Recuerdos de un safista – 4. Vamos a clase

Por José Luis Rodríguez Sánchez.

Los recuerdos del primer día se amontonan desordenadamente, y el tiempo transcurrido hace que se mezclen con otros similares pero acaecidos años después. Ese día primero lo abordamos con los ojos muy abiertos, con un plus de contención e incluso temor, porque todo era nuevo para nosotros. Pero sobre todo, al menos para mí, todo tenía unas dimensiones que me desbordaban: el dormitorio, la iglesia, el comedor, los pasillos…, todo era desproporcionado y severo; todo era.

Ese primer día dedicamos el primer tramo horario a recibir instrucciones y a conocer las normas de la casa. Lo primero, el horario. Y vimos que empezaríamos temprano todos los días (a las 7:15), salvo los domingos (suspiro de alivio) que nos levantaríamos…, a las 8:00 (¡puf!).

 

Y luego, todos los días, misa a las ocho (¿todos los días?; sí, sí, todos los días). Y como se supone que todos estaremos limpios de pecado y todos comulgaremos, la misa se celebrará en ayunas, con lo que hasta las 8:45 no hay desayuno que valga. Hora y media con las tripas sonando…

Luego, una hora de estudio en esta aula grande en la que estamos. Y a las 10:00 primera clase, que en algunas asignaturas nos separaremos por especialidades. Claro, se me había olvidado señalarlo: estábamos en Preaprendizaje, dentro de la Rama de Profesionales, pero había tres opciones: Delineante (Industrial), Mecánica (Torno, Fresa o Ajuste) y Electricidad (Montador). A las 11:00 tendríamos media hora de recreo, luego otro estudio y luego otra clase. No parecía muy duro, hasta ahora. Luego, ensayo de canto durante un cuarto de hora u otra actividad que se acordase (eso no lo entendí muy bien, hasta que me dí cuenta de lo mucho que íbamos a cantar ese año). Y a la una y media, al comedor, para el almuerzo. No nos atrevíamos a preguntar las múltiples dudas que nos asaltaban, hasta que G. hizo la primera: ¿Y los libros…? Y ya seguimos los demás.

Pero duró poco: cuando estábamos resolviendo nuestras primeras dudas, suena el timbre, y el Hermano P. nos anuncia: «Cada uno a su clase. Mecánicos y eléctricos os quedáis aquí, y delineantes al aula 4, la de enfrente».

Armado de un bloc de anillas y un bolígrafo BIC recargable, afronté mi primera clase. Y sorpresa: el aula, bastante más pequeña que el estudio que habíamos dejado, estaba orientada al sur y el sol entraba por sus ventanales hasta el fondo, iluminando sus pupitres de forma marrón. Al frente, claro, una pizarra, un crucifijo y un retrato de Franco. En un lateral, mapas murales de España, Europa y Africa y un pequeño armarito con libros y otros objetos. Presidiendo, una mesa de profesor con un vade de cuero y un estuche de tizas. Busqué sobre ella la temida palmeta, y no la ví por ningún lado. Qué curioso… ¿Será que aquí no te pegan palmetazos en la mano por no saberte la lección? Pues será que no… Pero, colgada en la pared, vi un objeto similar, una larga regla graduada, de madera, y en la bandeja de la pizarra un enorme compás y un juego de escuadra y cartabón también de madera. No me tranquilizó ver que a falta de la una podría usarse la otra. (Honradamente, tengo que reconocer que nunca me zurraron con la regla. Algún guantazo a mano abierta si me llovió, sí.).

Entró el profesor, don Bernardo, que anunció nos daría matemáticas (¡pues sí que empezamos bien el curso!), y que procedió a sentarnos por orden. Aquí sí que tuve suerte: me tocó el tercer pupitre de la izquierda, pegado a la ventana. Y al otro lado del cristal, disfruté durante todo un año de una vista maravillosa: el valle del Guadalquivir y, tras él, Sierra Mágina, azulada en su lejanía, a veces oculta por las nubes o espejeante en los días fríos, que en el gélido invierno se coronaba con un copete nevado. No sé cuántas veces dibujé su perfil en una hoja del bloc, hasta hacerlo casi de memoria. Y soñaba con que algún día subiría hasta lo más alto de aquel pico que dominaba la sierra, sobre un pueblo blanco que se derramaba a sus pies. Todavía hoy, cuando visito Úbeda por cualquier motivo, no dejo de asomarme a cualquiera de sus miradores y extasiarme con la visión de esta sierra que tanto me hizo soñar de pequeño.

Qué diferencia con el paisaje que tenía en mi escuela; la de mi pueblo. Por las ventanas sólo se veía una calle empedrada de cantos rodados y, al otro lado, las traseras de unos corrales con muros de laja. Al salir al recreo, íbamos corriendo al llano cercano, conocido como el de la Encina Seca (muy seca debió de estar, porque nunca hubo ni un solo árbol en el mismo). Allí podíamos corretear un poco, incluso jugar con pelotas de trapo en un campo de fútbol de líneas imaginadas, con una única portería señalada por dos piedras gordas, tras la cual había un vacío de escombros y otros desechos.

Había una fuente pública, a la que acudían las mujeres con sus cántaros a coger agua potable (obviamente, no la había en las casas; eso no sucedería hasta diez años más tarde), que nos regañaban con contundencia si en lo alocado del juego nos acercábamos a la cola de las portadoras de tales vasijas. Siempre me asombró la increíble facilidad de que hacían gala algunas mujeres al llevar el cántaro en la cabeza, sobre una almohadilla hecha de un trapo enrollado. A la ida, lo traían tumbado; y a la vuelta, una vez lleno, de pie. Andaban muy rectas, y se paraban a charlar con otras, sin mostrar el más mínimo gesto de cansancio. Se colocaban una mano en la cadera y con la otra gesticulaban, sin afectarles al equilibrio.

Algunos, más osados, íbamos al vaciadero del Cerro Fermín, un terraplén en una de las laderas, donde se arrojaban los escombros y hasta las basuras, y que a fuerza de deslizarse cuesta abajo se habían formado unas pistas que aprovechábamos para lanzarnos a toda velocidad, acuclillados sobre los propios pies. Si te conseguías una tabla para deslizarte, eras el amo.

Lo de las caídas iba en el sueldo, y rodillas y codos pelados era lo normal. Aunque nos avisaban del riesgo de infección de tales prácticas y nos amenazaban con ponernos la antitetánica, no recuerdo que ninguno de nosotros sufriese ningún episodio médico de relevancia. Solo el caso de Vicente, un niño escuchimizado que hacía méritos para ser aceptado entre los mayores, que se le ocurrió lanzarse un día lluvioso, con la pista hecha un tobogán barrizoso, y se rompió un brazo y un diente al caer de boca al final del vacie. Se lo llevaron a la Casa de Socorro (un localillo alicatado de blanco en la parte trasera del Ayuntamiento, donde por la mañana pasaba consulta un médico durante un rato y el resto del día estaba un señor mayor, con el brazalete de la Cruz Roja) y volvió al poco con unas tablas y unas vendas inmovilizándole el brazo. Del diente le quedó el hueco. Hasta el día siguiente no podría atenderle el médico, con lo que aguantaba estoico para que no le acusáramos de ‘mariconcete’ o cosas peores, mientras se sorbía los lagrimones y decía «No es ná, no es ná…».

(Continuará…)

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