Los alimentos y el alma

Por José del Moral de la Vega.

En España, la gastronomía es como un inmenso arcón repleto de riquezas, en el cual el garbanzo aparece como una joya entre esas cosas viejas de nuestra cultura alimentaria, con tal enraizamiento, que su presencia desborda la cocina o la agricultura para situarse también en la medicina, la religión, el folklore, el pensamiento popular… España, por su situación en el mundo, ha sido un cruce de caminos por los que han circulado las culturas que son consideradas los pilares de la civilización. Dentro de esas culturas, iba también el garbanzo, la forma de labrarlo y la de cocinarlo. Griegos, romanos…, lo llevaban en sus alforjas; ¿quién lo dejó aquí primero? El historiador Tito Livio refiere que Asdrúbal, en la construcción de Cartago Nova (siglo III a. C.), hacía sembrar garbanzos a sus soldados para que entretuvieran su tiempo mientras se concluía la fortaleza.

Pero en la historia, una cosa es lo que hay escrito y otra, tan importante o más, es lo que a lo largo del tiempo nos va llegando boca a boca. La tradición oral culinaria en España recoge la idea de que el origen del cocido de garbanzos está en un guiso –adafina– que hacía Santa Ana, madre de la Virgen María.

Cuentan que, por el siglo primero, aunque hay otros que aseguran que fue en el segundo, acudió al Pilar de Zaragoza una mujer, porque su hijo había sufrido unas tremendas mutilaciones en el vientre y se estaba muriendo, ya que de todo lo que comía solo era capaz de retener una ínfima parte. Uno de los días que aquella mujer imploraba el favor de la Virgen, vio que junto a la columna que sostenía la imagen había un papelico muy bien doblado. Lo retiró aquella devota sin decir nada a nadie, y allí, como si lo hubiera escrito la misma Santa Ana, estaba la receta de un guiso de garbanzos –el cocido–. Preparó el guiso la buena mujer, y día tras día se lo fue dando a su hijo que, en poco tiempo, curó de su mal. Desde entonces, el cocido se convirtió en plato nacional para los españoles, con igual o más representatividad que su bandera.

Pero aunque, aparentemente, el interés de los españoles por el garbanzo es el alimenticio, parece ser que Freud opinaba que la razón profunda de ese desmesurado interés de los españoles es exclusivamente sexual; y ciertamente, hay muchas pruebas que confirman esa opinión. El doctor Laguna, médico del Papa Julio III –el de Trento– escribía: «Majados los garbanzos con miel y aplicados en forma de emplasto, tienen gran virtud de mundificar y deshacen todas las manchas del rostro. Engendran los garbanzos muchas ventosidades y son productivos de esperma, por donde no es maravilla que inciten a fornicar».

Tan en serio se tomaban los españoles estas propiedades fecundatrices de los garbanzos, que a Fernando el Católico le empujaron a la tumba por ello.Corría el año de 1516 cuando el rey Fernando, casado entonces con la reina de Navarra, Germana, se dirigía a Guadalupe buscando la curación de su hidropesía. Tenía la reina treinta y tres años menos que el rey y unos vivos deseos de dar a luz un príncipe que fuera rey de Aragón, Nápoles y Navarra; pero Fernando, Dios sabe por qué, no conseguía dejar preñada a la joven y guapa Germana, la cual recurría a todo tipo de recetas y sortilegios para poder conseguir así sus propósitos; sucesos que Galíndez de Carvajal describe, para nuestro disfrute, con gran primor y minuciosidad: «Estaba el rey muy deshecho, porque le sobrevinieron diarreas […]; muchos creyeron que de un potaje que le fue dado para ejercitar su potencia le había venido aquel mal […] en lo cual había participado […] doña Isabel Cabra, camarera de la reina, con sabiduría de la reina Germana, su segunda mujer, porque deseaba mucho parir del rey […]».

¿Alimentación, sexualidad…? Muchos años lleva el doctor Acuña estudiando las propiedades bioquímicas de los garbanzos, pero desde que leyó el best seller Megatendencias 2010, de la profesora americana Patricia Aburdene, su interés se ha dirigido a la espiritualidad; y como está convencido de que las verdades de las cosas ya están todas escritas, le ha dado por fisgonear ahora en los archivos de historia, encontrando un texto bellísimo del agrónomo árabe Abu Zacaría Iahia (“El Sevillano”) –siglo XII–, en el que dice: «Si se pone un cuartillo de garbanzos de noche a la luna, cuando está en creciente, y alzados luego por la mañana, antes de nacer el sol, se tienen después a remojo dos horas en agua dulce, y con la misma se cuecen hasta enternecerse, tienen la virtud de que comidos calientes o fríos alegran al que los comiere, divierten el ánimo, hacen olvidar los cuidados, fortalecen el corazón y apartan los pensamientos sombríos…».

¿Encerrarán los alimentos, según donde se cultivan y cómo se labran, otras sustancias intangibles con las que alimentar el alma? Los escritos de Abu Zacaría parecen ir en esa dirección, y quizá un día descubramos que comer en Extremadura sirve, más que para nutrir el cuerpo, para enriquecer el espíritu.

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