El epitafio, 2

11-07-07.
Seguí caminando entre mis usureros silogismos, torcí la esquina que llaman “de la tierra” y cuando comenzaba a cansarme de estrecheces, de crisantemos marchitos y lamparillas pringosas, escuché a mis espaldas una voz tan dulce como penetrante, que me decía:
—Allí, allí arriba, en el cuarto.
Mi presbicia hizo que tuviese que echar mano a las gafas con una doble intención. La de conocer y reconocer a la improvisada guía y, por supuesto, la de alcanzar las alturas del cuarto, del cuarto nicho. Dejé lo segundo por lo primero, y os aseguro que nunca tendré arrepentimientos de haber trocado la orden que, extrañamente, me había dado aquella voz femenina.

A mi lado, discretamente alerta, en el perfil de las miradas, una mujer aliviaba mi soledad. Me olvidé de la tarde con el alba de sus ojos. Aún, ahora cuando escribo, ignoro si aquella visión fue un aleluya o un miserere. Algo glorioso debió ocurrir, porque entré en trances y alelamientos con tal intensidad que me olvidé de los muertos, me nacieron flojeras y el bloc cayó contra el suelo. Con el rigor y la rapidez que te demandan el dejar de hacer el ridículo, recogí la libreta mientras preguntaba…
—¿Qué cuarto?
—Ahí, ahí arriba ‑insistió con elegante paciencia.
Levanté los ojos, no sin esfuerzo, y cuando me disponía a buscar en la cuarta hilera, oí un susurro tan discreto como el lugar, que me iba leyendo:
Y por siempre
el murmullo del viento
serán tus palabras.
Y los colores del alba,
miradas claras
pequeños regalos tuyos,
por todo el amor
que te di.
Cuando terminó el recital, la casa de los muertos se me había hecho agradable. Allí y entonces, me sentía raramente más vivo que nunca. Aquella voz puso en mí un plenilunio de emociones. Por unos momentos, como si de mi definitiva agonía se tratase, proyecté sobre mi consciente una historia interminable; y en esa historia, en aquella aventura, únicamente actuaban dos protagonistas: aquella misteriosa mujer, y yo, buscador ocasional de inscripciones sobre el mármol.
—Gracias por su ayuda ‑le dije.
—No las merece ‑fue su escueta respuesta, añadiendo a la rendija de sus labios, el lindo regalo de una sonrisa.
—Es tarde. La verja la cierran a las siete.
—Aquí no se pueden llevar prisas, sobre todo los que estamos dentro. Además, no te preocupes, conozco bastante bien al sepulturero. Vive allí, pasada la sala de las autopsias. No nos quedaremos encerrados.
Y se puso a caminar con la lentitud de la paz eterna, mientras yo me quedaba ligeramente rezagado, con la sana intención de observar su figura caminando sobre la eternidad.
—Me llamo Pablo; estoy buscando versos sobre las piedras ‑le dije al alcanzarla.
—Mi nombre es Maya ‑me respondió, sorprendiéndome la rareza de su nombre.
La tarde, que ya se hacía profunda, se difuminaba en los murmullos del diálogo.
Sonó un chirrido. Estaban cerrando las puertas. Pasaban veinte minutos de las ocho y el sol se escondía entre arreboles por poniente.
—¡Están cerrando! ‑le dije con cierto nerviosismo.
—No te preocupes; saldremos por el patio de los suicidas.
Aquella mujer, que cada vez me parecía más hermosa, además de su exquisitez en el trato, por encima de su experiencia en la búsqueda de epitafios, conocía perfectamente los caminos del cementerio municipal y en ellos siguió instruyéndome.
—¿Qué es eso del patio de los suicidas? ‑le pregunté.
—Ya está en desuso ‑me respondió‑. Desde que en los años cincuenta dieron descanso a “la Sueños”, dejaron de remover su tierra.
Y continuó hablando ante mi asombro y morbosa curiosidad así:
—Los suicidas han estado siempre muy mal vistos y peor enterrados. Mucho más, si como “la Sueños”, eran mujeres.
—Y… ¿quién fue “la Sueños”?
Aquella dama, cuya inédita presencia ya me iba siendo familiar, me contestó con una evasiva.
—¿Tienes prisa?
—No. ¡Que va! Yo lo decía por lo del cierre. Pero no, no se preocupe, que no tengo nada urgente que hacer esta noche. Además, me siento muy bien acompañado.
—Gracias por su galantería.
—No las merece ‑le contesté, acercando tímidamente mi mano hasta su hombro.
Y tomando la dirección opuesta a la salida principal, nos encaminamos hacia un bosquecillo de cipreses que dan prestancia al lugar, mientras me iniciaba en la historia, ya triste leyenda, de “la Sueños”.
—Dicen que la sacaron del río vestida de rojo; pero, según los entendidos, los peces huyen de ese color. Quizás por eso no la mordieron. Sólo tocaron las yemas de sus pechos, como testimonio de amor u odio para aquella intrusa de costumbres mundanas. La sacaron del río ‑repetía Maya, lorquianamente‑ vestida de rojo, a las claras del seis de febrero de mil novecientos cincuenta y cuatro.
—“La Sueños” era su nombre de guerra. Nunca supimos su nombre de pila. Había sido tan guapa como libertaria. Acabada la guerra enviudó, y se nos vino desde Linares para poner cama y precio a su cuerpo en La Cancela. Allí, tuvo alta cotización por sus excepcionales y heterodoxos favores.
Con tal amplitud y conocimiento hablaba Maya sobre “la Sueños” que, incluso pecando de indiscreto, me atreví a puntualizarle:
—¡Está usted muy bien informada!
—Debes saber que, en la esquina de la calle que dicen Maestra, pusieron taberna en la Torre de los Valdivia, unos viejos deudos míos. Y allí se ajó su belleza.
Cuando Maya dejó de hablar, me imaginé a “la Sueños”, joven, hembra de caderas poderosas, de crines rutilantes, con senos rompientes y piernas ingrávidas en su armonía. Debió poseer tiernos vuelos en sus labios de ramera y, en sus ojos, gregorianos cánticos.

 

 

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