Invertido/afeminado/amanerado/SARASA

Por Salvador González González.

No soy lingüista, para analizar los léxicos, su origen y/o etimología; de ello, Berzosa nos puede poner al día (merecería la pena hacer una recopilación con todo lo que al respecto nos viene mostrando como auténtico experto). Pero, al hilo de lo mucho que se viene hablando y publicando, quiero reivindicar esta palabra en mayúscula para designar a aquel cuyas inclinaciones de ámbito orgánico, porque nace desde dentro, es decir, por razones endógenas, tiene una inclinación invertida (de ahí otro de los términos empleados, “invertido”, aunque igualmente hoy poco en uso) hacia el sexo opuesto. Es decir, el “Sarasa” creo que nace con esa inclinación; no se hace. Esta palabra la recuerdo con cierta nostalgia porque, de pequeño, la empleábamos para designar a aquellos compañeros a los que ya se les veía e intuía que venían con esa predisposición a intentar vivir y hacer lo que las niñas hacían, las copiaban en casi todo, tenían unas maneras propias de ellas (de ahí, el término “amanerado”, también en desuso en la actualidad).

Con esa palabra muy empleada por estos lares andaluces, en otro tiempo, como he dicho en mi niñez, designábamos al que “era de la acera de enfrente”, también muy utilizado en el ámbito de que hablo. Un “afeminado” creo que es la palabra con más “decoro” que se emplea para ellos, ya que copian o se parecen a las féminas; por ello, no lleva, a mi modo de entender, ninguna carga peyorativa; sólo hace constatar algo evidente, su semejanza en comportamiento en todos los órdenes, como tendencia “que sale de dentro” a lo femenino.

Nada que objetar a esta situación que, como digo, proviene probablemente de la propia situación hormonal de al que, como tal, le sale al exterior; por ello, nuestro máximo respeto y comprensión.

Yo no diría igual de aquel que -no por inclinación, sino por imitación o por simple experimentación- se inclina hacia el otro lado. Es obvio que, en base a la libertad personal, cada uno puede hacer de sus tendencias, pasiones, modus vivendi…, lo que le venga en gana; eso sí, siempre que respete a los demás en los suyos. No es de recibo, por ejemplo, que se intente vender algo como rol, cuando no lo es en todos los casos, ya que en algunos de ellos no es así.

Hay que protestar y no tolerar que el hecho, de que un sarasa opte a un determinado puesto en la sociedad, constituya un obstáculo para ello; no debe permitirse semejante discriminación, obviamente. Pero, con la misma contundencia, digo que no debe ser un plus para determinadas profesiones; que el hecho de “ser de la acera de enfrente” o potenciar que las personas se hagan “sarasas”, se intente valorar con “excelencia”, el serlo.

Ni lo uno, es decir, menosprecio hacia estos ciudadanos y por ello máximo respeto a esas personas con esas inclinaciones o tendencias; ni lo otro, ponerlos como ejemplo que imitar, basado en una supuesta libertad originaria en el individuo para escoger dicha inclinación (que entiendo es un sofisma que se está inoculando poco a poco en nuestra sociedad; se nace o no para ello, no creo que haya que hacerse).

No llego a alcanzar por qué hay que hacer campañas, ni a favor ni en contra, de que los niños tienen pene/falo/verga/miembro/órgano viril/glande/bálano…, y que las niñas poseen vulva/vagina/panocha/cuca/bollo/concha… Creo que debe ser o entrar en la normalidad más absoluta que, dentro de una educación integral y con aplicación práctica de una coeducación hoy imperante en la mayoría de la sociedad, se den clases de educación sexual a los alumnos, que refuercen y mejoren la que, seguramente algo incompleta, deben recibir de sus familias (a veces no lo suficiente). No quiero entrar en un debate que daría, para muchos posicionamientos de la adopción de niños en parejas del mismo sexo -hoy legalmente establecidas-, los mismos derechos y deberes que una pareja heterosexual tienen. No soy psicólogo y, por tanto, no puedo hacer juicio de valor sobre las consecuencias en la formación de los roles masculinos o femeninos que pueden acarrear este tipo de vivencias, en un bebe que se desarrolle en este entorno. Recuerdo de don Lisardo, que nos daba y hacía test psicológico, según él, existía una “etapa de indiferenciación sexual” en la niñez, en un corto período, por lo que eran vitales los roles que hubieran y viviesen cerca de ellos (don Lisardo “dixit”).

Obviamente, también he de hacer destacar la teoría del llamado mal menor, ante un/a niño/a desamparado/a y con alto riesgo de sufrir penalidades y carencias que podrían llevarle a la muerte (mal mayor). No serían valorables las posibles injerencias en el desarrollo psico-afectivo, por una adopción por parejas del mismo sexo (mal menor en este caso); no cabe, pues, habiendo así ninguna controversia.

En cualquier caso, que cada uno actúe en conciencia y, seguro, que así acertará.

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