El Miércoles de Ceniza

Desde hace unos días, a la hora del cierre de los colegios, veo pasar ante la ventana de mi despacho de la mano de sus padres, a niños y niñas de cinco o seis años disfrazados de mariposas, de abejas, de ranas, de flores, y hasta de presidentes del gobierno con sus trajes oscuros y sus bigotitos generosos. Un vaquero quita las plumas de la cabeza a un Gran Jefe indio y éste llora desconsolado. ¡Qué delicia!

Nosotros no tuvimos Carnaval. Decía el padre Pérez, al final del estudio de la tarde, que esta fiesta se había prohibido por ser una conmemoración pagana que los malhechores aprovechaban, ocultos bajo sus disfraces, para cometer excesos de todo tipo. Los buenos cristianos no debíamos celebrar el Carnaval, sino el miércoles de Ceniza que era una ceremonia diferente.
La ceniza desde siempre se consideró beneficiosa. En la antigüedad, se esparcía por el aire para atraer la lluvia, fertilizar los campos y mejorar las cosechas. Se usaba para curar llagas sangrantes, representaba la renuncia a toda vanidad y siempre fue símbolo de arrepentimiento y penitencia. ¡Qué maravilla! Nosotros le escuchábamos atentos y convencidos. Concluía, anunciando que al día siguiente, durante la misa, tendría lugar la imposición de la ceniza y para recibirla no era necesario confesarse. Finalizada la plática, salíamos al patio casi de noche. A los pocos minutos, el silbato nos llamaba a formar filas para ir al comedor. De hecho, ya había empezado el miércoles de Ceniza.
Tras las inevitables lentejas de la cena, siempre en fila y en silencio, bajábamos a la capilla a rezar las últimas oraciones. El trayecto del comedor a la capilla era medroso, sin luz apenas. En las noches de invierno, la lluvia y el viento agitando las copas de los árboles, daban al camino un aspecto inquietante. La escalinata del patio de columnas apenas estaba iluminada. Uno a uno, a la luz de la lamparilla del Santísimo, íbamos entrando y ocupando nuestro lugar en el recinto. La capilla olía a incienso y cera. Permanecíamos en silencio y de rodillas, hasta oír la indicación de don Rogelio que nos mandaba sentar. Él, desde la última fila, leía en voz alta narraciones terribles para mover nuestras conciencias y provocar el arrepentimiento por nuestros pecados.
He intentado muchas veces plasmar el sentimiento de miedo y soledad que nos producía la lectura de aquellos relatos aterradores. Me pregunto si era necesario herir con tanta profundidad, con tanta precisión, con tanta frialdad. El argumento de las lecturas casi siempre era el mismo: “Un niño de unos diez años comete un pecado grave, casi siempre de impureza, y no se atreve a confesarlo. Tras caer gravemente enfermo, los padres llaman al sacerdote para que le administre los santos sacramentos. Finalmente el niño muere pero a sus padres les queda el consuelo de que está en el cielo en compañía de los ángeles. A los pocos días del entierro, cuando se dispone a celebrar la santa misa por la salvación eterna del alma del niño, una mano de hierro atenaza al sacerdote y un aullido lastimero que hiela la sangre, se oye gritar: —Padre, no celebre por mí. Estoy condenado para siempre por los pecados que callé en mis confesiones desde los nueve años”.
Tras las oraciones de la noche, cruzábamos el patio de columnas de mármol blanco, presidido por la imagen del Sagrado Corazón, y muy despacio, por aquel camino lóbrego y oscuro, en filas y en silencio, llegábamos al dormitorio. Siempre en filas, siempre en silencio, siempre bajo la vigilancia inexorable del inspector. Sin una palabra amable, sin una caricia, sin una muestra de afecto. Sólo al abrigo de las sábanas, sentíamos calor, y una sensación de libertad y de felicidad indescriptibles.
A las siete y cuarto de la mañana del día siguiente, casi de noche, tres palmadas y de nuevo la voz del inspector: “En el nombre del Padre y del Hijo…” nos devolvía a la realidad. Hacía frío. Tras el aseo, casi dormidos íbamos completando nuestro disfraz de niños pobres: calcetines rotos, botas viejas manchadas de barro, pantalones sucios y deslucidos, una camisa y la cazadora, de pana descolorida, que habían usado antes más de diez generaciones de chiquillos. Con las primeras luces, las filas tristes y silenciosas caminaban de nuevo hacia la capilla que olía a incienso y cera. Un rayo de sol se filtra entre los árboles en busca de los niños. Alguno lo busca con la mirada, agradeciendo la caricia, y el sol brilla en los ojos del muchacho y devuelve el color a sus mejillas pálidas.
El padre Fernando Pérez Romero era un jesuita alto, serio y vehemente, apasionado y fuerte, como todos los religiosos de verdad. Fue un educador, diligente y entusiasta, quizás excesivamente escrupuloso y exigente, pero estas cualidades, más que un defecto, le otorgaban una singularidad y autoridad muy especiales. Descubrió en nosotros su razón de ser y de vivir durante muchos años. Y a esta tarea se entregó sin reservas como si fuéramos lo único importante. Al final, cuando le comunicaron que el internado de Villanueva debía cerrarse, no entendió las razones de la medida, porque su corazón estaba lleno de aquellas razones que la razón no entiende. Me contaron que pasaba noches enteras en la capilla, orando ante el Santísimo para evitar el cierre. La decepción debió ser tan fuerte para él que le arrebató de golpe la fuerza y la ilusión; y la tristeza se metió en su alma durante el resto de su vida.
Decía misa con la ilusión y seriedad del seminarista que celebra por primera vez. Estaba pendiente de cada detalle, de cada frase, de cada monaguillo. Aquella mañana de miércoles de Ceniza la solemnidad era extraordinaria. La casulla morada del sacerdote, los lúgubres ritos sagrados, las invocaciones a la muerte, la llamada al arrepentimiento y al perdón, las filas de muchachos disfrazados de pobres y, finalmente, los dedos del padre cortados por el frío que con ceniza hacía la señal de la cruz en nuestra frente, mientras pronunciaba aquellas terribles palabras: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”.
El padre Pérez, al igual que otros jesuitas que como él dedicaron su vida a nuestra formación, fue un romántico de la educación. Seguramente porque nuestra educación fue romántica hasta en la excesiva crueldad a la que fuimos sometidos.

                                               Barcelona 25 de febrero. Miércoles de Ceniza.

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