La «Achoura» y los Reyes Magos

30-12-07.
Recuerdo vagamente que, siendo muy niño, mi madre me compró un pequeño piporro para que al soplar por el orificio de entrada de agua, ésta saliese por el pitorrillo, mojando a quien se atrevía a acercarse en busca de inocente desafío. Servía de risa y entretenimiento en la calle o en el patio de la casa, bajo el ardiente sol que, irrumpido por encima de la higuera, trenzaba su luz entre las hojas de la parra, atenuante de las soporíferas siestas estivales de Bedmar, en la provincia de Jaén.

En la antigua Medina de Tetuán, la calle Nayarin, lugar especializado en venta de cerámica, se llena, por unos días, de tamborcitos y jarroncitos de barro pintados con vivos colores, que los padres compran para sus hijos como hicieran en mi pueblo en aquellos retozos de mi infancia. Mientras los instrumentos musicales persisten en el sonoro tamborileo, los bucaritos son llenados de agua, símbolo de abundancia y prosperidad en las numerosas fuentes públicas. El preciado líquido, abundante en esta tierra de manantiales, se lo arrojan unos a otros, entre risas y bromas, a las que se suman las mujeres, contribuyendo así a la alegría. La algarabía sólo es interrumpida cuando los almuédanos llaman a la oración desde los alminares de las cuarenta mezquitas que cohabitan en la Medina. Es la fiesta mágica de los niños del Rif, que tiene un simbolismo coincidente con la festividad de los Reyes Magos, en España. Es la fiesta de los regalos, conocida como Achoura, la más importante de los chiítas (Marruecos es un país sunita), en memoria de la muerte de Husein durante los conflictos para la sucesión del Profeta.
El catálogo de la exposición “La cerámica en el Norte de Marruecos: El Arco de la vida”, investigación de Juan José Ponce, nos facilita una interesante información sobre el valor histórico, social y económico de esta manifestación artística de la civilización bereber, pueblo autodenominado amazighen (‘hombres libres’, en su idioma tamazigh) que se extendió desde el oeste de Egipto hasta el actual Marruecos, y de origen discutido por diferentes teorías, que lo ubican en Oriente Medio, en Yemen; incluso en tierras germánicas. Los tuaregs del sur de Argelia, norte de Malí y de Níger, forman parte de los bereberes, anteriores a las invasiones árabes del siglo VII, que ocuparon las llanuras, obligando a los pobladores del norte de África a alojarse en las montañas, donde mantuvieron sus costumbres y creencias. Actualmente se calcula, aproximadamente, que son unos 36 millones; de ellos, el 53% vive en Marruecos, donde algunos grupos se van integrando en las ciudades por la obligada emigración rural.
La cerámica del Rif es una de las manifestaciones artísticas de los bereberes, gracias a la cual recibimos información sobre su ancestral vida campesina, la división sexual de los roles en el trabajo o las distintas formas de alimentación, preparación o conservación de los alimentos; pero, de manera especial, sobre los significados de culto a las fuerzas telúricas y generadoras de la vida.
Quizás, algún día, los Reyes Magos, provenientes de tierras bereberes, regalen en nuestras ciudades tamborcitos de colores y jarroncitos de barro, mientras expectantes ojos de niños y niñas se asombran al ver la transformación del artificial plástico juguetero en cerámica (keramiké, palabra griega que significa ‘sustancia quemada’), primer artilugio pacífico inventado por el hombre y que, en Marruecos, sobrevive de forma tan hermosamente primitiva. En palabras de Juan José Ponce: «Perdida entre cumbres y cumbres, manteniendo una tradición milenaria con el profundo sentido de lo mágico y lo místico, y extinguiéndose con sus últimos testigos».

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