“Los pinares de la sierra”, 130

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Un trato amable y amistoso.

Si los clientes aceptaban la propuesta de buen grado –algo que raras veces sucedía–, Sultán se comportaba como un corderito; pero si el animal advertía gestos hostiles o palabras malsonantes destinadas a Ezcurra, entonces levantaba la cabeza, enseñaba los dientes y mostraba su inequívoca voluntad de intervenir, emitiendo un sonido gutural, sordo y amenazante. Era especialmente sensible a ciertas frases vejatorias dirigidas a su jefe o su actividad profesional, como por ejemplo: «Esto es un atraco» o bien, «Ustedes son unos sinvergüenzas y unos estafadores». En casos así, Fidel echaba mano de las palabras mágicas: «Dranguilo, Zultán». Y en un instante volvía la calma, y las partes en conflicto llegaban a un acuerdo, porque a pesar de que la lucha libre le había dejado bastante sonado, mantenía un corazón sensible y amante de los animales.

En resumen, que aparte de contadas murmuraciones, sin importancia, casi ningún cliente ponía demasiadas objeciones a los persuasivos razonamientos de Fidel y Sultán. En una media hora, firmaban los efectos bancarios sin apenas protestas y, poco a poco, el abuso se convirtió en norma. Una vez cumplimentada la documentación, Ezcurra llamaba por teléfono a la secretaria; ésta acompañaba a los clientes al despacho del director y, una vez allí, mientras saboreaban como amigos una taza de café para recuperar la calma, hablaban sobre los saludables efectos del diálogo y los buenos acuerdos, en contraste con los engorrosos pleitos o los carísimos procesos judiciales.

―¿Verdad que sí? ―preguntaba el director―. Y conste que lo digo en contra de nuestros intereses. Como nunca tenemos problemas con nadie, a nuestros abogados les encanta que alguien pueda querellarse contra Edén Park. ¿Saben por qué? Porque así justifican el dineral que cobran cada mes por estar de brazos cruzados todo el año. ¿Qué les parece? Imagínense la alegría que se llevan cuando algún ignorante se atreve a litigar contra la empresa. Por eso les felicito, por haber alcanzado un buen acuerdo; los problemas que se solucionan con dinero, no son problemas. ¿Verdad que sí?

Y con el mismo talante, afectuoso y amigable, los acompañaba al ascensor. El marido le estrechaba la mano con expresión de odio africano, y la señora lo miraba con los ojos llorosos y el pañuelo en la mano, como si saliera de un funeral.

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