La cucaracha alemana

Por Fernando Sánchez Resa.

Andan -a media mañana- abuelo y nieto, buscando jugosas y tiernas aventuras infantiles, acompañados del otro nieto, más pequeño y súper simpático, que gusta de ir con ellos en todas las andanzas posibles. Van camino del Huerto del Rey Moro, en pleno centro neurálgico de esta Sevilla calurosa, que -en julio- se regodea más con su tórrida temperatura.

Buscan sombra, paz, sosiego y compañía en ese oasis que la ciudad hispalense y sus siempre loables luchadores ecológicos han permitido conservar milagrosamente.

Llegan sosegados y tranquilos a ese lugar que ya se encuentra poblado por diferentes jóvenes familias que van acompañadas con infantes felices y dinámicos que corretean, saltan y juegan, inmersos en la naturaleza que les circundan, disfrutando de un frescor nada despreciable ni comparable a las calles y plazas soleadas de su entorno sevillano más cercano.

Hay bullicio desenfadado, charlas indiscriminadas, incluso se oyen lenguas varias cual torre de Babel, que expresan el contento de la vida. Hay hasta una japonesita con sus dos hijos que ensaya una y otra vez un baile flamenco, acompañada por sus propias castañuelas, mientras sus dos hijos corretean y disfrutan del ambiente campestre.

Es un espectáculo lúdico y amable que hasta el propio don Quijote y Sancho, con el permiso de la insigne pluma de don Miguel de Cervantes Saavedra, lo darían por bueno, sin desmerecer mucho, de la filosofía de la vida que les caracterizaba.

El nieto mayor ya conoce el lugar, pues lo ha visitado y pateado muchas veces. ¡Le encanta tanto…! Conoce muy bien todos los rincones y vericuetos por los que transitar, en cualquier mañana o tarde de las cuatro estaciones del año, aprovechando el encanto que cada una de ellas conlleva, porque allí la molicie, las aventuras, los sonidos de la naturaleza y el agua y la tranquilidad pueden aspirarse por todos los poros de la piel.

Abel va buscando encarecidamente a una amiga que conoció el otro día -y así se lo va refiriendo, una y otra vez, a su abuelo- para jugar ilusionadamente con ella, pero no le acompaña la suerte; y, tras su infructuosa búsqueda, decide regar las plantas o -mejor- excavar alguna que otra oquedad en el suelo de tierra para realizar una hermosa y profunda charca en la que vaciar toda el agua que le quepa, elaborando un engrudo de barro que le divertirá y entretendrá largo tiempo; siempre con la ayuda de su fiel escudero: su incondicional abuelo que transportará agua o le ayudará -con un palo, buscado por Abel- en la construcción de esa presa imaginaria, en la que el ingeniero niño irá disfrutando y practicando para cuando sea mayor.

Le hubiese gustado que acudiese, como otras veces, su inquieto amigo Nino, un chico dinámico y emprendedor de su misma edad, que le da mucho juego y salpichirri con sus infantiles y ocurrentes ideas; pero tampoco hoy va a ser así. No ha habido suerte tampoco.

Pero no por ello Abel se arredra, sino que emprende su primera misión: buscar los palos (que deben ser dos -y fuertes-; uno para él y otro para el abuelo; ninguno para Saúl, que es demasiado pequeño para ejercer esta labor y se podría lastimar). Hasta que los encuentra y comienza su segunda labor: abrir un hueco, a la sombra, que no al sol que calienta demasiado, en el que verter el líquido elemento para que sirva -juntamente con la tierra- de argamasa real o imaginativa de su trepidante aventura mañanera.

Mas hoy Abel se cansa pronto de su labor de albañilería y el abuelo le ofrece tomar la fruta de media mañana, sentados a la sombra de la higuera, que buen fresquito ofrece. Aprovechan entonces los tres (Abel, Saúl y el abuelo) para tomar apetitosos albaricoques, un plátano y otra manzana, sin pelar, que le saben a gloria a todos; especialmente al pequeño Saúl que con ambas manos sujeta fuertemente el trozo de manzana aspirando su dulce zumo. A pesar de tener solo nueve meses, ya sabe chupar ansiosamente ese sabor que tanto le apetece y que le refresca bastante, tanto del posible calor matinal como de estar entre los calurosos brazos del abuelo.

Tras el tentempié, Abel desiste de la construcción proyectada y prefiere marcharse a casa de la abuelita, pues allí sabe que tiene requilorios y atenciones que solo las entrañables abuelitas saben ofrecer y regalar cariñosa y desinteresadamente.

Ya caminan los tres de vuelta por la calle Enladrillada, sin esperar el inesperado encuentro que les aguarda. Van a ser protagonistas de un casual suceso matinal que les tendrá embobados y entretenidos durante bastante tiempo, especialmente a Abel y al abuelo; aunque Saúl no estará del todo ajeno -ni será convidado de piedra-, sino que ejercerá de personaje interactivo en los brazos de su abuelo, incorporando -cual esponja- toda suerte de aprendizaje ocasional, que le vendrá que ni pintiparado a sus deseos de observarlo y aprehenderlo todo.

