Leyendas sevillanas, 2

Por Fernando Sánchez Resa.

La segunda parada la hacemos en la Casa de las Sirenas, que se construye entre 1861-1864, por orden de don Lázaro Fernández de Angulo, marqués de Esquivel y rico terrateniente, en el lugar de paseo preferido por la “gente bien” de Sevilla en la época. La Alameda disputaba el señorío como lugar de esparcimiento con el Paseo del Río, que quedó finalmente destinado a caballerías y carruajes, mientras que a la Alameda se solía acudir a pie.

Quedamos enterados de que la riqueza está en su interior y jardines internos, gracias al famoso arquitecto Joaquín Rodríguez Ayarragaray, que rompe la estética sevillana al estilo francés y utiliza buhardillas y pizarra para la decoración profana de la fachada, usando el mármol y disponiendo de un jardín exterior con un enrejado. Contaba con un patio central y jardines afrancesados, aislados del exterior por un muro culminado por motivos románticos. En las rampas laterales, que daban acceso a la puerta principal, se colocaron dos grandes sirenas de bronce sobre pedestales, y otras menores en las jambas de la portada, que dieron origen al nombre popular de “La Casa de las Sirenas”. El conjunto se complementaba con dos edificios anexos, que servían a su vez de tapia, y que se usaban seguramente de caballerizas o almacén. 

Tan sólo seis años después de finalizar la construcción, el marqués de Esquivel vendió la casa. Desde entonces, ha pasado por diversos dueños, llegando a ser incluso casa de citas, hasta quedar abandonada desde la década de 1980. Debido al estado de abandono, la casa llegó hasta la auténtica ruina.

La Casa de las Sirenas siempre ha estado rodeada por un hálito de misterio. Los vecinos del lugar comentaban que debajo de la casa pasaban túneles y que, además, en la casa habitaba un fantasma.

En 1992, la adquiere el Ayuntamiento de Sevilla, emprendiendo su reconstrucción, réplica de la original. Actualmente es Centro Cívico del Distrito “Casco Antiguo”, con abundantes actividades culturales: conferencias, conciertos, exposiciones, etc. El caso es que La Casa de las Sirenas ha vuelto a su esplendor, tanto en lo arquitectónico como en lo esotérico.

La tercera parada fue en las columnas de Trajano. La primera se recoge en la calle Mármoles. La segunda fue del foro romano del Templo a Hércules. El traslado de las columnas fue todo un acontecimiento en la ciudad. Nos lo cuenta Benito Morel (mientras estaban tocando el cuerpo de campanas de la Giralda y el Giraldillo), según un documento que narra cómo se trasportaron en cajas con ruedas, balanceándose. La llegada de Hércules a la ciudad había marcado el lugar de su fundación, según la tradición popular, sin tener idea de que no era verdad. Son columnas míticas que se levantan exaltando a los fundadores nostálgicos de la ciudad de Sevilla. Hércules está en la columna izquierda como fundador mítico de Sevilla y España; y Julio César, en la columna de la derecha. La tradición vincula a Julio César con Sevilla, pero algún que otro profesor universitario lo pone en duda.

La cuarta parada la hacemos en “Los Hércules Chicos”. Según la tradición sevillana, siempre vamos a ver estos dos pequeños relieves en hornacinas, que utilizó Pesquera como boceto. No se parecen en nada ambos, por su fisonomía irreconocible; y le adjudicaron ese nombre por su cercanía a las columnas. Un consejo nos da Sergio: “Es mejor verlos de día…”.

La quinta parada fue en la calle Trajano, para admirar y explicar concienzudamente la Capilla de los Luises, de los jesuitas. Con el fin de que fuese más operativa, la visita nos dividimos, espontáneamente, en dos grupos.

Comenzó nuestro amable guía preguntando qué es lo que reconocemos en ella, habiendo pasado tantas veces por este lugar, hasta que corroboramos que vamos como locos en nuestra actividad cotidiana y que no nos fijamos en lo principal; excepto los superdotados que tienen ese don de admirar el arte, allá donde se encuentre.

Es una capilla con una arquitectura religiosa llena de símbolos, cenefas y figuras diminutas. A veces, el sevillano no es consciente del rico patrimonio que tiene en su ciudad y no se da cuenta de detalles que le pasan inadvertidos, por desconocimiento o falta de atención.

La iglesia de los Luises es obra del insigne arquitecto Aníbal González, nuestro particular “Gaudí” costumbrista. Se trata de una arquitectura religiosa simbólica que podemos encontrar, principalmente en su fachada, que se puede tocar, admirar o leer. El edificio tiene una historia apasionante, pues está ubicado entre lo que eran –antiguamente- otras construcciones religiosas importantes, como la parroquia de San Miguel, en la plaza del Duque, o el viejo convento-noviciado de la Orden de Frailes Mínimos de San Francisco de Paula.

En el año 1866 pasa a ser propiedad de la orden jesuita, aunque los tiempos eran convulsos en España y pasó a manos del gobierno de la I República, siendo vendida, de forma incomprensible, a la Sociedad Bíblica de Londres; de esta forma, pasó a ser un lugar de encuentro para el protestantismo, en la ciudad. Sería doña Dolores Armero y Benjumea quien en 1887 compró el templo y lo devolvió al catolicismo, reintegrándolo a la Compañía de Jesús, con la denominación de “Sagrado Corazón de Jesús”. Se produce una expansión cuando se compran una serie de edificios cercanos, para que pasaran a ser centro de espiritualidad ignaciana, pues estaban bajo el control de la Congregación Mariana de María Inmaculada y San Luis Gonzaga, conocida vulgarmente como “Los Luises”.

Es en 1917 cuando el jesuita P. Carlos Gálvez realiza el encargo, a Aníbal González, de este templo, para la congregación de “Los Luises”, así como una capilla anexa al local, siendo la iglesia del Sagrado Corazón y su otra salida a la calle de Trajano.

Precisamente en esta calle hemos de observar y admirar, con detenimiento, la fachada de la Capilla de los Luises a la calle Trajano, en sus conocidos ladrillos donde destaca el impresionante labrado que está a la altura de nuestros ojos. Cenefas de aspecto vegetal figuras diminutas que nos transmite su simbología cristiana.

Destacan, tal y como bajamos a la Alameda, cuatro figuras esculpidas en el ladrillo que tienen mucho que decirnos. Son los atributos de los cuatro evangelistas: el ángel (san Mateo); el león (san Marcos); el toro (san Lucas); y el águila (san Juan), es el “ojo que todo lo ve”, lo trascendente, la elevación, la contemplación, el genio.

Encontramos también el grabado de los símbolos de la Pasión de Cristo: el gallo, los dados, la columna y los azotes, la corona de espinas, los clavos, el paño de la Verónica -que enjugaría el sudor y la sangre de Jesús de Nazaret-, el martillo y las tenazas, la lanza y la esponja, las escaleras o el cáliz. Todos estos elementos son un canto a la simbología cristiana. Luego encontramos lo que son los siete pecados capitales en una especie de caricatura simiesca o demoníaca, deforme y singular: lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula.

Podemos apreciar lo que sabe y le gusta el tema de la iconografía a nuestro guía, que es un iconógrafo de campeonato.

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