Una boda de fantasía

(2.ª parte de “Tetuán, encuentro de culturas”)
 
Por Diego Rodríguez Vargas,
vocal de teatro del Ateneo de Málaga.
El escritor granadino Pedro Antonio de Alarcón escribió sobre Tetuán: “¡Yo no he contemplado jamás, ni creo que haya en el mundo ciudad tan vistosa, tan artísticamente situada, de tan seductora apariencia!”.
La subjetiva y sentida descripción provocó en mí la curiosidad y el anhelo por descubrir la ciudad que me disponía a visitar por primera vez. La comisión del Ateneo de Málaga vivió tres días sorprendentes en la “La Blanca Paloma”, como llaman a Tetuán los poetas marroquíes. Nuestro encuentro fue todo un éxito por lo que significó de acercamiento entre las diferentes expresiones culturales que las dos orillas del Mediterráneo pueden ofrecerse mutuamente. Poesía, música, artes plásticas y otros ámbitos de la cultura estuvieron presentes como un preludio del programa INTERREG III-A.

El presidente del Ateneo, Antonio Morales, junto a cuatro vocales entre los que me encontraba, dejó bien claro, en los diferentes encuentros con las instituciones de la ciudad, que el desarrollo empieza por el conocimiento y la cooperación. Y la cultura tiene un rol importantísimo como instrumento al servicio de la tolerancia y el respeto.
Tres inolvidables días perfectamente gestionados por Juan José Ponce, coordinador del programa, que terminaron en boda, la de la hija del joyero más importante de la ciudad, a la que fuimos invitados la última noche de nuestra estancia en Tetuán.
Entramos en un amplio salón en el que un centenar de hombres con traje y corbata al estilo occidental escuchaban absortos una orquesta de doce músicos al más puro estilo árabe, interpretando sin cesar una música tradicional que convertía el lugar en una fiesta sonora y estática.
Nos adjudicaron el mejor sitio, la mesa del centro, frente a la orquesta, desde donde pude observar, sobre nosotros, en una planta superior abierta hacia el espacio central, gran número de mujeres asomadas por las balaustradas, esperando algún acontecimiento que rompiese la monotonía de la música y la quietud de los hombres. Llamaba la atención el riquísimo vestuario de seda, tul, chantú, organdiz, encajes, pedrería, moharé… complementado con hiyabs de diferentes colores. En el lugar más visible, sobre una tarima junto a la orquesta, dos barrocos sillones parecían destinados a los novios que hasta el momento no aparecían.
Junto a mí, mientras servían té una y otra vez acompañado de bandejas de exquisitos dulces árabes de almendra y miel, un marroquí me explicaba en perfecto castellano el guión de la ceremonia: los novios celebran la boda en distintos lugares durante tres días, en los que los invitados disfrutan de comidas exóticas, tertulias, bailes… Mediada la noche del tercer día, en la que nosotros estábamos, el novio viene en busca de la novia que, tras anunciarse su llegada, aparece y baja una elegante escalera, ataviada con un palaciego vestido blanco, adornado con las mejores joyas familiares. Desde ese momento se les pueden hacer fotos, mientras se exhiben de mesa en mesa y desfilan hacia los tronos.
No terminó de darme las instrucciones sobre los lugares en los que debía situarme para fotografiar a los protagonistas, cuando un atronador ruido del bendir (ancho tamboril) y el inconfundible sonido del n’fir (larga trompa de cobre), anunciaban la llegada del novio y su familia.
A partir de ahí todo sucedió como me dijo. La admiración y el júbilo se mezclaron con la música. La orquesta aumentó su volumen, consiguiendo turbar a los invitados ante el espectáculo visual que se les ofrecía.
La novia apareció con un enjambre de perlas cultivadas sobre su pecho, en las que se prendían camafeos y broches de oro blanco con rubíes, esmeraldas y otras piedras preciosas. Después del recorrido nupcial, los novios se sentaron en sus tronos, los invitados en pie, las mujeres mayores emitiendo yuyus, típico silbido de alegría. Y las jóvenes… ¡qué maravilla! Junto a nosotros, en el pasillo central, movían sus manos, brazos y cuerpo de una forma tan sensual que, por un instante, más de uno soñamos estar en el paraíso. Sus aromas, sus vestidos, sus miradas, sus movimientos… convirtieron el momento en una provocación para los sentidos, haciéndonos recordar algunas de las descripciones de Las mil y una noches… “todas ellas de asombrosa belleza y adornadas de collares y pendientes de gruesos diamantes…” o la que se relata en el cuento de la misma obra Historia de Hasan de Basora y de la isla Wak-Wak, aplicable, en este caso, a la novia: “Sus mejillas son de rosa, sus labios de rubí, su dentadura toda de perlas engastadas en coral; su lengua más dulce que un manjar de monarca, su pecho soberano, y su embeleso todo cabal”. Como dijo el poeta:
Miel es, hermosa dama, tu saliva;
Tu vista es más que un dardo penetrante.
Tu meneo avergüenza al del pimpollo
Cuando lo mece blandamente en el aire,
Y asoman a tu sonrisa mil claveles.
Su mejilla a la rosa no compares,
Pues prorrumpe ella misma: ¿Quién intenta
A la rosa más linda asemejarse?
Una de las jóvenes, en un correcto castellano, correspondió a mis halagos y felicitaciones, explicándome que la mujer europea dispone de cantidad de recursos para seducir. Un hombro descubierto, un pecho insinuante, una falda corta, una cintura descubierta… Pero la mujer árabe –decía‑ sólo tiene dos armas de seducción: la mirada y el movimiento. Esa es la razón de tan bellas danzas.
Después de recitar la primera sorat del Corán, la novia con su rico atuendo es conducida a la casa de su esposo, sentada en la mida, una silla alta de madera decorada con arabescos.
Jamás olvidaré la cortesía del padre de la novia, de la hermana y de mi compañero ocasional, y el repetido y monótono sonido de aquellas melodías que nos recordaban que, aunque geográficamente próximos, estábamos en una civilización oriental, donde el valor de lo humano prima sobre lo material, y el sentido colectivo de la hospitalidad es más que un rito.
Todo era esplendorosamente diferente.

 

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Publicado en: 2004-06-30 (96 Lecturas).

 

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