Las aguas bajan turbias

Por Mariano Valcárcel González.

Se está removiendo el patio, cual se remueven las arquetas y sumideros antes de la tormenta, y lo sabemos porque huelen que apestan.

Pues sí; hay movimiento que ya no tiene que ver con esa Cataluña del disparate, pero que –de seguir– abonará la ganancia de los pescadores del río revuelto, allí y en otros sitios. Y quien no quiera observar los signos de los tiempos, que no los observe; o peor, que observándolos no se dé por enterado. Muy necio debe ser quien así obre, y me temo que necios y con mala uva hay para cosechar.

A los jubilados les está llamando a la puerta el desajuste y racaneo con que se ha abordado el abono de sus pagas. Ese 0’25% de aumento, decretado en estos años, se comprendía si servía para atemperar la crisis que nos aplastaba; que los jubilados, en general, son poco gastones y se conforman; pero es que, encima, tenían y tienen que acudir en ayuda de sus descendientes, que sufrían en sus propias carnes los tremendos efectos derivados de las medidas supuestamente adoptadas para capear tal coyuntura. Hasta ahí llegó su comprensión y sacrificio, aunque se les tildase, con bastante injusticia, de ser unos privilegiados. Los intentaron convencer y adormecer con todo lo anterior, y seguir contando con ese caladero de votos, tan seguro.

Pero todo tiene su fin. Pretender que se siguiese en la misma situación, cuando a la vez se presume de la salida del túnel, del crecimiento sostenido y demás signos positivos, era absurdo o era tratar al colectivo de tontos. Y cínicos, cuanto menos, quienes eso pretendían. Ustedes sigan con sus pagas y su pérdida de valor adquisitivo –que total, si no gastan–, y nosotros les prometemos que vamos a hacer esfuerzos sobrehumanos para que no les falten. Porque es que, además, también estaban asustando al personal con el anuncio más que recurrente de que el sistema de pensiones, tal y como se venía desarrollando, ya no era viable; o sea, que, por un lado, querían asegurar la tranquilidad y, por el otro, preconizaban el colapso. Miren –decían–; búsquense la vida los que todavía pueden hacerlo, porque luego no se sabe en qué va a acabar todo esto.

Y los jubilados ven que sus pagas actuales van a mermar si no se las revalorizan y ven que, además, los fondos que debieran nutrirlas ya no existen o no tienen fuentes de capitalización (los actuales trabajadores, en general, ganan poco, cuando pueden trabajar, que es poco seguro; así que el maná se agotó). Precario todo. Ven que se pretende ir aumentando la edad para poder jubilarse (a este respecto me río yo de quienes abogan por seguir trabajando; eso sí, en trabajos fáciles de llevar y bien remunerados, como lo dicen un, por ejemplo, gobernador del Banco de España, o una vividora del cuento como es la señora Villalobos, ¡que además es presidenta del Pacto de Toledo!). Así que la perspectiva está más bien negra, tanto para los jubilados actuales como para los futuros beneficiarios del sistema.

¿Cómo se entiende que se encuentren hoy día jubilados que ganan más que trabajadores en activo…? Este desfase es el que hace, en realidad, que este tren descarrile sin remedio y, como se anuncia a bombo y platillo para ocultarlo, que cada vez hay más personas mayores beneficiadas de las pensiones. Cierto; sí que las hay, porque el desarrollo demográfico camina imparable hacia esta inversión total de la pirámide, gracias a una demencial política –mejor dicho: carencia de política–, a favor de la conciliación familiar, la natalidad sostenible económica y socialmente, la asistencia pública y la facilitación de medios y recursos para el fomento de la misma (y, no tanto, de boquilla y de rancio estilo del proteccionismo caritativo y religioso).

Y en esto entramos, en el otro movimiento que se desata, cual marea.

Me refiero a lo que atañe a la mujer; a sus aspiraciones. El 8 de marzo hubo una convocatoria que, por lo que se ve, quienes debían venir no vinieron, o la supusieron anecdótica. Convocar a manifestarse a las mujeres, a hacer amagos de huelga, ya fuese total o parcial, y llevarlo a cabo de forma bien evidente y numerosa es cosa que tener en cuenta; no a minusvalorar. Hasta ahora, el voto femenino se había tenido como voto oculto, de segundo efecto, subsidiario o subordinado al masculino. Nadie, salvo contados grupos políticos o colectivos, había hecho ningún esfuerzo notorio por captar y fidelizar el voto de las mujeres, tan numerosas.

Lo anterior dicho sobre la maternidad, o no, descansaba hasta ahora en el exclusivo esfuerzo de la mujer (y no me refiero a eso del «Nosotras parimos, nosotras decidimos»). Porque ella es la protagonista, para todo. Adaptarse a los tiempos obliga a ir adaptándose a los modos, o ir adoptándolos, en los que el hombre tenga que asumir unas responsabilidades y unos roles activos respecto al tema. Cierto que «No se ganó Zamora en una hora» y que ello llevará tiempo. No puede ser inmediato, como pretenden grupos feministas, faltos de sentido de la evolución de la historia (que lo anclado durante milenios será duro de arrancar); pero creer que aquí no pasa nada y que todo seguirá tal cual es una más de las ineptitudes con las que nos tienen acostumbrados.

Ya se mueven las mujeres, ya empiezan a levantar bien la voz, ya requieren acciones que evidencian que se les comprende y se les atiende. Se piden leyes y normas. Para ello, estarán los partidos políticos que sepan interpretarlo y materializarlo; ellos se llevarán los votos que hasta ahora algunos creían fidelizados.

Los dos movimientos anteriores, jubilados y mujeres, han salido o salen estos días a las calles a protestar. Se hacen visibles y con su visibilidad arrastran a otros, crean un estado de opinión que no favorece al gobierno actual. Si a estos colectivos les siguen otros (indignados más o menos), puede que la atmósfera se torne turbia y algo irrespirable; y eso –repetido– le cueste la mayoría y el gobierno, al partido que hasta ahora lo viene detentando. No es cosa de dejar pasar, de tratar de pudrir por inacción y cansancio. Eso ya puede que no valga.

Pero yo, personalmente, confío poco en que quien debiera entenderlo así, así lo considere. No es ni su estilo ni tiene capacidades para lo otro. Y, además, esta izquierda, ingenua o desacertada, plantea a destiempo (¡qué pena que coincida con estos casos últimos de desapariciones y asesinatos!) lo de la reversión de la pena indefinida revisable, que está en consulta del Constitucional y ahí debe dejarse, por ahora; es darle aire a la derecha, que sabe que esos jubilados –tan cabreados– son, sin embargo, partidarios de mantenerla.

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