La batalla del lenguaje

Por Jesús Ferrer Criado.

El martes pasado, 21 de marzo de 2017, la oposición política al gobierno del Partido Popular “tumbó” en el Congreso, según la expresión que ellos utilizan, la Ley de Seguridad Ciudadana que el PP había implantado, cuando, en la legislatura pasada, disponía de mayoría absoluta. Previamente, la habían descalificado, llamándola “ley mordaza”. No he leído ni esa ley ni casi ninguna otra y, por tanto, no puedo hablar de su idoneidad, oportunidad o justicia. El tema es otro.

El tema es que el nombre oficial de esa ley, que define su intención, ha sido sustituido por un apodo denigrante que ha hecho fortuna y que deteriora su imagen pública y la hace aborrecible e indefendible para el público en general que, como yo mismo, seguramente ni la ha leído ni sabe exactamente de qué va ni en qué se diferencia de la anterior.

Cuando la tónica general del público es la pereza intelectual, resultan de suma utilidad política esos brillantes etiquetadores que, cuando aciertan, seducen a las masas para que compren sin mirar cualquier cosa o, por el contrario, se la hacen detestar visceralmente.

Aunque en la vida corriente surgen continuamente casos y ejemplos de ese doble lenguaje que obedece siempre a intereses contrapuestos -recordemos el “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”-, es en el mundo de la política donde mejor se manifiesta. Y eso no es fortuito. En democracia, donde cada voto cuenta, se trata de atraer a nuestras posiciones al mayor número de votantes, sean idiotas o no; y eso empieza por saber ponerles a las cosas el nombre adecuado. Y no importa nada que tal nombre falsifique o enmascare totalmente el objeto denominado. Recordemos que la sinceridad no es una virtud política.

Siguiendo esta tónica, en el mundo civil, los abortistas no usarán la palabra aborto; dirán «interrupción del embarazo», como si fuera una pausa publicitaria y el embarazo prosiguiera tras unos minutos de anuncios. Los carceleros no dirán presos, dirán «internos» y, en la guerra, a los muertos se les llamará «bajas», que suena mejor. Los que desprecian la moral tradicional cristiana llamarán «liberada» a una señora de braga fácil y a la pareja promiscua aficionada al intercambio de parejas, «matrimonio liberal». Todo eso dentro de un llamado «respeto a la diversidad».

Es obvio que ese respeto a la diversidad sólo protege a cierta clase de personas. Pero si tú eres diverso, en el sentido de que eres partidario del matrimonio tradicional y no del homosexual, si eres partidario de que se considere niño a la criatura que nace con pene y niña a la que tiene vulva, si consideras que el hombre que lleva a su esposa a que se acueste con otro es un degenerado y no un liberal, etc., etc., entonces has perdido tu derecho a la diversidad, a la libertad de ideas y ya no digamos a la libertad de expresión. Te has convertido en homófobo, carca, retrógrado y estás amenazado de muerte civil.

Como ya he dicho, donde de verdad se aprecia esa estafa al lenguaje es en la política. Así, los separatistas catalanes y vascos hablan del “derecho a decidir”, arrogándose una potestad política de la que legalmente carecen. Naturalmente se autodenominan soberanistas y no traidores a la nación, que es lo que realmente les corresponde llamarse y como deberían ser tratados.

Los partidos de izquierda se llaman, a sí mismos, progresistas. Veamos: durante el zapaterato,la economía española se vino abajo, la renta per cápita de los españoles descendió notablemente, el paro se puso por las nubes, el separatismo catalán se hinchó como un globo, la llamada memoria histórica -eufemismo para denominar la revancha organizada y el guerracivilismo- estuvo a pique de partir de nuevo al país, etc. ¿Dónde está el progreso? Esos hechos no arredran a esos partidos y siguen como si tal cosa, con su devaluada e increíble etiqueta.

El miércoles, 22 de marzo, el líder de un partido político, llamado PODEMOS, un tipo con aspecto de gorrilla guardacoches, usó, dirigiéndose al presidente del Gobierno y a propósito de no sé qué ley, términos como «A usted, esto se la refanfinfla, se la pela, se la bufa…», y otros más. Expresiones propias de una taberna de navajeros drogatas. Pero no estaba en una taberna, sino en el Congreso de los Diputados y con muchas señoras delante. Por si no lo sabíamos, para eso está la sacrosanta libertad de expresión. Cada vez está más claro que el propósito de ese partido, o mejor “partida”, es pudrir la democracia y han empezado por las instituciones. Quizás es hora de que se cambien el nombre y pasen a llamarse PUDRIMOS.

Es la batalla de los nombres. Me recuerda a aquel tipo cuya hija, de las llamadas liberadas, iba de cama en cama a pesar de estar ya casada y con hijos. Preguntado el padre por la cuestión, y no queriendo aceptar el nombre que la hija merecía, contestó:

—Pues nada. Que el yerno me ha salido un poco cornudo.

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