Ilham

El Rif es una región de 20 000 kilómetros en el Norte de Marruecos. Se extiende desde el Atlántico, por el Oeste, hasta el río Muluya en el Este, en la frontera con Argelia. Sus 700 000 habitantes se agrupan en cabilas (tribus), formando cuatro grupos de bereberes. Uno de los más importantes, los nobles, fieles y sufridos rifeños de la zona oriental, fueron acusados por los colonizadores españoles de violentos, salvajes, fanáticos y despiadados, para justificar la intervención militar de 1921, conocida por el desastre de Annual.
El Rif es el país de origen de Ilham, una preciosa niña bereber de doce años que llegó a mi colegio al empezar el curso 2005-06. El primer día de clase venía con su madre y una hermana mayor, ambas con grandes ojos castaños, adornados por una suave sonrisa que resaltaba, aún más, su belleza.

Le dije que estaría bien en su nuevo centro escolar, en el que había otros musulmanes; que encontraría en mí a un amigo ante cualquier problema…
Se incorporó a un grupo de Sexto de Primaria y, desde entonces, su vida transcurre con total normalidad, incluso en el mes de Ramadán, en el que debe privarse de comer al medio día, alterando el ritmo biológico, con el consiguiente descenso en el rendimiento escolar. En Marruecos, las chicas empiezan a practicar las obligaciones del Ramadán a partir del comienzo de la menstruación.
Un día, Ilham llegó minutos antes del inicio de la jornada escolar. Traía un paquete envuelto en papel de regalo.
‑Es para ti.
‑¿Y eso?
‑Mi madre quiere agradecerte el recibimiento que nos hiciste.
‑Sólo procuré que te sintieras bien en tu nuevo colegio. Lo hago siempre con los que vienen por primera vez.
‑Mi madre y yo sabemos que te gustará. Ábrelo.
No se equivocó. Aquel paquete contenía los dulces árabes más exquisitos que he comido. ¡Y mira que he comido en mis viajes a Marruecos!
Ayer, cinco meses después, Ilham estaba sentada sola en el patio. Me pareció que lloraba y me acerqué a ella. Sus lágrimas, proporcionadas al tamaño de sus ojos, me conmovieron.
‑¿Qué te pasa?
‑La señorita no me entiende.
‑¿Por qué?
‑Dice que protesto mucho.
‑¿Y no es verdad?
‑Sí, pero es que no puedo remediarlo. Cuando no estoy de acuerdo con algo, lo digo.
‑Haces bien, pero quizás tu error es decirlo en el momento inoportuno, ¿no crees?
‑Sí.
Hablamos de cómo le iba en la clase y le recordé cómo disfruté con los dulces de su madre. Enseguida sonrió. Como otras veces, entablamos conversación sobre su cultura. Disfruto oyéndola recitar la primera sura del Corán en árabe clásico, aunque su idioma materno –el shelja (bereber)‑, es mucho más sonoro.
‑¿Quién te enseña el Corán?
‑Mi madre.
‑¿Y qué aprendes en él para tu vida?
‑El Corán me enseña que hay un solo Dios, que no podemos tener enemigos, que debo rezar todos los días, que he de vivir en paz… Y otras cosas buenas.
‑¿Qué opinas de los terroristas islámicos y de las protestas violentas en algunos países?
‑No son buenos musulmanes. En la mezquita, a la que vamos a rezar en Málaga, dicen que son una vergüenza para el Islam. El Corán enseña la paz.
-Tampoco nuestra civilización es perfecta, ¿sabes?
‑Ah, claro. A mí no me gustan muchas cosas de aquí. Por ejemplo, cómo algunos se burlan de nuestras creencias, provocando la ira de mucha gente.
Quedan pocos meses para que Ilham termine la etapa de Primaria. A ella le debo la traducción de algunos vocablos castellanos al árabe para La Nueva Familia, obra de la Comedia del Arte que el Ateneo de Málaga llevó al Festival Internacional de Teatro de Tetuán en noviembre de 2005. No sé si los actores pronunciaban correctamente las frases que Ilham les enseñó; pero, gracias a ellas, conseguimos acercar la historia al público tetuaní, haciéndole reír constantemente.
Gracias, Ilham, por el respeto que has sabido transmitir a tus compañeros en tu adaptación a nuestro complejo y difícil mundo occidental.
 
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Publicado en: 2006-02-21 (51 Lecturas).
 

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