El constructor de cabañas

Por Fernando Sánchez Resa.

Érase una vez un inocente parvulito que tenía una visión mágico-fantástica del mundo y al que le sobraba imaginación. También poseía una enorme energía física, con ansias desbordadas de divertirse, lo que le permitía fantasear la realidad y hacer uso interesado de los materiales que encontraba a su alrededor.

Por eso, uno de sus juegos preferidos era construir una cabaña, cada día (con el permiso de sus papás o abuelitos; si es que no podía conservar la antigua), tratando de que se acoplara -como anillo al dedo- a su dispersa imaginación; y, de camino, colmase toda su dicha infantil para poder transitar y esconderse en ella, mientras sus padres o abuelos hiciesen como que no lo encontraban, con gran regocijo y satisfacción por su parte.

Él sabía que lo primero y más importante era hacer acopio de los materiales cotidianos que hubiese en la casa o el piso en los que se fuera a construir la cabaña (en el salón o dormitorio), siendo los mejores y más apropiados: un cúmulo de mantas o colchas; también podrían ser toallas, abrigos, batas o todo aquello que sirviese para guarecerse de la intemperie del hogar en cuestión. No debían faltar cojines a mogollón para taponar puertas o asegurar paredes telares que trajesen la oscuridad a la construcción; y que, a ser posible, tuviese varias galerías por las que circular y esconderse para nunca ser visto por sus familiares o amigos, por más que se le buscase.

¡Ah!; y sillas, tampoco deberían faltar, pudiendo ser de distintos tamaños y formas que diesen más consistencia y veracidad a la súper obra que se quería ejecutar.

Serían necesarios -por supuesto- mucho tiempo y ponderadas ganas, para que esta actividad lúdica fuese productiva y dejase contento al aprendiz de arquitecto-ingeniero quien, con recomendaciones familiares “muy sui generis”, elaboraría una obra memorable a la que sería bueno fotografiar con el móvil, para cerciorarse y demostrar que no se había perdido el tiempo y que el producto infantil había tomado la forma real apropiada, casi calco de la imaginada. A su vez, podría y debería ser un buen instrumento para su divertimiento posterior: como era esconderse y permanecer en su recreada semioscuridad, saboreando, cual inocente criatura, la clandestinidad del infante que se sabe mimado y protegido por sus mayores. ¡Qué bonita edad para ser feliz…!

Puestos manos a la obra, su abuelo (que hoy es su mano derecha en tamaña aventura) será quien irá ayudándolo y orientándolo para que la obra telar salga a pedir de boca y pueda recibir el visto bueno del riguroso nieto, sintiéndose contento finalmente de haber culminado una “obra de moros” que parecía sencilla, pero que tenía su intríngulis; y más, habiendo pasado por el duro examen final del cambiante gusto del nieto.

Así, también el abuelo, rememorará y vivirá sus lejanos tiempos infantiles, inmerso en esa linda y amorosa cadena en la que han mediado tantos años, pero que le parecerá que fuese ayer, cuando él se escondía bajo las faldillas de la mesa camilla familiar o de las camas de sus padres o abuelos maternos; e -incluso- cuando pernoctaba en la choza de melonero, en la que durmió alguna que otra noche con su abuelo materno, estando ahora seguro de que no podrán venir de visita roedores ni reptiles como antaño.

¡Qué corto ha sido -y se ha hecho- el tiempo de espera! El abuelo mezcla en su memoria e imaginación al niño que fue con el que hoy es su amado nieto, identificándose plenamente con él, mientras que Abel disfruta (como “un marranillo en un charco”) con esta interesante experiencia, no por archirrepetida menos gratificante.

¡Qué bonito y tierno es vivir cuando hay personas con las que tanto te identificas y los lazos de sangre se convierten en vínculos inalienables de un pasado, un presente y un futuro plenamente realizados y realizables!

El cándido nieto está sumamente contento con la cabaña elaborada y el abuelo se siente más que satisfecho, porque ambos han pasado un rato súper agradable realizando sus respectivos roles de constructores físicos; pero -a su vez- espirituales, emocionales y psíquicos, conformando una vida en común plena que merece la pena sentirla paciente e intensamente; siendo -entonces- ambos, dos vasos comunicantes con una vitalidad desnivelada que solo en ese momento y tras la construcción efectuada ha quedado igualada al 50% en cada uno de sus componentes.

La cabaña durará poco (no porque el nieto no quiera; que bien le gustaría que perdurase para siempre), puesto que la abuelita tendrá que deshacerla (en cuanto Abel se marche a su casa) y poner orden en el piso, colocando cada cosa en su sitio, para que al día siguiente (o cuando se tercie), vuelva a producirse el mismo proceso milagroso de búsqueda de materiales, erección de la cabaña, disfrute de su habitabilidad y reconditez…; a pesar de que llegue su destrucción o desguace final irremisiblemente. Igualito que el mismo ciclo de la vida, en el que todo nace, crece, se reproduce (si se puede) y muere, para volver a empezar una y otra vez.

Ya Ítalo Calvino, magnífico y clarividente escritor ítalo-cubano, en su obra “El barón rampante”, nos lo advertía, por medio de Cosimo Piovasco, barón de Rondó, quien con 12 años y en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del jardín de la casa paterna con el propósito de nunca bajar de los árboles. Y así lo ejecutó hasta el final de su vida.

Los niños son nuestros mejores maestros a la hora de descubrirnos lo más esencial y natural, defenestrando lo superficial o impostado. ¡Hagámosles caso; si no, nos perderemos la salsa más gustosa de la vida!

Sevilla, 17 de julio de 2020.

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