Leyendas sevillanas, 1

Por Fernando Sánchez Resa.

Siendo jueves, 20 de septiembre de 2018, estoy citado -a las ocho y media de la tarde- en las columnas de Calatrava, al norte de la Alameda de Hércules, para comenzar una interesante visita.

Nuestro guía va a ser Sergio Macchia que, tras saludarnos y pasar lista, nos advierte que esta ruta debería titularse “La Sevilla de leyenda” en lugar de “Leyendas sevillanas”, pues podría provocar confusión ya que no se iba a hablar de ellas, sino de manera indirecta. Estábamos solamente quince asistentes, de los que nos conocíamos algunos de visitas anteriores.

Sergio comenzó dando una completa y apretada introducción, como acostumbra siempre en todas sus visitas guiadas, haciendo un compendio histórico muy interesante. Ese día finiquitaban las visitas veraniegas gratuitas que “Casco Antiguo” nos había regalado, con sendos heraldos de lujo: Manuel y Sergio -que tanto monta-, cual reyes histórico-artísticos sevillanos. En ella se iban a amalgamar leyendas, edificios, tradiciones…, sin el hilo conductor de las leyendas sevillanas, como alguno pensaba; aunque sí irían saliendo detalles de historias menos conocidas.

La primera parada la hicimos en medio de la Alameda de Hércules, para recoger a algún despistado que nos estaba esperando en las Columnas de Trajano. Allí quedamos enterados de interesantes curiosidades de este enclave emblemático de la universal ciudad en la que nos encontrábamos.

Si se pregunta a la gente mayor por la Alameda de Hércules, las opiniones están encontradas: para unos, es la mejor zona de Sevilla; para otros, la peor; aunque todos estaremos de acuerdo en que es una de las mejores zonas de la capital hispalense para tomarse una buena caña, ir al cine o disfrutar de alguna de sus librerías. Fue construida en el año 1574 sobre un pantanal, por iniciativa de D. Francisco de Zapata y Cisneros, conde de Barajas, que dispuso de fuentes y árboles varios, constituyéndose -desde entonces- como la zona de paseo por excelencia de la aristocracia renacentista y barroca. Así mismo, el jardín de la Alameda fue tomado como modelo por otras ciudades al otro lado del charco, como la Alameda de San Pablo de Écija, la Alameda de los Descalzos de Lima y la Alameda Central de Ciudad de México. Hay quien dice que es el jardín público con más antigüedad de España y Europa.

Su nombre se debe a las dos grandes columnas que hacen de pórtico a la entrada de la plaza, que fueron tomadas de un templo romano del siglo II, que se descubrió en la calle Mármoles. En su cima, colocaron sendas estatuas de los dos fundadores de la ciudad: Hércules y Julio César, que datan de 1578, y son de Diego de Pesquera. También hay otras dos columnas al otro extremo de la Alameda (las de Trajano), que se añadieron al paseo en la segunda mitad del siglo XVIII y que están coronadas por leones y portan los escudos de España y Sevilla. 

El famoso escritor romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, nació el 17 de febrero de 1836, en la calle Conde de Barajas, donde hay una placa recordatoria del que fuera su hogar. 

Aunque Sevilla estaba cercada por la muralla y tenía varias infraestructuras de drenaje, la Alameda era una zona muy propensa a inundarse, debido a su cercanía al río y a su baja cota. De hecho, en el año 1649, cuando Sevilla estaba asolada por la peste, cuentan que la Alameda se encontraba tan inundada que los barcos podían navegar por ella. En la calle Santa Ana, hay un azulejo que testifica el nivel de inundación al que llegó la ciudad.

Sergio recuerda que hasta 1574 había, en estos lares, una laguna que era una acumulación de agua contaminada y un foco de infecciones asegurado. Desde 1574 hasta 1833 se producen -en este entorno- las relaciones sociales sevillanas, pues el Conde de Barajas decide hacer una actuación urbanística en el siglo XVI, desecando la laguna y fabricando un lugar de recreo vinculado a la nobleza (que ya estaba mezclada -no obstante- con el pueblo; solamente aquí, en Sevilla), dando con ello asistencia a los barrios de San Lorenzo y San Vicente. Al contrario de la nobleza castellana, que tenía espacios y barrios específicos, la nobleza sevillana estaba dispersa por la ciudad; después de aquí se desplazaría al Salón Cristina en 1833. La representación de los cuadros de la Alameda más famosos está en la “Fundación Focus”, por si alguien los quiere visitar. En ellos, están magníficamente inmortalizados los nobles y al tercer estado.

Lo que se quiere exportar a otras ciudades de España e Hispanoamérica es el jardín urbano renacentista, siguiendo el modelo francés e inspirado en Flandes, siendo Sevilla la primera en hacerlo. Reconoce (Sergio) que la estética de Murillo pudo estar inspirada en la Alameda.

En 1764 se iniciaron nuevas obras de gran importancia, promovidas por el Asistente Larumbe, que consistieron en la plantación de más de 1600 álamos, el aumento del número de fuentes a seis y la colocación en la zona norte de dos nuevas columnas, que el escultor portugués Cayetano de Acosta realizó y erigió, rematadas con dos leones, portando cada uno de ellos un escudo, el de España y el de Sevilla. Hay muchos referentes de este autor en esta ciudad. En la pared de la iglesia Ómnium Sanctórum, se muestra el azulejo o placa conmemorativa, en donde se nombra a Larumbe mencionando la construcción del Mercado de Feria, aunque puede provocar confusión al turista o viajero despistado, haciéndole creer que se refiere al templo.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional