Los valores, los ideales… el sueño imposible

A don Jesús María Burgos,
punto de referencia en la eterna pedagogía
de la humildad y la sabiduría.

 
El día 19 de mayo tuve la oportunidad de disertar en la Facultad de Ciencias de la Educación sobre los valores y los ideales de don Quijote, descubiertos mediante la escenificación teatral por mi adolescente alumnado de 6.º de Primaria. 
Aula Magna, repleta de público para oír a un maestro que cada año lleva a la Universidad alguna de sus experiencias didácticas, con el objetivo de aportar a los futuros docentes una visión optimista de la difícil tarea de educar.
Le dije a mi expectante público de Pedagogía, Psicología y Magisterio que enseñar a aprender es un proceso complejo necesitado de atractivas estrategias didácticas acordes con el desarrollo mental del alumnado con el que se trabaja. El teatro es una de ellas, por reunir las tres condiciones ineludibles para que una acción educativa tenga éxito: un contenido interesante, un motivo que justifique el trabajo y un reconocimiento personal y colectivo.

Interés, sentido y reconocimiento que presuponen otros aspectos de gran importancia: implicación de agentes externos ‑familia, servicios operativos municipales, asociación de familias…‑ y necesidad de trabajar en equipo tanto el profesorado como el alumnado. Pero sobre todo ‑les insistía con énfasis‑, la materia de la que están hechas las personas que se dedican a la compleja labor de la educación, debe ser la misma de la que están hechos los sueños. Si alguien de vosotros –afirmé con rotundidad– no se siente capacitado para tan noble misión, mejor se dedica a otra cosa.
La película Los niños del coro es una historia que tiene que ver mucho con lo que digo. Un maestro solo ante el peligro de un complicadísimo grupo de adolescentes que rechazan el sistema impuesto en el que crecen sin la más mínima motivación.
La solución que el hábil maestro encuentra está precisamente en ofrecerles una actividad que los rescate de la rutina y en la que aprenden con placer. Todo esto sin olvidar el tratamiento individualizado de los conflictos personales.
Confieso que, mientras veía la película ‑salvando las distancias de contexto y tipo de alumnado‑ no pude evitar los recuerdos del Colegio de la Safa de Úbeda, en el que pasé mi preadolescencia, adolescencia y primera juventud: coro, conjunto musico-vocal, tuna, teatro, competiciones deportivas, olimpiadas… ¡Todo un lujo de educación integral! ¿No son este tipo de actividades la solución a la incipiente violencia escolar que puntualmente se da hoy en algunos institutos de Secundaria?
Volviendo a la experiencia, motivo de mi conferencia, describí la propuesta que hice a mi grupo de preadolescentes: un plan interdisciplinar diseñado por el equipo docente de 6.º curso, para la celebración del IV Centenario de la obra de Cervantes. Pretendíamos ‑de forma novedosa‑ introducir en cada área determinados contenidos relacionados con El Quijote, pero poco a poco la idea creció hasta perfilar una programación más ambiciosa en la que la lengua y literatura, la expresión artística ‑siluetas de molinos y figuras en chapón‑, el conocimiento del medio y el teatro, se orientasen hacia un mismo objetivo: vivir los valores de la obra cervantina y transmitirlos al resto del colegio. El referente sería el sueño imposible de don Quijote: cambiar el mundo con nobleza y amor.
Nos encontramos con una historia de máximo interés ya que los medios de comunicación y la propia Administración educativa se han encargado de vender el producto como bueno. Las estrategias elegidas (maquetas, teatro, trabajos en equipo, asambleas…) motivan el proceso por su aspecto lúdico. Las exposiciones orales y plásticas, los trabajos escritos, las representaciones escénicas… son un refuerzo para la autoestima y para la adquisición de conocimientos.
En la primera sesión de trabajo, en el mes de octubre, les hablé de Cervantes y de don Quijote basándome en diferentes adaptaciones y en una serie de capítulos que la televisión emitía aquellos días. Recordamos el argumento y comentamos cómo era cada personaje. Había que construir el guión a partir de las adaptaciones de la obra trabajadas en clase de lengua. ¡Hasta cinco veces cambiamos la forma de redactar los diálogos!
Nadie que quisiera actuar quedaría fuera del reparto. La adjudicación de los personajes, teniendo en cuenta las características personales de cada participante, me correspondía a mí como director de la obra. Para ello, hicimos algunos juegos dramáticos de imitaciones y de monólogos, al estilo del club de la comedia de televisión. La competitividad estaba descartada a priori. El acierto de la elección era un riesgo, pero lo asumí con la intención de modificar decisiones sobre la marcha.
Mucho de lo que somos ahora se debe a la imagen que nos generó vivir inmersos en la cultura del juicio, que trae consigo el miedo a perder, a quedarse atrás, propiciado desde la escuela competitiva en la que nos hemos educado. Yo tenía claro desde el principio que el teatro escolar no debe ser puro entretenimiento, sino una estrategia educativa. Por eso, había que evitar convertirlo en un lucimiento personal.
La dramatización, como juego de simulación en la escuela, debe buscar fórmulas no segregadoras en la participación del alumnado y, por supuesto, contrarrestar el clima competitivo que se nos vende como normal por algunas cadenas de televisión. Todo se comprende mejor cuando se vive. El teatro es vida y facilita la adquisición, almacenaje y organización de los conocimientos.El escenario requiere el máximo de autonomía individual y de grupo. Los sentimientos y emociones surgen de forma espontánea. La autonomía, la cooperación, el espíritu crítico y la interpretación ayudan a mejorar la seguridad y la autoestima, tan necesarias en la difícil edad de la adolescencia. En este sentido, el teatro se convierte en una verdadera terapia individual y de grupo.
El alumnado madura en la construcción de un nuevo aprendizaje, favorecido por un contexto diferente al habitual ‑el escenario‑, excelente espacio para diseñar estrategias de socialización, de cooperación, de trabajo en equipo… Es, pues, el momento oportuno para orientar en la dirección adecuada el sentido crítico de las cosas y el impulso idealista que empieza a desarrollarse.
Elegimos aquellos valores que podían ser entendidos por los protagonistas de nuestro trabajo: el amor, la amistad, la sinceridad, la nobleza, la sencillez… ¡Luchar por un mundo mejor! Puedo asegurar que mis alumnos han comprendido, disfrutado y asimilado el auténtico espíritu de Cervantes. No en vano, nuestra obra empieza con la aparición del ilustre escritor en el escenario diciendo: «Soy el espíritu de Miguel de Cervantes. Hace cuatrocientos años…».
La adaptación del texto de la novela de Cervantes con música de fondo del compositor Antón García Abril (1933) y la letra de algunas canciones del musical El Hombre de la Mancha situaron nuestra historia en una venta de La Mancha. Un grupo de adolescentes descubre los personajes de la novela de Cervantes y decide escenificar algunos pasajes, creando una atmósfera propicia para trasladar al espectador, durante setenta minutos, a la época cervantina. El vestuario de principios del siglo XVII ‑confeccionado en el taller que las familias organizaron en mi despacho de jefe de estudios‑, y un equipo técnico de luz y sonido, ayudaron a hacer más creíble nuestra historia.

Y… ‑como dice el profesor de Arte Dramático, Juan Antonio Sedeño‑, «la educación pasa a ser un agente transformador al servicio de un proyecto de sociedad, y el teatro se convierte en un fiel aliado con el que compartir experiencias».

 

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Publicado en: 2005-06-04 (54 Lecturas).

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