Nieves Blanco y los Siete Magníficos, 6

18-04-2006.
“DOC”, DOCTOR EN PRÁCTICAS
Según cuentan las chicas del Club de Fans de La Tuna del 30 de Febrero, Domingo ‑“Doc” para los amigos‑ había hecho cuestión de honor incorporarse a la profesión médica sólo cuando tuviese la absoluta seguridad de poder enfrentarse a un enfermo con la sangre fría suficiente como para no fracasar a causa de su impericia o de su inmadurez.
‑Ni antes ni después ‑afirmó tajante ante las dudas de su madre cuando, al concluir primero de Medicina, se presentó con cuatro cates.

‑No por mucho madrugar amanece más temprano ‑lo defendió su abuelo ante la que se le venía encima a Domingo‑. El chico es joven, y tiempo tendrá de sentar cabeza.
‑Claro papá, tú…
‑Calla muchachita, calla ‑don Paco, médico desde que el tiempo es tiempo, cortó en seco las palabras de su hija‑. No querrás que saquemos a relucir alguna cartita de un colegio de monjas que debe de andar por algún cajón…
Por ahí se escapó Domingo de que el problema pasara a mayores. Y conste que el muchacho no era un vago redomado; que, bien mirado, su expediente de Bachillerato las prometía felices a pesar de que no era el clásico empollón indecente, pesado y repipi clásico.
Pero entre su sabia decisión, y que sentía verdadera devoción por los consejos de su abuelo, quien, a pesar de sus noventa y ocho años, se conservaba fresco como una rosa, Domingo no pecaba de precipitación a la hora de concluir sus estudios de Medicina. Que bien decía don Paco que las prisas son malas consejeras y sólo traen infartos y malas digestiones.
‑Entre Félix y “Tímido”, está la virtud ‑explicó a Nieves cuando éste se interesó por sus estudios‑. Y como la medicina debe de tener su porción correspondiente de sabiduría popular, yo me aplico a lo que decía mi abuelo: “Después de la sopa, un buen trago, y ríete del médico y el boticario”.
A pesar de estas afirmaciones categóricamente expresadas con la seguridad de quien aún no conoce el mundo en toda su extensión, Domingo, todo hay que decirlo, tenía sus dudas sobre el asunto. Hasta que un día, al entrar en “Pluma y tintero”, se topó con Manuel, verdadero experto en las ciencias etílicas.
Después de la demostración que éste hizo sobre el particular, comprendió que los fallos habidos hasta aquel momento como consecuencia de la ingesta de vino eran consecuencia más de su inexperiencia que de su inocencia.
Entonces, y dado que se abrían nuevas perspectivas lúdicofestivas, Domingo se ratificó en la idea de alcanzar el título de licenciado en medicina con el reposo y la dedicación que merecía el asunto…
‑Aunque sin olvidar que el ocio y la risa, en palabras de afamados psicólogos, son inherentes a la especie humana. Lo que, unido a que mi profesión es la de conocer y sanar al individuo, viene a significar que hay que tomarse los estudios con reposo y buen humor para evitar el abotargamiento y la confusión ‑explicó a Félix una tarde en “Pluma y tintero”.
Un sonoro aplauso corroboró la admiración y respeto que nuestro futuro galeno despertaba entre los componentes de la Agrupación Musical La Tuna del Treinta de Febrero.
‑ ¡Toma sabiduría con “Doc”! Dos empollones entre siete joyas de la cultura y el saber universitario, exactamente un 28,57 % del total de la Comisión Ejecutiva de la Agrupación ‑dijo Guillermo en una demostración de su dominio de la estadística.
‑Hoy está el cotarro de un intelectual subido que da verdadero asquito ‑concluyó Blas en un intento de parar tanta erudición.
En ese momento, Manuel consideró llegado el momento de acabar con aquella parafernalia y, recordando su época de actor en el instituto, decidió cortar por lo sano:
‑No olvidemos que, como decía Poncela, “la medicina es el arte de acompañar al sepulcro con palabras griegas”, así que menos ciencia. Y como dentro de cien años, todos calvos, a lo que no tiene remedio, cuartillo y medio.
