“Los pinares de la sierra”, 129

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Una acertada solución.

Un par de días más tarde, a las doce de la mañana, se presentó en la oficina un señor corpulento y musculoso, con aspecto de levantador de pesas y modales tranquilos, que preguntó por el presidente, y dijo llamarse Fidel Ezcurra. Lucía una melena de guerrero nibelungo, larga y canosa, y unos bigotazos que le colgaban a ambos lados de la boca, grande y pronunciada, como la de un bulldog. Según supimos luego, había sido un púgil de lucha libre, que llegó a Barcelona a mitad de los años cincuenta y actuaba en las matinales del Circo Price y en la barcelonesa plaza de Las Arenas, hasta que sufrió un duro golpe en la cabeza, quedó algo sonado y tuvo que pasar dos años en el psiquiátrico de San Boi de Llobregat, sometido a un tratamiento de antipsicóticos, electroshocks, manguerazos y camisas de fuerza.

Cuando recuperó el juicio, regresó al taller de tapicería en el que trabajaba en su juventud, y hasta allí lo fueron a buscar para que se ocupara de cobrar los gastos de urbanización de la empresa. Se le adjudicó un despachito en la planta superior, aislado e insonorizado convenientemente, para no alarmar a las visitas en caso de que alguna protestase de forma escandalosa y, cuando todo estuvo a punto, se le asignó un magnífico sueldo, un porcentaje por objetivos, y se enviaron las primeras cartas.

Si bien, al principio, sorprendió a todos por su peculiar forma de hablar, pronto se ganó el respeto y el afecto del personal ―especialmente del femenino―, porque a pesar de su aspecto fornido y belicoso, y su habla gangosa e insegura, era una persona delicada y compasiva. A consecuencia de las graves lesiones cerebrales sufridas durante su etapa de luchador, padecía una disartria aguda e incurable. Nunca elevaba la voz y trataba a todos con gran cariño y respeto, en especial al pastor alemán que colaboraba con él en su problemática tarea. Se llamaba Sultán y era un perrazo hermoso, tranquilo y obediente, que permitía que las chicas le acariciasen su denso pelaje, negro, canela y fuego.

A eso de las diez de la mañana, llegaba Pol a la oficina en compañía de Sultán y saludaba con su particular forma de expresarse.

Uenoz díaz, zeñodita.

La recepcionista le entregaba la lista de visitas concertadas para aquel día y, a continuación, perro y amo se dirigían al despacho a la espera de los primeros clientes. A la derecha de la mesa, le colocaban la pila con los expedientes pendientes de cobro, ordenados por riguroso orden de llegada; y a la izquierda, los contratos en los que constaba el compromiso de asumir los gastos de urbanización a requerimiento de la promotora.

El perro se echaba a un lado de la mesa, con las orejas tiesas y la lengua fuera, y de allí no se movía hasta que su dueño se lo ordenaba. Aparecía el primer matrimonio acompañado por la recepcionista, con la carta en la mano. Ezcurra los recibía con chaqueta y corbata, los saludaba y los invitaba a sentarse.

Or avor, zeñodes.

A algunas familias les costaba trabajo aguantarse la risa cuando le oían hablar, pero Fidel Ezcurra, que ya estaba acostumbrado a las burlas mal disimuladas, le daba al hecho la menor importancia. Se quitaba la chaqueta, como si no fuera con él, y la colgaba en el respaldo del sillón; se subía las mangas de la camisa, y volvía a sentarse cruzando los brazos sobre la mesa y dejando al descubierto su exagerada musculatura. Cuando notaba que las visitas miraban al perro con recelo, hacía la pertinente aclaración.

¿Lez guzta Zultán? Ez uy ueno y oediente. ¿Quieden acadiciadlo?

―¿No muerde?

No, eñora, ez uy ondadozo, y maz ueno que uchas erzonas.

Como si comprendiera que hablaban de él, Sultán ladeaba la cabeza, ponía una carita muy simpática, movía la cola dos o tres veces, y no se movía. Algo más tranquilos, aunque sin excesivas confianzas, la pareja se sentaba a la espera de que les informaran del asunto por el que les habían citado. Entonces, Fidel les pedía la carta y, con enorme paciencia y su lengua de trapo, les explicaba que los gastos de urbanización ascendían a unas trescientas mil pesetas, y que las debían pagar en treinta y seis plazos, mensuales y correlativos, a partir de la fecha.

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