Por cuanto eres tibio

Por Salvador González González.

Por cuanto eres tibio (ni frío ni caliente), te vomitaré de mi boca.

Esta cita (Apocalipsis) me sirve de antesala-título, para señalar esta etapa que entiendo está viviendo la sociedad en España, donde la post-transición democrática, que a mi entender fue modélica, ha dejado paso a una sociedad que, desconociendo o no queriendo conocer, como se fraguó el tránsito desde una dictadura en sus postrimerías del régimen “franquista”, hoy quieren hacer un borrón y cuenta nueva, sin saber -me da la sensación- adonde quieren ir. Sus objetivos, que -como digo- no están claros, nos está haciendo respirar un aire de incertidumbre y preocupación, no para los que la vivimos, que ya por edad y situación personal, “difícilmente nos va a amedrentar”, ya tenemos “la vendimia hecha” y “los pelaos que nos quedan por hacer aún por ley de vida, son pocos”. La preocupación es y debe ser para esa generación que es la que va a sufrir las consecuencias de ese romper sin saber cómo después se va a pegar lo roto.

Pero esto ha sido fruto ya de muchos artículos y exposiciones en este nuestro foro, por muchos y en otros donde los analistas lo indican igualmente.

La razón de este y del título es que creo que, como en las postrimerías de esa dictadura y los comienzos de democracia, que llega la hora en que la sociedad civil debe dejar de mirar para otro lado, debe dejar la tibieza y posicionarse claramente a favor o en contra de las tesis que se exponen por los que intencionadamente las lanzan o proponen, de manera que no quede la menor duda de lo que los ciudadanos piensan al respecto; no vale ya por ello dejar hacer; hay que implicarse en lo que se quiere hacer. Hay que desenmascarar a los que dicen una cosa y hacen otra; a los que hablan de libertad, pero para ellos no para los otros; a los que se amparan en la libertad de expresión, cuando son ellos los que atacan, y no cuando son ellos los atacados; a los que quieren fijar el modo de vida del resto, queriendo homologar a todos los ciudadanos según el patrón que ellos tienen preconcebido y todo el que se sale del mismo son etiquetados con palabras insultantes o descalificadoras. Es hora de que el que sea creyente ejerza de creyente y el que no, haga lo propio con su no creencia o no comparte esta por ser de otra, pero que ni uno ni otros se lo echen en cara al distinto a él, que no adversario; eso si no volviendo a posiciones nacional-catolicistas provocadoras hacia los no creyentes, laicos o de otras confesiones (recientemente he observado algunas: recibir las procesiones en las casas consistoriales, orden de ondear la bandera a media asta en los cuarteles, ¿confusión de nuevo iglesia –estado?).

Ha llegado el momento de que al que no le guste el toreo lo diga y no asista a ese evento; pero que respete a ese mundo que él no comparte, pero que tiene sus seguidores: toreros, ganaderos y público, y que cada cual siga defendiendo su posición y sea el devenir del tiempo el que depare el resultado de esa actividad, no la imposición de obligado cumplimiento de unos sobre otros. Ha llegado el momento de que el político en ejercicio, si es coherente con su laicidad, no asista a eventos religiosos; pero, de igual modo, que el que quiera asistir no tiene por qué tener reproche alguno, por el que coherentemente con su posicionamiento no va al mismo; pero que, en ningún caso, mezclando las dos realidades -la civil con la religiosa- y menos con pretensiones electoralistas y de imagen, que en el fondo es la del que actúa así en esa confusión buscada de propósito.

En una palabra, que la tolerancia y el respeto al otro sea una realidad palpable, no una palabra hueca inaplicable.

Hay que dejar atrás “lo políticamente correcto”, cuando toque, y manifestarse, con fortaleza y decisión, de cuál es la posición de la gran mayoría de los ciudadanos al respecto.

Llega ya la hora de que éstos no se queden en sus casas, cómodamente, mientras fuera están minando la concordia, la convivencia, la unidad, el futuro en una palabra de todos.

No vale decir: «¿Bueno…, y a mí qué?». Si hablan de saltarse las normas que nos hemos dotado, hay que ser coherentes y denunciar semejante disparate.

Si se pretende establecer diferencias entre unos y otros que fomenten la crispación y el enfrentamiento, hay que salir a decir: «Basta».

Son muchos los que, amparados en el odio, la sinrazón y el deseo de que todo salte por los aires, dedican sus esfuerzos a ello. Pero somos más los que queremos lo contrario y debemos hacernos notar. Ya debe empezar a correr ese mensaje. Así se desarmó la violencia en el País Vasco y triunfó la democracia y la sociedad civil contra el terror. Así empieza la sociedad catalana a armarse de razón, saliendo en contra de la división y fragmentación de la propia sociedad que algunos intentan, para tomar la decisión de romper una convivencia de siglos con el resto de España, donde muchos aún tienen lazos de familia, amistades, negocios y un sin fin de interrelaciones. El día que la mayoría silenciosa deje de serlo y salga “sin miedo” a decir basta, el supuesto problema catalán y su llamado encaje territorial empezará a dejar de existir.

Es hora de que digamos a aquellos que aún no han abandonado las secuelas de una guerra incivil, que dejó miles de muertes y separó a familiares y amigos en bandos y que, durante más de cuarenta años, nos tuvo en la oscuridad, el atraso y en la condición de súbditos y subordinados, de lo que salimos con la aportación y renuncia de todos a revanchas, que sólo traen nuevos enfrentamientos, empezando una auténtica reconciliación basada en derechos e igualdad para todos, vencedores sublevados y vencidos subyugados, intentando hacer justicia con los masacrados por la infamia de la dictadura militar, que impuso un régimen o movimiento nacional de obligado cumplimiento, al que desde cualquier puesto en la sociedad era obligado acatar y servir (afortunadamente la generación actual nada tiene que ver con aquella, ya que ni tan siquiera recuerdan los horrores de una postguerra llena de calamidades, aislamientos, discriminaciones y hambrunas). Todo esto ha sido superado; no podemos ni debemos, como sociedad, intentar una “vuelta de tortilla” para que ahora los que estaban abajo suban arriba y los de arriba sean ahora “los que se tuesten y quemen” abajo.

No vale ya “ser tibios”, sino tomar posición de calientes o fríos en lo que se debata o se discuta, pero defendiendo los valores indicados de tolerancia y respeto al otro. De lo contrario, terminaremos vomitados por la propia sociedad, que se hará por ello irrespirable y nauseabunda, si seguimos en nuestra tibieza diaria.

La sociedad civil tiene que hacer una muralla que impida la intolerancia y el odio, una muralla que vaya desde la playa hasta el monte. Desde el monte hasta la playa. Allá en el horizonte. Para hacer esa muralla. Tráiganme todas las manos. Los negros sus manos negras. Los blancos sus blancas manos. Mantengámosla cerrada a la barbarie y al despropósito y abrámosla. A la rosa y al clavel. A la paloma y al laurel. Al corazón del amigo… (Nicolás Guillén, versionado musicalmente por Quilapayun 1969 y luego por Víctor Manuel y Ana Belén).

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