Los hijos de los rojos

Por Antonio Pedrajas Martín

Ayer, 17 de mayo, pasé una tarde inolvidable -plena de nostalgia y de recuerdos- con mi amigo -o por lo menos yo así lo considero- Pepe Aranda. Los dos de Jaén: él de Sabiote y yo de Alcalá. Los dos estudiantes en los jesuitas: él en Profesionales y yo en Magisterio. Los aconteceres de la vida nos han reunido en el mismo pueblo, cada uno en su trabajo.

Tenemos vivencias comunes, profesores compartidos; morábamos bajo un mismo techo; dentro de aquel recinto amurallado, nos escapábamos de la misma manera, comíamos en los mismos comedores, dormíamos en los mismos dormitorios e hicimos las mismas tropelías y correrías. Todos recorríamos el tontódromo una y mil veces hasta poder decir un adiós ruborizado a aquella chica por la que bebíamos los vientos.

Sólo nos diferenciamos algo en el aspecto exterior, en el look. Ellos -parias- iban a las clases con monos de trabajo: clases prácticas en los talleres, hangares que alguno de nosotros nunca pisamos, por miedo a que nos diese un calambrazo o que alguno de aquellos tornos se desintegrara y comenzara a disparar las piezas por doquier. Nosotros -los de Magisterio- asistíamos a las clases con camisa de naylon, jerseys de lana confeccionados por nuestras madres o abuelas y pantalones de tergal. Sólo teníamos una camisa, pero la lavábamos y cuidábamos como oro en paño. ¡Y lo que duraba! Cuando amarilleaba, nuestras madres nos la sumergían en lejía… y continuábamos con ella otro trimestre.

Había un día -el primero de mayo-, fiesta del trabajo, en que nos uníamos. Durante todo el año casi ni nos hablábamos. Unos a otros nos mirábamos con desdén: las riñas futbolísticas eran tremendas; los del mismo pueblo nunca salíamos juntos.

Decía que había un día en que nos necesitábamos unos a otros. En aquellos soportales y en aquella fiesta, los electricistas se encargaban de las luces y de que funcionara el piqú: casi estoy oyendo ahora mismo a Nat King Cole, al Dúo Dinámico, Adamo o Aznavour; los carpinteros hacían tarimas; otros colgaban banderolas y retales de todo tipo para disimular los entramados de alguna tómbola o de algún comerciante de Úbeda, al que un tal Márquez engatusaba para exponer allí sus productos. A este principiante de director comercial, como no aprobaba ni a la de tres una asignatura de don Diego, se lo ventilaron. Igual este compañero es actualmente director general de alguna multinacional; pero allí se estudiaba o Magisterio o Profesionales. Las escuelas demarketing vinieron mucho después.

He titulado este artículo de opinión “Los hijos de los rojos” y todavía no se nota el parangón. Pues viene a cuento por una anécdota que alguien me ha contado. Un antiguo alumno salesiano de aquella época siempre creyó ‑así se lo hicieron creer‑ que el colegio de los jesuitas era una institución creada por Franco para reeducar y rehabilitar a «los hijos de los rojos» del campo andaluz.

¿Qué nos hicieron creer a nosotros -los de Magisterio- de los Profesionales?

“Comanches”, creo recordar que los llamábamos. Estaban en la reserva, identificados por el mono y por las manos llenas de grasa; habitaban en la parte baja del recinto; en los confines de la muralla tenían su trabajo, al lado de la acequia y de la balsa de la huerta. Cuando terminaran sus estudios, irían a las fábricas, a los talleres; se afiliarían a un sindicato; montarían huelgas; rojos, de izquierdas; trabajadores de las empresas. Nosotros, en cambio, los de la parte noble, los de las moradas en lo más alto de aquella montaña que ocupaba el colegio, íbamos de señoritos, de capitalistas, de fuerza viva de los pueblos. Ni punto de comparación.

Los años han puesto a cada uno en su sitio y, hablando con Pepe, ni ellos eran tan “comanches” ni nosotros tan “rostropálidos”. Lo que sí me estoy preguntando es que, después de cuarenta años, no hemos sido capaces de unirnos todos y hacernos una foto conjunta bajo aquel arco de medio punto, entrada principal al edificio de la Safa y que rezaba con unas grandes letras de latón abrillantadas:

“ESCUELAS PROFESIONALES DE LA SAGRADA FAMILIA”.

Allí, algunos tuvimos la oportunidad de estudiar Magisterio.

Va por ustedes, Profesionales. Un fuerte abrazo de Antonio Pedrajas.

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