En un momento inesperado, Abel nota que hay una cucaracha rubia -con sus brillantes alas- desplazándose rápidamente por la acera en la que vuelven a casa, huyendo -al fin- de cualquier peligro inminente. El nieto advierte al abuelo de no pisarla, para seguir observando su trayectoria con suma atención y delectación. Éste le sigue el juego y ambos, con Saúl en brazos diciéndose a sí mismo «qué mirarán estos tan fijamente al suelo», no pierden ni “mijita” del espectáculo natural que se les presenta en plena calle. Como buen niño (Abel), con sus grandes dotes observacionales ya quiere imitar a Félix Rodríguez de la Fuente sin él saberlo.

La cucaracha no llega a usar nunca sus alas rubias, pero sí sus ágiles patitas para ir y venir, tejer y destejer diferentes itinerarios en un corto recorrido para que los tres protagonistas de este suceso extraño se diviertan o entretengan, lo que supone un gran esfuerzo para el bicho en cuestión.

La cucaracha va librándose de ser machacada o atropellada por los diferentes coches o motos que transitan por la calle Enladrillada, saliendo indemne de sus cruces imprevistos de acera a acera, sus ascensiones a media altura por las paredes de sus casas colindantes, como si fuese un Finn Mcmissile, con ruedas de pinchos, como advierte hábilmente Abel, tan amante de todos los coches que intervienen en su querida película Cars 2, con su principal protagonista a la cabeza.

Y, efectivamente, la cucaracha trepa por los rincones y las tuberías, enganchándose entre las telarañas que, como no pueden aguantar su peso, la hacen caer al suelo, sin que le produzca ningún daño, como le ocurre a su amado Finn Mcmissile; y que Abel recuerda -una y otra vez- a su abuelo, pues es su admirado coche, espía intrépido y valiente, que sale victorioso de la aventura en la que se mete dentro de las entrañas de las estructuras de las prospecciones petrolíferas, colándose sigilosamente, buscando siempre audaz y peligrosa información.

Ahora no es el momento de recordar otras múltiples aventuras que Abel realiza en su largo pasillo familiar, rememorando a ese coche tan admirado por él (y de otros compañeros de rodaje), que hacen sus delicias diarias visionando, una y otra vez, su película favorita: Cars 2; por eso su colección de coches ya asciende vertiginosamente por encima de la centena.

La cucaracha es un insecto muy peculiar, pues incluso escala una rueda de la moto que hay aparcada en una de las aceras, hasta que decide torcer la esquina y coger otra estrecha vía -la calle Santa Paula- en la que seguirá peligrando su vida, puesto que ya no camina por la acera o rincones del arriate que la separa de la calzada, sino que deambula por su mismo centro, con el peligro de quedar quemada por el tórrido sol bético que ya está bien alto en el firmamento. Es gracioso oír decirle Abel al abuelo que la cucaracha se va a achicharrar; e, incluso, que se va a quemar la panza, si sigue caminando bajo ese sol desértico, sin ampararse en la sombra más fresquita y necesaria que proporciona la acera derecha.

El insecto hace varios intentos de meterse en alguna casa, pero no lo consigue o no le interesa. Quizás vaya buscando algo que ninguno de los tres humanos que la observan pueden figurarse.

Hasta que, por fin, se muda a la acera derecha, bajo la sombra reparadora; y, entonces, es cuando -paradójica y fatalmente- llegará su final.

Están los tres actores de esta aventura observando fijamente a la cucaracha que, por fin, quiere meterse en el aparcamiento -bajo su inmenso portón- que tienen las monjitas del Convento de Santa Paula a su disposición. Y mira por dónde, al apartarse ellos para que pueda entrar su furgoneta, es cuando se produce el luctuoso suceso: es machacada literalmente por la rueda delantera izquierda, sin que ninguna de las tres monjitas que van dentro sean conscientes del accidente fortuito producido.

Cuando cierran el portón y pueden acceder nuevamente a la acera, los tres caballeros andantes comprueban trágicamente que la cucaracha ha dejado de existir, pues se encuentra machacada en la acera, víctima de su valentía e inconsciencia.

Abel no se lo quiere creer del todo y piensa que la cucaracha se ha ido a otro lado; aunque parece conforme, en un principio, que haya pasado a mejor vida y se encuentre ya en el cielo de estos insectos.

Entonces marchan a casa de la abuelita un tanto compungidos e impresionados por los avatares de la vida que tienen que sufrir todos los seres vivos, incluida la cucaracha voladora.

No quedando conforme Abel, al día siguiente, vuelve por sus pasos al Huerto del Rey Moro y quiere hacer una visita antes al lugar del luctuoso suceso del día anterior, con la esperanza de que la cucaracha voladora corriera y se refugiara en el corralón de las monjitas, para descansar y vivir plácidamente su dura vida de insecto. Ya no acepta que esté en el “cielo de las cucarachas”.

A lo mejor lleva razón y esta historia podría haber tenido otro final más bonito y esperanzador: dejarla que se escapase y llegara a encontrar el hogar que iba buscando ansiosamente, disfrutando más tiempo de él, antes de subir allá arriba.

¡Qué frágil y cambiante es la mente infantil; y la humana, en general, ante la aceptación de los sucesos más cotidianos o extraordinarios de la vida!

Sevilla, 2 de julio de 2020.

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