Un parvulito ante el coronavirus

Por Fernando Sánchez Resa.

Llevo demasiado tiempo encerrado (mis padres y abuelos le llaman confinado), por lo que me gustaría contar lo que siento ante lo que nos ha metido el famoso coronavirus chino, del que ya me sé hasta su nombre científico de tanto oírlo: Covid-19…

Es curioso que, antes de que ocurriera todo esto, me advertían mis papás que tuviese cuidado con las pantallas de televisión, ordenadores o móviles, porque eran peligrosas para mi salud física y mental, pues crean niños hiperactivos; y ahora veo cómo hasta los maestros (por imperativo legal, según me sopla mi mamá) han cogido esa herramienta para comunicarse conmigo y con el resto de mis “compas”; bueno, con mis padres y los de mis amigos, para que hagamos las tareas escolares como si estuviésemos en la escuela, pero sin mis amigos ni mi querida maestra que tanto me ayuda y quiero, a distancia. Hay hasta un día de la semana señalado, en el que nos conectamos todos, para hacer (o intentarlo, pues suele parecer más bien una jaula de grillos) una asamblea al estilo de la que hacíamos cuando llegábamos todas las mañanas al aula, para dar los buenos días y contarnos nuestras cosas. Antes, siempre me decían, que con el abuso de las pantallas se me podía dañar la vista y convertirme en un niño hiperactivo; y ahora parece que se han olvidado de ello y han pasado al otro extremo. Me huelo que les está pasando como a casi todos los que mandan, pues, según les interesa, así actúan y razonan, cambiando de bando y parecer cada dos por tres.

Lo que más echo de menos es ver y abrazar a mis amigos, todos los días, y jugar en el patio con ellos, aunque algunas veces nos peleemos y me echen tierra en los ojos, con el consiguiente regaño de nuestra maestra. También echo mucho en falta a mis abuelitos y titos más próximos, pues me quieren y los quiero a rabiar.

Ahora parece que las normas de educación que me estaban inculcando (ser amable, dar un beso a familiares y conocidos, etc.) las han prohibido y más parecemos unos niños mal educados, pues, por poner un ejemplo, cuando marcho de paseo con mi papá o mamá (ya que con ambos juntos no puedo ir todavía), si nos encontramos a alguien en la misma acera, o se bajan o nos bajamos nosotros a la vía pública, con tal de no encontrarnos y esquivarnos. Dicen que debemos de estar o pasar a dos metros de distancia. A mí me parece eso una barbaridad; claro que yo soy un niño y no tengo mi mente adaptada a lo que la “nueva normalidad”, que según me recalcan, requiere.

Pero veo, por otro lado, grandes ventajas en no ir al cole, puesto que no tengo que madrugar por obligación todos los días y me encuentro más tranquilo y relajado pudiendo jugar y hacer volar mi imaginación infantil mucho más; incluso, hay veces que llego hasta a aburrirme o cansarme de estar tanto tiempo sin salir a la calle y no tomar el aire y el sol. Una de las cosas que más me encanta es construir cabañas con la ayuda de mis papás, en las que puedo esconderme y perderme, siguiendo los dictados de mi imaginación desbordante; y hacer carreras de coches por el largo pasillo de mi casa, ganando yo siempre, como es lógico. Me encanta la película Cars y a sus actores y actrices principales les tengo mucha admiración; por eso, le pido a mis padres y abuelitos que me los compren todos; incluso sé muchos de sus nombres y eso que son en inglés.

¡Ah!, y también me gusta abrazar y besar muy fuertemente a mi hermanita que está muy graciosa, casi siempre, menos cuando empieza a llorar y mamá tiene que dejarlo todo y darle teta rápidamente para que se calle y no alborote la casa, desatendiéndome a mí que soy el niño mayor de la casa y al que siempre han consentido más. No sé si llegaré a acostumbrarme de no ser siempre el número uno en mi casa. Tampoco creo que sean celos de hermano, algo destronado; pero no me sienta nada bien, aunque luego tengo buen corazón y lo perdono todo, cuando se me pasa. Con un beso y un abrazo zanjamos en mi casa todas las cuestiones, aunque -a veces- me ponga cabezón y no razone en ese momento lo suficiente. Aquí no tenemos prohibidos los besos y abrazos entre nosotros cuatro; el coronavirus no ha podido -todavía- con nosotros.

Quizás todo esto tenga que ver bastante con esta encerrona tan larga que hemos tenido, pues los niños, como los ancianos y las personas en general, necesitamos ver y sentir el aire, el sol y el cielo, además de a otras personas para que -según me han dicho siempre- podamos socializarnos como personas civilizadas. No sé qué decir de ese tema, pues parece, en mi corta edad, que muchas veces la civilización deshumaniza al ser humano con sus lacras y coerciones. No es que estas frases sean mías, sino que las he oído a mis padres o abuelos; y, como tengo tan buena memoria, las suelto así como así, como si fuesen mías y las entendiese de corrido.

Yo siempre he valorado y querido a mi familia, especialmente a mis padres, titos y abuelos; pero, en estos momentos, los necesito mucho más. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que -desde que nacemos hasta morirnos, según me cuenta mi mamá- es nuestra familia la garante y sostén de nuestra salud física y mental.

Hemos estado demasiado tiempo encerrados. Menos mal que ya puedo salir una hora todos los días con mi bici o patinete y ver de lejos a mis amigos más queridos, pues los he echado mucho de menos; y los sigo echando. Parece ser que ya están diciendo que no volveremos al cole este curso y que -en septiembre- todo va a ser diferente, porque tendremos que estar todo el día separados a más de un metro y medio o dos los compañeros y amigos, así como de mi maestra; y que los recreos ya no van a ser iguales. Qué pena, con lo que me estaba costando acostumbrarme al cole y ahora todo lo echa a perder este dichoso coronavirus, importado de China, que nos está haciendo la vida imposible. Confío, como dicen mis abuelos, que todo esto mejore definitivamente y nos podamos besar y abrazar, sin peligro de coger ni transmitir una enfermedad.

«¡Dios lo quiera!», como dice mi abuelita, con la que tengo plantadas distintas macetas de habichuelas, lentejas…, y observo cómo van creciendo rápidamente. ¡Es tan bonito ese espectáculo natural!

Sevilla, 16 de mayo de 2020.

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