Tras la desescalada

Por Fernando Sánchez Resa.

Ansioso estaba yo (como muchos conciudadanos de nuestro país), porque nos dieran rienda suelta a algunos españoles y a todos los andaluces, para poder salir de la provincia de Sevilla y acudir -presto- a la ciudad que me vio nacer, tras no haberla pisado desde enero.

El confinamiento obligado ha servido para impulsar y aumentar -aún más- esas ansias que tenía de salir de mi encierro obligado (casi carcelario, diría yo) y volver a respirar los aires de la “Ciudad de los Cerros”. Me recordaba mucho (esta situación) mi estancia obligada en Melilla, cuando hice el servicio militar obligatorio y soñaba con volver a respirar el aire de la “peni”, como lo llamábamos en nuestro argot soldadesco, envidiando a todo aquel que volvía de permiso a su casa, pues allí podía insuflar en sus pulmones (y mente) aire puro peninsular e ilusiones varias anheladas. ¡Qué bonita es la libertad y qué pronto se pierde (o nos la quitan) por cualquier cosa: enfermedad, pandemia, órdenes sanitarias o políticas…!

No podía quitarme de la cabeza esas añoradas visitas familiares para felicitar -el siempre anhelado 13 de junio- a mi abuelo Antonio en su propia casa; evento que ya nunca volverá a repetirse con esta “nueva anormalidad” que, entre unos y otros, nos han impuesto por culpa del coronavirus. Aquel cuadro familiar, entrañable y tierno, en el que los primos (y, por supuesto, el resto de familiares íntimos: padres, hermanos, cuñados, tíos…) teníamos un contacto humano sano, gratificante y lúdico, lo he echado mucho de menos y me he acordado infinitas veces, pues era una escena que no se ha repetido este año, puesto que muchos de aquellos familiares ya están en el otro mundo o desperdigados por la geografía peninsular o europea, ya que los derroteros que ha tomado nuestra “nueva sociedad” nos va llevando por caminos divergentes a los que antaño fueron; por desgracia…

En nuestra maleta de viaje no podían faltar -esta vez- las mascarillas (el bozal, como le llamábamos cotidianamente en familia; pues bien que nos parecemos a las bestias que mi abuelo y tíos paternos ponían con frecuencia para que trabajasen en el campo).

También llevábamos en nuestras alforjas mentales, mi esposa y yo, las ganas de resolver los múltiples problemillas o encargos que se habían ido acumulando a lo largo de estos cinco últimos, largos y tediosos meses.

Salimos el viernes desde la ciudad de La Giralda y la Torre del Oro, ya en la noche, por culpa de nuestras variadas e ineludibles ocupaciones de jubilados, haciendo, no obstante, un tranquilo viaje, mas siempre con ojo avizor continuado, pues la conducción nocturna nada tiene que ver con la diurna y más cuando el conductor (que soy yo) va cumpliendo años irremisiblemente. Llegamos a Úbeda, cuando esta andaba bien dormida, envuelta en su fresca noche. ¡Cómo notamos la diferencia de temperatura y frescor entre ambas ciudades…!

Dormimos raudos (y escasamente), pues el sábado, en su loca carrera para un jubilado súper ocupado (como el que esto escribe), había múltiples tareas que resolver. No podíamos dejar pasar la ocasión de tomar nuestros churros con chocolate, para desayunar, lo que hicimos puntualmente, en una churrería de la Corredera de San Fernando. La compra de productos autóctonos ("suspiros de Úbeda") también era tarea obligada y gustosa, en la Plaza de Abastos, para que tanto los productos de panadería de la hija de Julio (hornazos, tortas de candelaria…), como los de la huerta de nuestro vecino Salva, surtieran nuestra despensa y de alguien más; aunque nos quedamos con las ganas de llevarnos unos kilos de ricas brevas del terreno; pero no tuvimos suerte, puesto que será la semana que viene cuando harán acto de presencia (nos dejamos llevar por la ilusión de que las brevas ya circulaban alegremente por los mercados de Sevilla centro, comprobando que aquí los productos agrícolas y hortofrutícolas siempre son un poco más tardíos que en la capital de Andalucía). No podían faltar las morcillas, los salchichones y los productos cárnicos de la caseta de Carnicerito, a degustar en la tranquilidad de nuestro hogar sevillano, ya que sus cualidades culinarias siempre son más añoradas y de mayor calibre, cuanto más lejos de nuestra ciudad renacentista nos encontremos.

