Uno más en la familia: SANYO-TSTRA-P-21

Me encontraba allí, expuesta en la estantería de aquellos grandes almacenes, a la espera de que alguien se fijara en mis características. Yo era una tele de última generación con teletexto, pantalla plana, euroconector, ¡ah, y lo último: tengo conexión para la Play Station!
Pero no nos engañemos, la competencia es brutal. Junto a mí están las otras, más grandes, más pequeñas, con pantallas extraplanas, conexión para DVD. ¡Qué se yo!
La tarde iba avanzando y… al parecer, nadie se fijaba en mí y en mis características.

—¡Bueno, a todo esto no me he presentado! Soy la SANYO TSTRA- P- 21.
La verdad es que ya me estaba entrando algo de desesperación. ¡Nadie me echaba cuentas!
Distraída por el ruido ensordecedor de los equipos de música, que lanzaban al aire las últimas novedades discográficas, no me di cuenta de que estaban allí… Algo me decía que aquella familia, que se estaba reflejando en mi pantalla iba a ser la mía por algunos años. El padre, de tamaño mediano, pelo castaño y de aspecto preocupado, estaba observando con interés y meticulosidad cada una de las tarjetas de identidad que tenemos delante. La madre nos miraba con atención. Yo, que tenía la antena conectada, puse oído a lo que decían.
—¡Luis, a mí me gusta esta, porque tiene la pantalla extraplana y ocupará poco espacio en nuestra casa!
Luis no respondió. Seguía embelesado, mirando nuestras características:
—21 pulgadas, euroconector, pantalla plana… ¡Déjame Olga, que esto de elegir una tele tiene cacaruca!
Perdido en la conversación de los padres no me fijé en aquel niño que me toqueteaba por detrás…
—¡Mamá, mamá! —dijo— ¡Aquí se puede conectar mi Play Station! ¿No lo ves? Sí, aquí. ¡Mira!
Nunca pude imaginar que aquello iba a ser definitivo.
—¡Escucha, Luis, no mires más tarjetas! ¿No has oído a Manolito? ¡Dice que a este televisor se le puede conectar la Play Station!
—¡Sí, mamá, mira aquí!
—¡No se hable más! ¡No sé para qué he perdido el tiempo mirando tantas tarjetas!
Me desembalaron en la entrada de la casa… La puerta había quedado abierta y desde fuera llegaban olores a primavera: rosas, jazmines… ¡No está mal para empezar, he llegado a una casa con jardín! ¡Esto es un lujo!
Pronto me vinieron a la memoria los comentarios de algunas compañeras, que habían sido devueltas al almacén porque sus compradores no había comprendido el manual de instrucciones o porque tenían defectos de fábrica.
—¡Cuidado donde te van a instalar!
Escuché a Manolito:
—¡Mamá, esta tele va para mi cuarto! ¿Verdad?
Estaba claro. Mi carcasa gris, mis antenas plegables, mis chips, mis altavoces y todo mi ser tenían un destino: el cuarto de Manolito.
Cuando los operarios me cogieron para el traslado comprobé que me iban a subir por unas escaleras cuyos peldaños eran de madera de color cedro. Apenas habían subido con cierta dificultad algunos peldaños, miré por los huecos de la baranda que era de tubos redondos de hierro pintado de marfil y vi, con asombro, que en el salón espacioso, con sofá y butacas, estaba una compañera, situada en el mueble-biblioteca. A través del espejo, que se encontraba situado enfrente de ella, la vi. Era una LG-T-24, con altavoces estereofónicos, color gris plateado, pantalla extraplana, negra y mando a distancia.
¡No me cabía ninguna duda! Yo iba a ser la tele-cenicienta de aquella casa. ¡Estaba claro: sólo iba a servir para actuar de pantalla de la Play Station de Manolito!
Antes de perder de vista aquel bonito salón vi al frente una gran lámpara de brazos que colgaba del techo, debajo una enorme mesa toda llena de adornos y con un enorme florero repleto de rosas en el centro. A su derecha había una puerta blanca con cristaleras que, por estar abierta, me dejó contemplar la cocina de aquella casa, que iba a ser mía.
De soslayo… y mientras que los dos operarios giraban para que pudiera subir por las escaleras, descubrí algunos cuadros que me parecieron hechos de cerámica. ¡Una entiende de todas estas cosas! ¡Alguna ventaja tendríamos que tener! A veces a través de nuestras pantallas se asoman algunos programas culturales.
No me dio tiempo a reconocer de dónde me llegaba aquel resplandor que se fijó en mi pantalla. Quizá podría se la luz que entraba por alguna ventana que se encontraba en el hueco de la escalera.
Me dejaron caer en el suelo del cuarto de Manolito mientras miraban dónde estaba la toma de antena y buscaban el mueble donde debían colocarme. Aproveché ese momento para “curiosear”. (¡Nosotras, las teles, somos muy cotillas!). Un armario de puertas de madera —estilo provenzal—, una mesa de estudio, un panel de corcho, un baúl, una mesita de noche y una enorme cama. Pero, ¿dónde iban a colocarme a mí?
Vi cómo Olga, la madre de Manolito, algo nerviosa, daba instrucciones a los operarios.
—¡Tengan cuidado con la puerta, no me la rocen! ¡Por favor, cojan la tele y pónganla aquí!
Antes de que me colocaran vi aquel mueble: debajo tenía algunos huecos. Pero toda la estantería del mueble estaba repleta de juegos de la Play Station. ¡Aquello era definitivo! ¡No me cabía ninguna duda!
Vi cómo me conectaban a la toma de antena. Después sucedió lo que me temía. Manolito, aprovechando que los operarios y su madre habían salido, conectó en mi clavija su querida Play Station. Antes de que pulsara el botón de conexión, sólo me dio tiempo a observar que aquel cuarto tenía una ventana con estores de color naranja y que sus paredes estaban pintadas de marfil. Después… sólo pude escuchar el ruido de sables y los golpes de aquellos malditos guerreros que peleaban desaforadamente y sin sentido.
Al anochecer, Manolito, por fin desconectó aquel horrible artilugio. Salió de la habitación y me dejó sola en aquel lugar que iba a ser mi morada desde ese momento. Por la ventana me llegaron olores y ruidos agradables. Seguro que Olga estaba en la cocina preparando la cena. ¡Qué olor a pollo asado subía por la ventana! Escuché a mi compañera que estaba empapándose de los comentarios del programa ¡Qué grande es el cine!
La dama de noche del jardín me envió un regalo de bienvenida… ¡Qué olor tan intenso y profundo!
Manolito entró en la habitación después de haberse duchado y apretó el botón del interruptor. ¡Por fin pude descansar de aquel día tan ajetreado!
 

 

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Publicado en: 2004-12-23 (68 Lecturas)

 

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