Primer septenio de la Sinagoga del Agua, y 3

Por Fernando Sánchez Resa.

9ª. “De buen amor”. Un hombre que en voz baja declara su amor a una bella dama en una plaza llena de gente. ¡Qué bonito lenguaje, cantado suavemente, que suena a misión y relata escenas amorosas reales, pues los sentimientos siguen siendo los mismos que siempre fueron, son y serán…

10ª. “Voces daba un marinero”. Un marino hace una ruta por Levante y naufraga, por lo que el demonio viene a verlo y trata de salvarlo a cambio de que venda su alma; pero el marinero no transige, a pesar de que le ofrece al demonio todas sus riquezas de oro y plata que lleva en sus barcos, diciéndole finalmente que es mejor morir y entregar el alma a Dios. Justo e imperecedero ejemplo.

11ª. “Si dolce tormento” es un madrigal de Claudio Monteverdi, publicado en 1624, para soprano y bajo continuo. Es la descripción del tormento que embarga el pecho del enamorado que sufre contento de amor por una mujer que no le hace caso… Muestra la externalización del primer y los siguientes amores que cualquier hombre sentirá a lo largo de toda su vida. Es la canción más difícil de ejecutar, pues ellos la hacen a dos voces con guitarra, y tienen cierta dificultad en acoplarse y no desentonar…

12ª. “El sarao de la chacona”. «Baile del siglo XVII que entonces era tan famoso como lo puede ser hoy el reguetón», nos aclara Juan. Es de Juan Arañés (muerto hacia 1649), que sigue el estilo de los preservados en el Cancionero de Cracovia y del que Juan Sebastián Bach hizo su versión particular, imitándola. Describe cómo se movía el personal y es el reflejo de la fama de la época. En su origen, es una danza festiva, viva y de gran erotismo.

Finalmente, tras los aplausos, nos regalan dos bises, cuando Juan añade: «Bienaventurados los que piden, porque serán hartos…; es posible estar aquí hasta las tres de la madrugada, aunque no estaremos…; lo que se hacía para rondar a las mujeres…».

13ª y 14ª. Juan comenta que ellos siempre comienzan y terminan los conciertos con dos cantos sefarditas: “A ti, oh querida” y “Ocho kandelikas”.

“A ti, oh querida, pues me amargaste la vida…”, está imitada o copiada, en parte, por Giusepe Verdi en una aria del final de la Traviata, que se canta a dúo: es una línea melódica que coincide con este estribillo o estrofa…

"Ocho Kandelikas" es una canción judía que celebra las vacaciones de Hanukkah. La canción se canta en ladino, un idioma derivado del español tradicionalmente asociado con la comunidad judía sefardí, cuyos antepasados vivieron en España antes del siglo XV. La canción se realiza, a menudo, en un ritmo de tango argentino, acompañado de acordeón y violines. A pesar de su tono tradicional, es una composición moderna, escrita por el compositor judío-americano Flory Jagoda, en 1983. La letra de la canción describe la alegría de un niño al encender las velas en la menorah. "Ocho Kandelikas" es una canción participativa en la que el público va a conjuntarse con los intérpretes y, en realidad, sirve para agradecer a Andrea y Fernando que vayan contando con ellos (Juan y Marisi), para estar en este espacio tan maravilloso. Juan agradece, nuevamente, al público su atención exquisita y permanente, diciendo: «Muchas gracias y hasta siempre», animando a participar al público «para llevarse el certificado de haber estado en el concierto y haber tenido buen aprovechamiento…», con la carcajada general correspondiente.

Y así fue como se produjo una maravillosa fusión entre el receptivo público y los entregados intérpretes, hasta que todos se fundieron en un prolongado y cerrado aplauso, incluso con bravos y voces pidiendo otra, otra…

Juan finalizó su intervención diciendo: «Gracias por el interés y el gusto con los que nos habéis oído…». Y remachando: «Muchas gracias de todo corazón; nosotros dos lo hemos pasado maravillosamente, en este concierto conmemorativo de los siete años de creación de cultura, amor y sentimientos».

En fin, que La Sinagoga del Agua nos proporcionó un hermoso regalo musical, mediante una interesante, nostálgica y melosa miscelánea sefardí-romancera, en la que todos viajamos durante más de una hora, cual cómodos argonautas sentados en nuestros aposentos, en busca del vellocino de oro de la quimérica e íntima felicidad personal…

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