Hasta tuve tiempo de ir a mi barbero habitual (mi amigo José Ángel, deportista de pro en sus ratos libres), que me atendió soberanamente, como siempre viene haciéndolo, por cita previa y con nuevos productos y medidas de seguridad. Me dio una nueva imagen personal que, con la mascarilla, apenas puedo lucir con familiares y amigos.

Las felicitaciones por WhatsApp, teléfono o presenciales con mascarilla, al ser el día tan señalado en Úbeda, no podían faltar. Y bien que las aprovechamos, porque teníamos hambre de contacto humano, aunque hubiésemos de guardar la distancia y las medidas de seguridad que nos prescriben y machacan continuamente.

Por eso, no quisimos faltar a la cita de tomar unos caracoles (y lo que se terciase) en el bar de Los Buñoleros, tan afamado en esta Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Aunque nos pasó como con las brevas, puesto que echamos de menos el que no estuviese abierto el restaurante “El Seco”, para poder degustar, una vez más, sus sabrosos platos caseros, impregnados del más señero pedigrí ubetense. Tuvimos mala suerte, porque abrirán mañana lunes, cuando nosotros ya estemos, de nuevo, en Sevilla, disfrutando de nuestros dos queridos y encantadores nietos (Abel y Saúl), que me tienen sorbido el seso y la voluntad.

Afanes personales consumieron el resto de la jornada, no sin antes felicitar a mis dos hermanos por su onomástica y charlar largamente con ellos, sobre todo lo vivido últimamente.

Hasta tuve tiempo de ir a la estación de servicio de Carrefour para repostar mi coche y comprobar lo cabreado que andaba el empleado, porque había puesto varias veces guantes para poder auto servirse los clientes y los habían robado otras tantas; por lo que salió él, expresamente, a dármelos y explicármelo todo. Nuestra conversación rondó sobre ese tema. Yo le dije: «Pero no decían que con lo del COVID-19 nuestra forma de ser y pensar iba a cambiar para siempre…», recibiendo su sorprendida expresión de extrañeza y enfado; lo que demuestra que el comportamiento del ser humano, en general, no cambia ni como individuo, y menos como especie, pase lo que pase, puesto que nuestra memoria y propósitos son muy frágiles.

El sueño reparador vino a mostrarme cuán cansado me encontraba y cuanto necesitaba el descanso para tomar nuevas fuerzas para hoy, domingo, ya que tras hacer el mismo desayuno que ayer (churros con chocolate) y adecentar el patio de nuestra casa, que casi le ocurre como a Brasilia, con su exuberante vegetación, porque en cuanto pasa un tiempo quiere ser el que fue cuando esta antigua casa era de mis abuelos y andaba más agreste; y en la que los arbustos, las higueras y los abundantes caracoles tenían aquí su fiel y segura morada.

Con gran pena, esta misma tarde, tras la opípara y tranquila comida que hemos hecho a la fresca sombra de la Torre Albarrana de la Corredera de San Fernando, marcharemos tristes (pero a la vez contentos), porque hemos aprovechado plenamente el primer fin de semana de la desescalada y volveremos de nuevo a recibir el cariño y los enternecidos besos de esas dos criaturas que son lo más importante que hay en mi vida; además de que también llevamos, en nuestras alforjas, golosa literatura de nuestra poblada biblioteca particular, habiendo contribuido -a su vez- a que la economía regional y local se incremente con nuestro pequeño grano de arena, practicando turismo de interior del bueno.

Úbeda, 14 de junio de 2020.

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