacíamos las camas, retirábamos los pósters de los Mustang y de Silvie Vartan, ensayábamos la polifonía y las plegarias para la misa, y hasta el menú experimentaba una ligera mejoría dentro de la sobriedad propia de una institución sencilla y moderada como la Safa. Los curillas encargados de la inspección desplegaban una actividad inusitada, revisaban las camarillas y se aseguraban de que se guardaran convenientemente las botellas de coñac y los juegos de cartas. Por su parte, el encargado de la limpieza dejaba las clases y los pasillos como los chorros del oro.
El padre Prefecto, con suma discreción, llamaba a un alumno incondicional y le encargaba que escribiera unas líneas para dar la bienvenida al mitrado asegurándose de que:
‑Cuando termines, me enseñas el escrito.
‑No se preocupe padre, su opinión me será de gran ayuda.
El alumno, feliz, se escaqueaba de la clase de Matemáticas y escribía en un papel toda clase de halagos, cortesías, afectos y excelencias dirigidos al obispo y a los abnegados educadores de las Escuelas. Cuando le parecía que aquello había quedado suficientemente redondo y apañado, iba al encuentro del Prefecto en busca de la palmadita en el hombro y el consuelo de sus palabras:
‑Muy bien, muy bien. Cada día lo haces mejor.
Y el muchacho marchaba tan contento porque el aplauso alimenta el alma del poeta; y aquellas líneas, de gratitud y amor desinteresados, le reportarían la comprensión de curillas y profesores para superar el examen de Matemáticas, pongamos por ejemplo.
 La visita del obispo siempre era un éxito. Nos obsequiaba con su indescriptible elocuencia, asegurando que siempre “llevaba a Las Escuelas en el corazón”; y el alumno incondicional le dedicaba elogios encendidos y le prometía que “todos mis compañeros pedirán al Señor para que ayude a Vuestra Eminencia a cuidar amorosa y paternalmente de su rebaño”. Con la solemne bendición episcopal y alguna lagrimilla, finalizaba el acto.
Al día siguiente, el colegio volvía de nuevo a la rutina del estudio, la disciplina y la escasez. Durante el desayuno, el Prefecto tocaba las palmas, se hacía el silencio y anunciaba emocionado que al señor obispo le habían impresionado tantos detalles de cariño y adhesión. En agradecimiento, había regalado un balón de fútbol para los casi mil alumnos del colegio. Aplausos enfervorizados por su desmedida generosidad.
Por entonces, el padre Mendoza impartía, a los mayores, la asignatura de Doctrina Social de la Iglesia. Constantemente repetía que dos tercios de la humanidad pasaban hambre e insistía en la necesidad de solidaridad y compromiso para con el mundo del trabajo. Fundó Acción Social Patronal para ayudar a las familias más humildes y nos proporcionó publicaciones de la HOAC y la JOC, revistas que, al amparo de la religión, recogían el pensamiento de Emmanuel Mounier y otros autores de ideología próxima al marxismo. Nos habló de convivencia en democracia y derechos humanos. A la mayoría de alumnos le indignaba el desprecio por las libertades y la sumisión y condescendencia con que la Iglesia trataba a las autoridades del Régimen, especialmente al Caudillo. De buena gana hubieran expresado su descontento y se hubieran opuesto al teatrillo que se representaba; pero el miedo aconsejaba silencio y discreción.
***
Hace unos días veía en televisión la visita del Presidente del Gobierno a un Instituto de Jaén. Las imágenes eran una auténtica delicia. Un grupo de chiquillos listos y vivarachos, en corro, sin formalidades, miraban con asombro al Presidente. Todo en perfecto orden entre sonrisas, carantoñas y palmaditas en la espalda. No sé si hubo discurso, sólo pude ver y escuchar algunas preguntas de los muchachos:
‑Presidente, ¿qué es una nación?
‑Una nación es un conjunto de personas unidas por un vínculo, etc…
‑Presidente, ¿Cataluña es una nación?
‑Hombre, ‑sonrisa inocente y voz almibarada‑ nación, lo que se dice nación… España, claro está; pero cuando hay un sentimiento que bla, bla y más bla…, pues no pasa nada.
Creo sinceramente que los chicos del instituto de Jaén tienen más formación que teníamos nosotros a su edad. Probablemente son mucho más inteligentes, viven en un régimen que garantiza el respeto por las libertades. Apostaría a que jamás han barrido sus clases, ni ensayado canciones de bienvenida; en sus ojos brillaba el asombro y era evidente que nadie sentía miedo. Por eso me extrañó que cuando el Presidente dijo con la máxima solemnidad que el Estatuto sería muy beneficioso para Cataluña y especialmente para España, alguno, más listo y más despierto, no le preguntara:
‑Presidente, ¿puede explicarnos en qué consisten los beneficios?
Posiblemente Zapatero lo habría explicado con la suficiente claridad para convencer al noventa y cinco por ciento de catalanes que, según una encuesta de la Generalitat, no les importa en absoluto el debate del Estatut, y al resto de españoles que piensan como ellos.
29-01-06.
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