Ser jefe

Por Fernando Sánchez Resa.

Es un cargo o rol que, a pesar de tener mala prensa y ser denigrado por muchos, paradójicamente, es anhelado por otros, sabiendo que en todo grupo humano es tan necesario e imprescindible como el comer. Puede ser un fiasco para el que lo ejerce y, más pernicioso, para los que lo padecen (sus sufridos subordinados), si no se sabe ejercer como es debido. Cientos de ejemplos lo pueden corroborar. A la historia y vida cotidiana me remito.

Ser jefe no es hacer lo que te viene en gana y dar órdenes arbitrarias a diestro y siniestro, sino todo lo contrario. El líder natural (que, frecuentemente, no suele coincidir con el impuesto u obligado) de un grupo humano determinado (según estudié en Antropología y Psicología) debe ser la persona más sacrificada y responsable de la tribu, puesto que está para servir a la mejora y bienestar del grupo, además de ser su guía. Tendría que ser el primero en levantarse y el último en acostarse. Y estar siempre predicando con el buen ejemplo, mediante sus actos y palabras. Lo que incluye ser cauto, prudente, comedido, templado, no venal ni diabólico…, en sus comportamientos, órdenes y/o mandatos y saber crear un buen clima de consenso y/o acuerdo para que el grupo progrese y no involucione o regresione en sus relaciones interpersonales, logros o tareas. Para esto último ya estuvieron los famosos y nefastos emperadores romanos, los sátrapas de oriente y occidente, los dictadores de antiguo o nuevo cuño, bajo siglas, estandartes o banderas de variados signos políticos, sociales y/o religiosos o, mismamente, los capos de la droga con su venalidad manifiesta, larvada y practicada desde su más tierna infancia.

Ya en la mili y en la propia vida laboral, familiar o civil, lo hemos  aprendido algunos: para saber mandar hay que saber obedecer, primero; aunque no ciega, sino crítica y serenamente.

Sabemos que, desde pequeños hasta que somos mayores y viejos, en todos los grupos proliferan más los líderes negativos que los positivos y que es más fácil practicar la maldad y sus vicios que sus contrarios: la bondad y sus virtudes, tanto individual como colectivamente. Y así nos va… Es evidente que la venalidad es caldo de cultivo del futuro jefe mafioso que apunta maneras desde pequeño o mozalbete, ejerciendo y practicando -con soltura- la trampa, la mentira, la delación, la coacción…, para aunar voluntades a su medro; como les ocurre, por desgracia, a algunos políticos y líderes de esa laya: que usan la mentira, la promesa que no se cumplirá, la trampa, el engaño…, como moneda de curso legal en su vida y entorno, sabiendo que favores hechos con lo mismo se pagan.

No hay que olvidar que, como contrapartida, también se las trae mandar a algunos subordinados, que lo único que saben es protestar y verbalizar, por activa o pasiva, mostrando su “yo-me-opongo”, en una democracia mal entendida. A veces, les pasa como a los jefecillos o dictadorzuelos de cualquier grupo, sea grande o pequeño: cuando ellos mandan, o tienen el poder en sus manos, piden que se les respete mansamente y que bajen sus subordinados la cerviz; pero, cuando ellos no lo ejercen, sino que lo padecen, son los más díscolos que te puedas imaginar. A múltiples ejemplos cotidianos me remito.

Circulan muchos chistes al respecto. Ya sabemos que el humor cura o palia heridas psicológicas arraigadas y sirve para sublimar y ver claramente la triste realidad. Y eso que no hemos hablado de las jefas, tanto laborales como caseras, que haberlas haylas en buen número, siendo un tema peliagudo y poliédrico…

Y ya que estamos los justos, y sin que nadie se entere: ¿quién no ha tenido -o padece- un jefe que le hace la vida imposible y deja mucho que desear?

Sevilla, 23 de diciembre de 2018.

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