El expolio, 1

06-06-2008.
Con esperanza y sin ganas de ver a nadie me fui derecho a buscar mi techo. Llegaba cansado, con polvo de siglos sobre mi frente, aromas de mujer en las manos y azogue en el pecho. No probé bocado, ni tuve ganas de encender el televisor y me escondí en la escollera de mi sillón.

Eran casi las seis cuando me despertó el teléfono. Al otro lado del hilo se oyó un adiós, largo, profundo, como brindado al destino. No tuve tiempo de corresponder a la despedida. La llamada se cortó. Marqué a toda prisa el número del Cáliz de Cristal. Nadie respondió…
En un último intento me calcé, me pasé el peine y sujetándome los pantalones, mientras bajaba las escaleras de dos en tres, salí hacia la parada de autobuses. La salida hacia Madrid estaba anunciada a las seis y cuarto de la tarde y pensé que aún podría alcanzar una pizca de felicidad. Desde mi casa a la parada, entonces en Corredera Capuchinos, tardé unos cuatro minutos. Miré el reloj. Quizás ya era demasiado tarde.
Cuando lo creía todo perdido, observé desde la esquina de la Puerta del Sol cómo un autocar de vivos colores, encendía y apagaba sus intermitencias de paro. Luego se apagaron los destellos ambarinos y se encendió el piloto de la izquierda, mientras el autobús se ponía en marcha con precaución. Aceleré el paso, corrí unos veinte metros y… allí estaba Belisa. En la segunda ventanilla, en la zona de no fumadores, se iba mi sueño hasta tierras toledanas. Un horizonte estepario nos esperaba. Entré en el Bar Avenida, pedí un café cortado y decidí aliviar mi obsesión, tomando las revueltas que conducían al Ateneo. Nada más poner los pies en el umbral de la cafetería, tuve que soportar una reprimenda formidable. Esta vez, la regañina no me la daba Pepe Orea por no haber subido a visitarlo a las Viñas. Quien me echaba la “bernardina” era mi viejo maestro Estepa, don Bernardo, que llevaba desde el sábado buscándome por dos motivos. Uno para que le diese la relación de los discos que se habían entregado a los socios de la “Peña Flamenca Los Romeros”, grabados por Paco “El Pecas”; el segundo, mucho más preocupante y grave, era el de citarme para una rueda de prensa que se iba a celebrar en la emisora, a las nueve de la noche.
Al preguntarle a don Bernardo el motivo de la misma, María Luisa, tan socarrona como avispada, me respondió interpelándome.
—¿Dónde habrás estado metido todo el día del domingo, que ni te has enterado de los robos?
—¿De qué me estás hablando? —le contesté.
Me respondió el maestro, sacándome de dudas y hundiéndome en el asombro:
—¡Han robado en el Santuario y en las parroquias! Se han llevado, que se sepa, dos cálices de santa María, tres patenas de san Miguel, un aguamanil de san Bartolomé y lo que es de abencerrajes y sacrílegos… ¡la corona y las joyas de la Virgen en el Cerro!
—¡Y la custodia de Mussolini! —apostilló Pepe Orea.
—¡Qué gentuza: aprovechar la tormenta para aligerar a los Santos! —comentó el peletero Daniel, en tono tan suave como el visón.
—Me dejáis de mármol —les contesté, mientras por mi cabeza, desfilaban sospechas dolorosas.
Me inventé una excusa sólida para justificar mis ausencias.
—Desde el sábado noche no he salido. Se me caló el “cielo raso” y aproveché el domingo para tapar goteras.
—Pues te hemos llamado por teléfono y no lo has levantado…
—Lo miraré luego. Puede ser que con la humedad esté averiado —fue mi evasiva.
Acabada la bronca, me senté con don Bernardo para hablar con más sosiego e informarme bien del asunto.
Había sucedido que el domingo, al ir el padre Jesús Herrera a rezar, bien temprano, a los pies de la Morenita y levantar los ojos ‑en acción de gracias‑ hasta el Camarín, se quedó perplejo. La Virgen no lucía sus alhajas, y las coronas de ELLA y del NIÑO habían desaparecido. El padre Herrera subió a toda prisa y, en un examen más emotivo y detenido, pudo comprobar que hasta el “madroñico” que con tanta fe habían puesto “los madroñeros” en su mano, otras manos lo habían hecho desaparecer. Hecho, con sumo secreto y minuciosidad, un recuento durante todo el día, se pudo comprobar que sólo habían violentado el Camarín y la vitrina en que se encontraba la custodia con que Mussolini sufragó sus culpas.
