Sin sillas

Por José Luis Rodríguez Sánchez y Daniel García Parra.

¡Joé, cómo está el patio! Entre todo el maremoto mediático de estos días, leyendo los detalles de la sentencia sobre el gigantesco pozo de corrupción conocido como caso Gürtel, al fijarme en una de las condenadas, la señora Ana Mato, me ha saltado un enlace, y de éste a otro, y de éste a uno más antiguo que hablaba de Andalucía. Bueno, hablaba de los niños andaluces. Y decía que en Andalucía los niños estudian sentados en el suelo porque en sus colegios (públicos, claro) no hay sillas.

https://politica.elpais.com/politica/2011/10/25/actualidad/1319568261_448433.html

Además creo recordar que no es una señora cualquiera, sino que fue directora de la campaña electoral de Mariano Rajoy, vicesecretaria general del PP y hasta ministra de Sanidad (con ese apellido… Es que nos lo ponen como a Fernando VII…). Y buscando en la hemeroteca, en otra ocasión dijo que los peques andaluces son analfabetos. Y aquí uno, después de cuarenta y tantos años de profesor por estos centros de enseñanza meridionales, sin enterarme de que estaba así la situación. La verdad es que bajitos sí me parecían los chavales; pero, en mi despiste, no me di cuenta de que medían lo que un Gasol cualquiera, pero es que andaban tirados por el santo suelo.

Claro que, si lo pensamos seriamente, tampoco está tan mal eso de que los colegios e institutos andaluces no tengan sillas. ¿Se imaginan ustedes el tormento para los pobres chiquillos castellanos, catalanes, vascos y demás, tener que estar sentados en un duro mueble de contrachapado, rematado por una horrorosa cosa sintética de color verde, durante seis horas, seis, todos los días de la semana, de todas las semanas, de todos los años de su vida hasta que se van a trabajar? ¿Alguien ha pensado lo que eso puede dejar en sus tiernos cerebros? Pues los niños andaluces no: están tirados en el suelo, que siempre es divertido, se pueden mover y remover, dar por alma a los compañeros y cazar las cucarachas que, es de suponer, también pulularán por los sureños coles.

Además, ¿quién se inventó eso de las sillas para el sufrido alumnado? Que yo sepa, los grandes maestros, que en la Historia ha habido, no las necesitaron. A los alumnos de Aristóteles (¡será alguien el profe!) se les llamaba peripatéticos, que en griego significa algo así como “los paseantes”, porque el gran filósofo, posterior maestro de Alejandro Magno, daba sus clases paseando por los pórticos de la stoa del Ágora ateniense. Lo mismo que Zenón, cuyo corpus ideológico tomó el nombre de estoicismo, precisamente por esa manía de cumplir con el horario lectivo a golpe de calcetín por la antedicha stoa. ¿Y Platón? ¿Qué me dicen de Platón, faro ideológico de padres de la Iglesia como san Agustín? Pues ahí lo tienen dando la chapa con su mito de la caverna y mundo de las ideas recorriendo de arriba abajo los jardines de la Academia. Sin sillas, que maldita falta le hacían tampoco a Sócrates que se dedicaba a decir aquello de «Sólo sé que no sé nada» y a demostrar la ignorancia de sus conciudadanos a base de impertinentes preguntas, sentado por cualquier escalón que pillase a mano por la esplendorosa Atenas de Alcibíades. Cierto es que le obligaron a suicidarse, pero por pepito grillo, no por sentar a sus alumnos en el suelo.

Si ustedes visitan el aula donde impartía sus saberes nada menos que Fray Luis de León, en la Universidad de Salamanca, verán que sillas no había ni una. Tablones y vas que ardes. La única silla, llamada “cátedra”, la del profe y de ahí lo de catedrático. Más cercana, el aula magna de la universidad de Baeza, hoy Instituto de la Trinidad, donde impartió clases nada menos que el inmortal Antonio Machado, donde los alumnos se sentaban en graderíos, como en los toros.

En cambio yo, como estudié con los curas, sí que tuve silla; bueno, realmente pupitre, un mueble en el que iban integrados la silla, la mesa, el tintero y Juanito, mi compi, al que le olían los pies. Pero el estar sentado allí, durante miles de horas escuchando las cosas que tuve que escuchar de aquellos reverendos padres, me ha supuesto tener que dedicarme a recomponer mi cerebro, sin gran éxito, durante el resto de mi vida. Hubiese preferido estar tirado por los suelos escuchando a una profe culta y espabilada y tener por compañera a una niña que oliese bien. Me habría ahorrado muchos problemas existenciales.

Así que la tal doña Ana miente como una felona o, por no pensar mal, hace gala de una ignorancia supina sobre la realidad de un territorio y población que supone casi un cuarto de España. Pese a ello, y ya que se ha lanzado la idea, reivindico el estudiar sin sillas y, de paso, sin censuras mentales, en libertad, respetando la pluralidad de gentes e ideas, con atención a todas las diversidades que se presentan en el aula, con profesores capacitados y entregados a su trabajo, invitando a los padres a participar como coprotagonistas en la tarea, buscando como fin último el desarrollo de ciudadanos dignos, cultos y libres. O sea, lo que se hace en la enseñanza pública.

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