Impresiones

Por Mariano Valcárcel González.

Semana Santa. Es un obligado periodo anual que, aparte de la significación o bautizo religioso que se le dio tanto por permanencia de ritos ancestrales como por el recordatorio del suceso culminante del cristianismo (y, en nuestras tierras, efeméride de importancia capital muy celebrada y sentida), en realidad es un rito estacional, que muestra la necesidad de celebrar la eclosión de la primavera.

Hay, alrededor de estas fechas (variables por mor del atavismo de seguir el calendario lunar de la Pascua judía), toda una puesta en escena, todo un rito que impregna (o impregnaba) los variados aspectos de la sociedad, en sus costumbres y manifestaciones tanto privadas como públicas. Recordamos los mayores detalles y acciones, cosas que nos pasaban y que pasaban; y, muchas de ellas, cosas que nos pudieron marcar.

Época de aprendizajes, tanteos, emociones subidas, desencantos y desencuentros, verdaderos días de infancia o de juventud virgen y, por lo tanto, sencillamente idiota. Tiempos que no vuelven porque, además, ya no son ni nuestros tiempos ni muchas veces iguales.

Aparte de las consabidas procesiones y sus vicisitudes, aparte de las acumulaciones de gentes y las tascas y bares asaltados, haciendo imposible el tomarse una copa en paz, aparte de la agradable sorpresa que, a veces, supone el encuentro de personas a las que no se veían en años (y la maleta de recuerdos que aportan y nos derraman), aparte de todo ello y más, existen también aspectos reseñables, aspectos culturales anejos a las festividades y que las aprovechan.

Uno de ellos es el de las exposiciones. Todos los años las hubo en Úbeda. Fundamentalmente de pintura, escultura, fotografía… Todo el que tiene algo que exponer, busca esta oportunidad y se trabaja a los correspondientes responsables del ayuntamiento para poder hacerlo, unas veces con suerte y otras sin ninguna, que ya se le adelantaron otros o con mejor currículo o con más manoen estas lides. Luego, también está la suerte o ninguna, la respuesta del público que se busca al exponer. Pero exponer en Semana Santa ya es un logro.

En el antiguo Hospital de Santiago de Úbeda, que es una exposición en sí misma, se concentran este año varias muestras de trabajos visuales, gráficos o pictóricos. Hay un abanico sugerente de temas y estilos que, en sí mismos, pueden servir como muestra didáctica de parte de lo que se trabaja hoy día.

Sin llegar a los montajes o instalaciones,como se les dice modernamente, y que dominan el mundo artístico que se debe tener en cuenta (y que se compra y se vende a precios astronómicos) hay, en el centro, una particular visión de los mundos oníricos o de recuerdos infantiles de su autor, repetitiva en sus diversas e iguales variaciones y collages; cambios de vestidos,no en el modelo sino en los colores; es el bolero de Ravel ad infinitum

También se puede visualizar una colección de grabados, dibujos o acuarelas y óleos de un fondo antiguo, en el que las costumbres o el paisaje de antaño, campesinos, campos, el mundo rural, ahí persisten y perviven para afirmarnos sin rubor que existió otro tiempo que ya olvidamos o que ya ni se recuerda; un tiempo en el que la vida tenía otro valor, que se medía en gestos y actos sin prisa y en el que, en estas fechas, las de Semana Santa, quedaban marcadas a fuego en el calendario de sus vidas.

Y la gran sala de exposiciones, la que fue amplia sala llena de camas, donde los enfermos pasaban sus penas con mayor o peor fortuna y donde transitaban aquellas monjas de amplia cofia, listas para alzar el vuelo, ahí hay, en estos días, una amplísima muestra de acuarelas de diversos autores. Es la acuarela, o el dibujo a la aguada, un género bien difícil de ejecutar, porque exige de idea exacta del tema que plasmar, composición equilibrada para aprovechar cumplidamente el papel, elección de las tintas o colores que utilizar, y rapidez y seguridad de trazo y de ejecución. Había de todo y, como tal, no todo era igual, ni en calidad, ni en acierto.

A mí, particularmente, me gustan las aguadas ligeras, que insinúen más que muestren; las que te brindan una atmósfera sugerente o que te llevan a completar, con tu imaginación, lo que el pintor te ha dejado en apariencia incompleto. La acuarela ha de ser suave. Insistir en el dibujo, hasta completarlo de detalles para crear un realismo imposible, es más propio del trabajo al óleo que nos permite hasta el hiperrealismo más absoluto, ejercicios de virtuosismo resultón. Por eso, las más trabajadas no dicen nada, no emocionan, consiguiendo lo contrario del resultado buscado.

Abordar el paisaje es típico de la acuarela, aunque también el óleo lo trabaja prioritariamente, sea urbano o rural. En esto, como indico, si es aguada, dice más la sencillez que el abigarramiento; pero creo, también, que en el óleo hay que tener mucho cuidado; que acumular formas y pigmentos lleva a la confusión (aparte del error del principiante de emplastar tanto color que se termina en un marrón o grisáceo sucio). Hay una tercera muestra de óleos de paisajes, en la que precisamente los más abiertos y limpios son los que mejor resultado obtienen.

En fin, tiempo de ilusiones. Tiempo de andar y de mirar. De vivir.

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