“Los pinares de la sierra”, 98

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Regresan dos viejos conocidos.

En aquel momento, vimos entrar a dos señores con cierto aire de misterio, que se sentaron en los taburetes de la entrada, en un extremo de la barra. Algunos los miramos de forma instintiva, pero el humo del local no nos permitía identificarlos.

―Muy bien, señores ―dijo Paco, levantándose de la mesa―; como veo que ustedes no tienen prisa, yo pago lo mío y lo de Aguilar y nos marchamos, porque tanto él como yo tenemos obligaciones. Eso, si no me han robado la moto, que la he dejado en la esquina y la gente de por aquí no es de fiar. Por cierto, Javi, ¿quieres sentarte delante o detrás? ¿Te abro la ventanilla o prefieres que ponga la calefacción?

Velázquez y la señorita Claudia también se levantaron, dando por acabada la tertulia; y, a continuación, el resto se dirigió a la barra para saldar su cuenta. Desde que comprendimos que nunca podríamos ganarle una partida de “chinos” al señor Bueno, cada uno pagaba lo suyo, y tan contentos. Estábamos ya casi en la puerta, cuando Arumí se fijó en los dos hombres apoyados en el extremo de la barra. De pronto, haciendo un gesto de asombro indescriptible, exclamó en voz baja, como si no creyera lo que veía.

―¡Señor, Roderas…!

Y Fandiño, que también los había reconocido, completó la expresión.

―¡Mercader…!

Sin aparentar sorpresa alguna, Mercader se echó a reír y empezó a saludar.

Fandiño, Arumí…; tú eres Paco, y este un amigo tuyo que no recuerdo cómo se llama. ¡Qué alegría de veros!

Los saludamos con la lógica alegría del que, después de algún tiempo, se encuentra con alguien al que no pensaba volver a ver. El señor Bueno les presentó a Velázquez y a la señorita Claudia; y, afectuosamente, les estrechó la mano. Nosotros no sabíamos qué cara poner y fue Mercader quien se puso a dar explicaciones.

―Las vueltas que da la vida, ¿verdad? Seguro que no esperabais vernos por aquí. Lo nuestro fue un error, una lamentable confusión; pero lo importante es que ya estamos de vuelta y volvemos a ser unos ciudadanos libres y honorables como vosotros.

―¿Necesitáis alguna cosa? ¿Dinero? ¿Trabajo…? ―preguntó el señor Bueno—.

―No, muchas gracias; llevamos una semana trabajando como ejecutivos de La Cruz Magnética Vitafor. Un buen asunto del que ya os hablaremos algún día.

Nos despedimos. Fuimos en busca de la moto y le dije a Paco, a modo de comentario.

―¡Joder…! ¿Te has dado cuenta de que Roderas ya no lleva el Rolex?

―Pues claro. ¿Tú que esperabas? Que acaban de salir de la cárcel, coño. Que no vienen de hacer un crucero por el Caribe.

―¿Has visto qué mayor está Roderas? ¿Te has fijado cómo tiene los bracitos?

―¿Cómo quieres que los tenga, después de siete u ocho meses en el talego? La cárcel come mucho, tío.

―Sí, de acuerdo; pero…

―¡Recomíos vivos están los dos! Ya lo has visto, tío.

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