El epitafio, y 6

10-09-07.
La tal calle, por céntrica, me era muy conocida. Sin embargo ignoraba a qué se dedicarían, qué venderían o qué papeles gestionaban en El Cáliz de Cristal. Al encontrarse en zona peatonal, esta vía es muy transitada, con pasajes y comercios abundantes, que le dan un aire cosmopolita y discreto. Cuando llegué al n.° 24, pude comprobar con cierta alegría que, en su portal, había una placa, entre otras, que rezaba:

EL CÁLIZ DE CRISTAL, 2.° izqda.
La casa, sorpresivamente, carecía de ascensor. Se notaba que sus muros eran paredes viejas. Las escaleras estrechas y limpias. Cuando subí hasta el piso segundo, observé que el pasamanos continuaba hasta alcanzar una terraza.
Llamé a la puerta de la izquierda, pulsé lo que parecía timbre y sonó una música metálica y oriental. Intuí que unos pasos imperceptibles se acercaban y que al detenerse tras la puerta, alguien me observaba detenidamente a través de la mirilla.
Se abrió el vestíbulo y apareció un hombre, maduro, educado, ceremonioso, de exquisitos modales, que sin darme acceso me saludó de un extraño modo:
—¡Ave! —me dijo; a lo que yo, azorado, le respondí tímidamente.
—¡Ave María Purísima!
Sin más preámbulos, le hice la pregunta cuya esperada contestación me había llevado hasta allí:
—¿Es de ustedes este libro? —al tiempo que le mostraba el sello indicativo que aparecía en la séptima página.
—Pase, pase, por favor —fue su respuesta, a la vez que me invitaba a tomar asiento en el sofá de un amplio recibidor, decorado de un modo extraño e inusual, abundante de rasos plegados y símbolos mitológicos.
—Un momento, por favor; espero que le puedan recibir.
Esperé sentado unos minutos, mientras miraba con perplejidad aquella salita de bambalinas, satenes y sedas, colgadas a modo de red sobre las paredes, y entre las que asomaban unas repisas pobladas ‑tan abundantemente‑ de extraños monstruos y animales, que por unos momentos creí estar en un templo de la zoolatría. Un toro alado, un halcón, una lechuza, grifos, tarascas, quimeras, pegasos, un ibis, una garuda, y un par de llamativos bastones de ébano cruzados, cuya empuñadura, en uno, era la cabeza de un chacal y en otro una cabeza de serpiente. Si Pisanello hubiese vivido por estas tierras, me habría creído en su propia casa.
A esta fantástica animalaria se le sumaba una canción suave, relajante, distendida, que creí de Nana Mouskouri.
No me dio tiempo a curiosear nada más, porque aquel hombre bonachón volvió a la sala para preguntarme:
—¿Podría volver mañana?, —a la vez que añadía—: Talestris no puede recibirle ahora; está en clase de Teosofía.
Aquello me sonaba extraño, tan extraño, que aquel secretario me tuvo que elevar la voz para insistirme:
—Mañana le esperamos a las seis. No deje de venir —indicándome la puerta de salida.
Tomé mi libro y, despidiéndome con un «¡hasta mañana!», abandoné aquel aposento tan sorprendentemente decorado, tan majestuosamente silencioso.
Cuando aquella noche me fui a dormir, no pude conciliar el sueño. El recuerdo de Maya y el encuentro de aquel ático secretode El Cáliz de Cristal me tenían en vela. Abrí el libro de Maya y estuve leyendo. Al llegar al capítulo XXIX, me detuve en unos párrafos que hablaban del amor.
«El amor ‑se escribía allí‑ habita entre el dolor y el placer. Entre aquello que nos satisface exageradamente, y aquello otro que nos duele profundamente. El placer es la máscara más maravillosa con que Maya puede presentarse. Es el primer velo; luego quedan otros seis tules. Cuando descorras el séptimo, entrarás en los campos de la luz».
Aquella lectura trajo nuevas fuerzas a mi insomnio, repetidas imágenes a la noche, obsesivos recuerdos a mi soledad. Maya era un enorme fantasma, tejiendo las sutiles redes de mi imaginación.
Me incorporé, abrí la ventana, miré la oscuridad de la noche, y me puse a escribir versos para ella.
Esta noche que calzo espuelas de oro,
podría cabalgar sobre el ícaro rojo
que, ayer,
se escapó de tu jaula estando dormida.
Volaríamos,
si quieres, si es tu deseo,
de Andrómeda a Sirio
a
bañarnos desnudos
en el lago de Orión.
Allí,
el paisaje es muy bello.
Arriba, en el cénit, un mar de cobalto;
abajo, en la sima, un piélago blanco.
El viaje es muy largo:
deberemos ir aparcando a menudo
y
hacer el amor en cada lucero amarillo.
Buscaremos el templo de las lunas perdidas,
eclipsando mis manos tus senos selénicos.
Buscaremos dos ánades de álficos vuelos,
cingulando galaxias.
Buscaremos cometas orgásmicos
en abismos sin fondo,
con delfines suicidas.
Cuando estemos dormidos,
‑los cuerpos cansados,
el alma rendida‑
bailaremos boleros ozonados de azul,
muy lentos, muy lentos,
bucleando los sueños en guirnaldas de luz.
Luego,
en los bordes del tiempo infinito,
beberemos tisanas astrales,
esencias de etéreos cerezos,
libando lujurias eternas,
delirium tremens de besos.
En los nimbos violados del alba,
surgirán unicornios turgentes
y
dragones de cinco tridentes,
perforando tu monte de Venus,
entre lavas de fluidos torrentes.
Casi escarcha, casi musa, casi diosa,
gritarás eternidades,
cabalgando entre tarandos
de
furiosas veleidades
y
zancada fabulosa.
Destrozada, derrengada, sudorosa,
desnuda como mujer, lasciva como sirena,
despertarás de este sueño,
gravidada de azucenas.
Y el ícaro que escapó
de tu jaula, adormecida,
buscará entre tus piernas
‑espumadas de placer‑
caballitos de tus mares,
caracolas escondidas…
Cuando acabé, volví a la ventana, miré la luna, y pude comprobar que, a pesar de las ausencias, los velos de la vida, seguían maquillando su sonrisa amarilla. Aún no había llegado el momento de la desesperanza, ni era la hora de los epitafios.
Acuario volvería a amanecer sobre el fuego, para quemar mirras entre inciensos.

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