“Úbeda, ciudad de leyenda”, 01

Por Fernando Sánchez Resa.

El pasado 28 de febrero, día grande y festivo para nuestra tierra andaluza, con un tiempo casi primaveral en el que el sol jugaba al escondite entre las nubes mirando de reojo a tantos y tantos visitantes que estaban pateando nuestra ciudad y aprovechando el esperado puente, el Museo Arqueológico de Úbeda quiso conmemorar el Día de Andalucía con tres sencillas y lúdicas teatralizaciones de leyendas ubetenses, a las que los postmodernos suelen llamar, actualmente, performances.

La cita fue a las doce del medio día y en su porticado patio interior, en donde se iban a representar tres interesantes y divertidas leyendas del siglo XVI, principalmente, a cargo de la empresa Atlante; con las oportunas explicaciones de su graciosa guía, que explicó alguna leyenda más, y una pareja de actores, con muchas tablas y gancho, que hicieron las delicias de los numerosos asistentes: niños, mayores, autóctonos, turistas… Todos quedaron encantados de la hora de espectáculo, cuasi improvisado, de la que fueron partícipes directos.

Comenzó presentando el acto, puntualmente, su directora, María del Mar Capel, para dar paso a la guía turística y los actores del grupo Atlante.

La guía hizo la introducción de lo que íbamos a presenciar, argumentando que iban a ser tres leyendas del siglo XVI que habían ocurrido en esta afamada y centenaria ciudad; y que, según ella, «Es la capital del mundo…». Afirmación que suscribo.

Por aquel entonces, se bañaba la gente solo una vez al año, allá por mayo o junio, o incluso menos. Las calles estaban muy sucias y eran limpiadas por los cerdos (¡con lo ricos que están…!) y las necesidades fisiológicas se hacían en la calle y lugares apartados, e incluso en rincones de las iglesias; por lo que se le ponía una cruz delante de las viviendas para que nadie defecase allí, hasta que se prohibió poner tanta cruz a diestro y siniestro en las fachadas de las casas… No se bañaban ni cuando se casaban; por eso, llevaba la novia un ramo de flores, para disimular el fétido olor de ambos…

La primera leyenda teatralizada fue “Los Cerros de Úbeda”. Y nos explicó sus cuatro versiones:

1ª. Álbar Fáñez “El Mozo”, noble cristiano que quedó prendado de amor por una guapa mora cuando vino a conquistar Úbeda, incumpliendo su cometido, quedando siempre para la historia la famosa frase que contestó a su rey, Fernando III el Santo, al preguntarle en dónde había estado: «Me he perdido por esos cerros de Úbeda, Señor…».

2ª. Un alcalde de nuevo cuño de Úbeda que se iba a casa con amigas incumpliendo su cometido… Es falsa, aunque pueda parecer verdadera.

3ª. Es del siglo XI, cuando Alfonso VI y el Cid Campeador vienen por estos lares para conquistar Úbeda y no coinciden, puesto que el Cid no la localiza de noche, aunque al amanecer, al divisarla, exclama la misma frase a su rey: «¡Me he perdido por esos cerros de Úbeda!».

4ª. En Argentina dicen la famosa frase: «Por las nubes de Úbeda», que seguramente se basa en una confusión de la palabra “cerros” por “cirros”.

En fin, que hay dónde elegir. Y se hizo la representación con una actriz muy gritona y desparpajada que supo embaucar al público que andaba mayoritariamente sentado, hasta que llegó un nuevo grupo de turistas que quedaron de pie.

Segunda leyenda explicada, que no representada: “Puñalada trapera”, que ha quedado como a traición. Es una leyenda que se produce en las calles o callejones de Úbeda, pero que nace desde aquí muy cerquita, en la iglesia de San Pablo, en la Misa del Gallo de un año cualquiera, cuando los Arandas y los Traperas eran rivales empedernidos; y que, años más tarde, sería renovada su enemistad por los Cuevas y los Molinas…

Como a los Traperas les gustaba ostentar la representación en la mencionada misa y actos similares, surgieron rencillas serias porque los Arandas les habían arrebatado el lugar preferente y de abolengo que les correspondía, según ellos; por lo que empezaron a pelearse, desenvainando sus espadas en la misma iglesia, hasta que fueron echados por el sacerdote. Anduvieron entonces por callejas oscuras y despobladas hasta que, aprovechando que el Aranda en cuestión se encontraba solo, lo sorprende el Trapera correspondiente, asestándole una traicionera puñalada en la espalda; por lo que solamente al Aranda le dio tiempo de afirmar: «Me han dado una puñalada trapera».

La guía aporta nuevas historias con enjundia al hablar de la calle Matillas, que está junto a la sacra iglesia de El Salvador, donde se ve y encuentra una ventana que era de una casa cuna del siglo XVIII. Allí dejaban a los bebés las familias que habían cometido pecado de adulterio o cualquier desliz sexual con resultado. Fueron más niñas que niños los abandonados, porque entonces se pretendía que hubiese más hombres que pudiesen ir a la guerra y servir a la patria; y cualquier hombre, aunque no fuera noble, podía llegar a ser hidalgo de bragueta si conseguía tener siete hijos varones; por eso, llevaban principalmente a las niñas a la casa cuna. En Úbeda tenemos a don Hernán Crespo, único hidalgo de bragueta, que en la portada de su casa, en la calle que lleva su nombre (la transversal a la calle Montiel), en lugar de poner un escudo nobiliario con sus partes pudendas, como era de esperar, puso los atributos nobiliarios.

También nos habló del Archivo Histórico de Úbeda, sito en la tercera planta del Ayuntamiento o Palacio de las Cadenas de Úbeda, que alberga tantas curiosidades e historias interesantes, como las cartas de perdón que escribían muchos maridos informando a sus esposas de haberlas defraudado en la cama con otras. Había dos formas de lavarlas: con dinero (“poderoso caballero ha sido, es y será siempre ese hidalgo señor”) o casándose con la soltera engañada. En sus libros, se han encontrado bastantes cartas de este tipo, tanto de maridos tramposos como de mujeres estupradas, varias y repetidas veces (lo que causó hilaridad entre el público…), en las que piden sean restituidas en su honra perdida con matrimonio y/o dinero; contabilizando que las más de las veces fue del segundo modo más que del primero, porque el hombre lo que quería era disfrutar de los favores sexuales y, si era de alta alcurnia o tenía esposa reconocida, no podía ni quería dejar su estatus. Con esta historia, el buen humor se apoderó del auditorio, una vez más.

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