Tal fue el impacto de la noticia, que el obispo de la diócesis de san Eufrasio mandó hacer arqueo en toda su apostólica jurisdicción. El domingo fue día de ajetreo en las sacristías de toda la provincia: no digamos en las “misas de una”.
Don Celedonio, el cura de la Lagunilla, no había sufrido rapiña alguna. Don Agustín Lainez, titular de San Eufrasio, sólo echó de menos el báculo del obispo, merma que fue recompensada con dos guantes ‑uno blanco, negro el otro‑ adosados a una panoplia con el escudo de Incio que los cacos le dejaron allí.
De la Divina Pastora nunca supimos nada ya que, por entonces, don Jesús no era muy devoto de las vírgenes negras, ni de los obispos decapitados por la leyenda. A él, que era un cura “progre” ‑sin llegar a “curaobrero”‑, le preocupaban más los asuntos terrenales que los ritos centenarios, trocándolos por megáfonos de retaguardia y guitarras en el altar.
Me contaba, mi buen amigo y maestro Bernardo, que los sacrílegos deberían ser muy expertos, además de cristianos viejos e incansables peregrinos, ya que: báculo del que se percataban, vara que desaparecía. No sólo se lo habían quitado a san Eufrasio, sino que las Mínimas, ilusionadas con “El quinto centenario” de la fundación de su convento, se quedaron compuestas y sin bordón. Y el tal bordón no era otro que el cayado de Francisco.
A las Trinitarias les desaparecieron unas copas de boca ancha, en las que ellas, muy devotamente, despellejaban las rosas que luego hacían llover sobre la Virgen, el domingo de la novena.
Se contaba que el privilegio del recuento, ya que se trataba de un convento de clausura, lo tuvo un poeta núbil, barbilampiño y con cara de serafín, que había escrito, entre aquellos blancos muros y las celestes celosías, un librito de versos muy en consonancia con el lugar y cuyo título, creo recordar, era Infierno de tránsito. Idéntica tarea tuvo en las Mínimas mi buen amigo y mejor persona Andrés Borrego, a quien la priora le encargó la investigación, dada la largura de sus latidos y su afición a lo conventual. Andrés, que es hombre de máximo corazón y anchas tolerancias, lo mismo te vendía un “cuatro-ele” que te presentaba un festival; o lo que es más difícil: cantaba motetes en latín.
Una vez en la emisora y en plena tertulia radiofónica, hubo varias llamadas exteriores. Desde la aldea de las Yeguerizas, una voz de hombre bueno notificó que a la imagen de Santa Ana le faltaba el anillo que su mujer Casta le había donado. Era su alianza de bodas.
Desde Tíscar, Teodora “La Santera” habló muy vehementemente con José María Martos, trasmitiendo la adhesión de los quesadeños y afirmando que el pasado año algún desalmado había arrancado los dos caños de agua bendita de la fuente cercana y roto la lápida que llevaba escritos estos versos de Antonio Machado:
Y allí, donde nadie sube,
hay una Virgen risueña,
con un río azul en los brazos.
Es la Virgen de la Sierra.
Cuando desde Arbuniel, y gracias a la difusión que hizo la COPE al conectar con la Radio local, llamó su ecónomo, éste denunció que a su San Juan, que era más guapo que un San Luis, le habían robado la sonrisa. A pesar de la gravedad del momento, a algunos de los tertulianos se le escapó una risita. El de Arbuniel nos sacó de dudas cuando pregonó por las ondas que algún cornudo había adherido flecos de panocha a la imberbe adolescencia del santo Juan.
No faltó quien desde la Joya ‑villorrio de alta milagrería, entre Frailes y Benalúa de las Villas‑ se fuese de noche hasta Noalejo, para hacer rogativas ante la reja negra que guarda el descanso eterno de Custodio Pérez Aranda, porque se solucionase el descuadre.
Los objetivos de aquella rueda de prensa se estaban consiguiendo. El robo puntual en Andújar había sacudido las mandangas de los curas de pueblo y sacristanes mal pagados, que no habían repasado sus santerías.
Paco Calzado había anunciado, con su clara voz y su rico léxico, que la finalidad de aquel programa de radio era doble: una, concienciar a los ciudadanos y a las autoridades de que la hora mala puede aparecer en cualquier momento; otra, intentar movilizar las almas y los bolsillos para reparar el entuerto que suponía que la Patrona de la diócesis y su “madroñero Niño” no tuviesen sus oros sobre sus ‑nunca mejor dicho‑ cabezas.
La ciudad de Andújar, la provincia entera, la Andalucía mariana, estaban en pie de fe.

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