‑Mira qué gracioso el jornalero refinado. De trigo no entenderás mucho, pero lo que es darle a la sinhueso en plan Sancho Panza y hartarte de moyate con los segadores a la sombra de un chaparro, en eso eres un experto.
‑Además ‑intervino Félix‑. ¿Dónde encontramos un letrista como “Doc”? A ver… que levante la mano quien no se haya ligado a una niña cantándole al oído un arreglito del “doctor”.
Y era cierto, Domingo, estudiante de Medicina, era una “rara avis” en su facultad: leía literatura, adaptaba las letras de la tuna al momento oportuno para llevarse al huerto a una moza y, encima, se llevó los tres últimos juegos florales universitarios en duelo directo con lo más cursi y redicho de la Facultad de Filosofía y Letras.
De hecho, dicen las malas lenguas que si se le atragantó la asignatura que aprobó en convocatoria de gracia, y gracias a la colaboración del “calla‑copia”, fue más por cabezonería antiliteraria del catedrático que por ignorancia de Domingo.
‑Como que si no fuese porque eres amigo y te necesitamos, a cuento de qué íbamos a aguantar a un tipo de ciencias que, sin tener pajolera idea de Preceptiva Literaria, viene a invadir nuestro territorio y a darnos sopas con honda ‑confesó aquella tarde
Blas mientras esperaba a Nieves Blanco.
Minutos después, entró Nieves en la cafetería, soltó los libros de un golpe sobre la mesa ocupada por los chavales y zampó un par de besos a Félix ante la mirada celosilla de Blas. Como si aquel beso hubiese sido un detonante conectado al hígado de la madrastra de Nieves Blanco, la señora comenzó a sentir una cierta sensación de colérico y envidioso ahogo que la llevó a precipitarse, atropellando cuanto encontró al paso, en dirección al grupo de jóvenes.
‑Hijita, linda. Qué alegría verte. Tu padre y yo hemos venido a la capital y, mira qué casualidad, nos encontramos aquí…
Ante el cariz que aquello estaba tomando, Manuel se permitió la libertad de escanciar del tonel más próximo una copa de un vino añejo más subido de grados que de color, que ya es decir.
Luego, ceremonioso y servicial, la ofreció a doña Gertrudis. Ésta, sin dejar de observar la gentil y atractiva figura de Félix, se la zampó de un trago.
Mientras todo esto sucedía, don Gumersindo se había acercado a su hija y la saludaba efusivamente. Conociendo a su esposa, nuestro hombre no la perdía de vista mientras hablaba con la muchacha.
Doña Gertrudis, por su parte, como si de bailar por sevillanas se tratase, después de la primera, pasó a la segunda, la tercera… Y así, continuó una alocada danza previa al abrazo que la unió a Félix y que estuvo a punto de dar en el suelo con ambos.
Manuel hubo de salir en auxilio de don Gumersindo quien, al levantarse para socorrer a su esposa, vino a tropezar con una silla: su cabeza saludó sonoramente al barril más próximo y quedó tumbado en el suelo cuan largo era.
La madrastra de Nieves volvió sus ojos, vidriados por la emoción y los vapores, hacia aquel trozo de carne humana con el que compartía cuenta corriente y poco más.
Domingo, entre la espada y la pared ‑entre el padre y la madrastra de Nieves, más exactamente‑, reaccionó con la maestría de un veterano:
‑Blas, una Coca‑Cola para la señora y una bolsa de hielo para el caballero, ¡rápido!…
Y mientras Blas se retiraba en busca de lo solicitado por Domingo, la madrastra de Nieves se agarraba al cuello de Félix tratando de aproximarse a Guillermo ‑“Gruñón”, para los amigos‑ que se apoyaba en uno de los barriles…
Después del ataque de “delirium tremens” que afectó a doña Gertrudis aquella misma tarde, nadie ha conseguido que salga una sola palabra de su boca.

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